martes, marzo 07, 2017

viernes, marzo 03, 2017

En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


Big Hans chilló, así que salí. El pesebre estaba oscuro, pero el sol resplandecía sobre la nieve. Hans cargaba con algo que había cogido del pesebre. Grité, pero Big Hans no me oyó. Entró en la casa con lo que llevaba antes de que yo alcanzara las escaleras.
Era el chico de Pederse. Hans lo había colocado sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón y había puesto agua a calentar en una tetera. No decía nada. Supongo que pensó que el grito que había pegado desde la cuadra era suficiente. Ma estaba hurgando en las ropas del chico, tiesas por el hielo. Cada vez que tomaba aire para respirar hacía un ruido que sonaba como ¡uf! El agua empezó a hervir y Hans dijo,
Trae un poco de nieve y llama a tu pa.
¿Por qué?
Trae un poco de nieve.
Cogí el balde de debajo del fregadero y la pala que estaba junto a los fogones. Intenté no apresurarme y nadie dijo nada. Había un montón de nieve sobre el borde del porche, así que cogí algunas paladas. Cuando entré con el balde, Hans dijo,
Tiene ascuas. Trae más.
Un poco de carbón no hará daño.
Trae más.
El carbón está caliente…
No lo suficiente. Cierra la boca y trae a tu pa.

[Del relato "El chico de Pedersen"]

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La gente que me rodea intuye de forma instintiva que soy un enemigo y me odia: no solo por ser diferente, o por desdeñar el trabajo o, lo que es peor, por no desempeñar ninguno; sino por algo que parecería, si lo expresaran en voz alta, un conjuro; porque les robo el alma –lo sé– y juego con ellos; los uso como títeres; los hago desfilar a través de extrañas muchedumbres y pasiones; husmeo en sus raíces.

[Del relato "La señora Ruin"]

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En mi mente, el interior de la casa de los Ruin es claro y horrible como una pesadilla en la que nadie querría entrar por propia voluntad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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No hay duda, ya no soy yo. Este no es el mundo real. He ido demasiado lejos. Así es como empiezan los cuentos de hadas –un resbalón sobre el borde de la realidad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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Genial. Hace años. Cuando él parecía un profeta, a veces un dios. Hasta el último detalle, exclamaba, levantaba los dedos manchados de tinta. Un estremecimiento recorría a Fender, que se repetía las palabras a sí mismo, mientras consideraba de nuevo la sabiduría de su profesor. Todo es una propiedad. El rostro de Pearson brillaba, su pelo se agitaba. Todo es una propiedad. Piense en ello. Alguna clase de propiedad. Luego iba a toda prisa por la oficina nombrando objetos y los levantaba. Esto, y esto y esto otro… Esta oreja, dice triunfante y se señala el lóbulo, esta oreja le pertenece a Isabelle…
Compra al precio más bajo. Llena tu congelador. Afortunado… aprovechar el tiempo…
Las personas se van al otro barrio. En la mitad de la vida, ya sabe, Fender…, bueno…, pero las propiedades, las propiedades se quedan. Claro, claro, a veces los coches van al desguace antes que la gente que los conduce, pero hay propiedades de todo tipo, eso es todo, y una casa, por lo general, sobrevive a su constructor. Muchas cosas no sobreviven, Fender. Muchas. Muchas lo hacen. Ja, ja. Bueno. Eso es todo. La tierra es casi inmortal. La tierra dura para siempre. Por eso se habla de derechos reales, ¿ve? Oh tiene sentido, Fender, viejo compañero y amigo, ¡tiene sentido!
El ritmo del mercado… arriba y abajo… tu fortuna… sí…
Las personas son propiedades. ¿Parece demasiado duro decir que las personas son propiedades? Oh déjeme decirle, Fender, lo hemos entendido todo mal, la mayoría de nosotros y al revés… la mayoría de nosotros. La gente tiene propiedades –eso es lo que nos decimos, eso es lo que pensamos. Oh claro. Claro. Un error garrafal –ese. Escuche: Las propiedades poseen a las personas. Todo son propiedades, y las propiedades que duran más –son propietarias de lo que dura menos. Parece lógico. Fender, Fender, y luego continúan otra vez, nos sobreviven, Fender, nos sobreviven… bien, eso son las propiedades, y son –dueñas de todo lo demás– de absolutamente todo –¿no? Tiene sentido.

[Del relato "Carámbanos"]

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Lo cierto es que no podíamos quejarnos de la casa después de todo lo que habíamos pasado en la anterior, pero no llevábamos mucho tiempo allí, cuando empecé a advertir los cadáveres de unos grandes insectos negros que moteaban la alfombra del piso de abajo cada mañana; dispuestos de manera anárquica, como deben de morir las lombrices en la calle después de la lluvia. La primera vez que los vi parecían hebras de lana oscura o pegotes de barro que habían traído los niños en sus zapatos, o, a veces, si las cortinas estaban echadas, manchas de tinta o quemaduras que me aterrorizaban, pues esa alfombra gruesa me había intimidado desde el principio y ya desde la primera semana deseé que mis pies desnudos se tragaran mis zapatos. Los caparazones solían estar rotos. Las patas y otras partes que entonces no podía identificar estaban desperdigadas alrededor, como restos de óxido.

[Del relato "El orden de los insectos"]

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Con qué intensidad miraba yo… Un arbusto, emocionado por sus rosas, no podría haber florecido de un modo tan hermoso como tú lo hiciste. Era una mirada que me gustaría dirigir a esta página. Porque eso es la poesía: hacer aflorar, cambiar.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]

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Tú me escribiste: algo nos parece extraño cuando no lo entendemos. Y te contesto: creo que cuando te amé, empecé a morir.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]


[La Navaja Suiza Editores. Traducción de Rebeca García Nieto]

Cartel del reestreno de Donnie Darko


En Playtime / El Plural: William H. Gass



En el corazón del corazón del país: aquí.

Trailer de The Promise


jueves, marzo 02, 2017

Próximamente: Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo. Un viaje con David Foster Wallace


De David Lipsky. En Pálido Fuego.

Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales: cartel oficial


Guardians of the Galaxy Vol. 2: nuevo cartel


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz


Forrest Ackerman vivía para los monstruos, y algunos monstruos, los más legendarios, se mantenían con vida gracias a él. Mi impresión, el día que solicitó mis servicios, fue la de un hombre perseguido por el tiempo, el cual, a pesar de sus noventa y un años, no dejaba de revisar documentos ni conversar por teléfono, al tiempo que escribía e intentaba aplastar una hormiga que paseaba por el borde de su escritorio. A su espalda se apilaban torres de devedés, de videocasetes Beta y VHS, cintas de Súper 8 y 16 mm y latas para almacenar negativos. De cada centímetro de las paredes colgaban fotos donde se le veía abrazado por dinosaurios, extraterrestres y otros seres extraños que saludaban con entusiasmo a la cámara.

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Aunque los registros de la MGM, el American Film Institute o la biblioteca del Congreso así lo manifiesten, me niego a aceptar que Londres después de medianoche se encuentra irremediablemente perdido. A mi entender un objeto se pierde cuando las últimas personas que lo recuerdan han fallecido, dijo, observando al vacío a través de la ventana. Yo lo he visto cada noche durante setenta y siete años, señor Mc Kenzie, y sólo en el momento en que muera o mi memoria termine de desvanecerse, la cinta habrá dejado de existir. Le doy la oportunidad de encontrar ese filme, señor Mc Kenzie, de rescatarlo de la muerte y regresarlo como a Lázaro al mundo de los vivos.

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El mundo es un lugar extraño, señor Mc Kenzie. Algunos coleccionistas desarrollan deseos e impulsos demasiado fuertes por ciertas piezas, sobre todo por aquellas que son únicas. Poseer algo único, irrepetible, puede cambiar a más de un ser humano, no lo dude. El cine es diferente, hay la posibilidad de que exista más de una copia de un objeto, y eso, como coleccionista, corroe, enoja, consume. ¿Qué haría usted si tuviera la única copia del filme y de repente supiera que existe una más? La buscaría y la destruiría. El perro, intervino Skal, cuando ya no puede comer más, orina lo que queda de alimento. Nuestra naturaleza también es egoísta. Si Da Vinci hubiera pintado una copia de La Gioconda para sí mismo, ¿la que se encuentra en el Louvre tendría el mismo valor? Poseer algo singular nos vuelve únicos, diferentes al resto de los mortales, nos hace especiales, y nadie, créamelo, nadie quiere volverá a ser ordinario en un mundo como éste.

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Carmen Miranda, dijo, sin dejar de peinarse, murió entre el camino del cuarto de maquillaje y su vestidor con un espejo en la mano, y la última llamada de Marilyn Monroe antes de morir fue a su estilista; nadie nace con estilo, señor Mc Kenzie, pero nada nos impide morir con clase.

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Los misterios sin resolver son como heridas que no cicatrizan, que manan eternamente hasta desangrarnos, dijo en voz baja.


[Seix Barral]

Crudo (aka Raw, aka Grave): 2 carteles



Cartel de The Dinner


Alien: Covenant: 2º cartel


martes, febrero 28, 2017

En Aleteia: Batman: La Lego Película


Hoy, en Madrid


Presentación de la editorial Underwood y de sus 2 primeros títulos: Fat City y Nog
A las 19:00 horas en La Central de Callao.

lunes, febrero 27, 2017

Oscars 2017: lista completa


 

domingo, febrero 26, 2017

Bill Paxton (1955 - 2017)


Aforismos, de Franz Kafka



A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto.

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En la lucha entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo.

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La muerte está ante nosotros, más o menos como puede estarlo una imagen de la batalla de Alejandro en la pared del aula escolar. Lo que cuenta es si con nuestros actos en esta vida somos capaces de oscurecer o incluso borrar esa imagen.

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No es necesario que salgas de casa. Quédate sentado a tu mesa y escucha atentamente. No escuches siquiera, limítate a esperar. Ni siquiera esperes, simplemente quédate callado y solo. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; extasiado, se contoneará ante ti.

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Cualquier cosa que me saque de entre las dos ruedas de molino que normalmente me machacan, representa para mí un alivio, a no ser que conlleve un excesivo dolor físico.

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Me he pasado la vida resistiéndome al placer de acabar con ella.

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Mantener la calma; alejarse al máximo de las exigencias de la pasión; conocer la corriente y a partir de ahí nadar contra ella; nadar contra la corriente por el placer de dejarse llevar.


[Debolsillo. Traducciones de Adan Kovacsics, Joan Parra Contreras y Andrés Sánchez Pascual]

Atomic Blonde: primer cartel