Hace 7 horas
domingo, noviembre 27, 2011
sábado, noviembre 26, 2011
El club de los parricidas, de Ambrose Bierce
Nueva edición de este clásico que agrupa cinco cuentos (“Aceite de perro”, “Un incendio imperfecto”, “Mi asesinato preferido”, “Una tumba sin fondo” y “El hipnotizador”) de Ambrose Bierce, con traducción y prólogo de Jesús Aguado e ilustraciones de Pablo López Miñarro. Yo no lo había leído hasta ahora. Pero os lo recomiendo con entusiasmo: no imaginaba que la mente de Bierce (un escritor al que he leído poco) fuera tan macabra y tan retorcida. En este sentido, son ejemplares los inicios de los relatos.
“Aceite de perro”, por ejemplo, empieza así: Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos que ejercían dos de los oficios más humildes: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre se encargaba de los bebés no deseados en una pequeña habitación adyacente a la iglesia del pueblo.
“Un incendio imperfecto” arranca de este modo: Una mañana de primeros de junio de 1872 asesiné a mi padre, un acto que, en aquel tiempo, dejó una honda impresión en mí.
“Mi asesinato preferido” empieza así: Después de asesinar a mi madre de manera especialmente horrible, fui arrestado y llevado a un juicio que se prolongaría durante siete años.
[Traducción de Jesús Aguado]
viernes, noviembre 25, 2011
Los hombres intermitentes, de Francisco Javier Irazoki
PALABRA DE ÁRBOL
No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.
**
LOS HOMBRES INTERMITENTES
Amé, fui rechazado y desaparecí.
Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo. Su ausencia me volvió invisible. Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia; entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre. Ningún familiar o conocido sufriría por perderme, porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos. Encontraron mi imagen en los álbumes y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida. Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.
Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba a quienes me habían acompañado antes del eclipse. La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.
Años más tarde, quise a otra mujer. Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despacio a las fotografías. Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.
Próximamente: Bolaño traducido: Nueva literatura mundial
De Wilfrido H. Corral. En Ediciones Escalera.
Sinopsis: En Bolaño traducido se consubstancian El Maestro chileno, la crema de la crema (alguna cortada) de la interpretación y práctica de la «nueva» literatura mundial, influencias relegadas, la comercialización editorial, el papel de traductores y bestsellers, sentencias de varios nuevos narradores iberoamericanos y lectores y críticos obtusos, las nuevas tecnologías, Ciudad Juárez, detalles personales, y en particular el insólito y desconocido mundillo de las reseñas anglosajonas de cada libro traducido del apóstata que se hizo querer de todos. Con Casanova, Benjamin, Kermode, novelistas mundiales como Borges, Vargas Llosa y John Banville, más Patti Smith y alguna estrella interpretativa, Corral se involucra tan exhaustivamente con su materia y sus avatares iberoamericanos que clasificar y juzgar ceden a una franqueza analítica y a un deslumbrante apego a las majestuosas obras de Bolaño. Así precisa los ángulos, distancia, tiempo y espacio necesarios para al fin tener una visión justa y necesaria del mítico autor de 2666 y Entre paréntesis, cuya historia vital no se ha contado.
jueves, noviembre 24, 2011
El callejón de las almas perdidas, de William Lindsay Gresham
No conocía a W. L. Gresham y su vida resulta interesantísima: fue cantante folk, estuvo de médico en la guerra civil española (en el bando republicano), a su vuelta lo ingresaron en una clínica para tuberculosos, estuvo alcoholizado durante un tiempo, su segunda mujer lo abandonó para irse con C. S. Lewis (recordemos Una pena en observación y Tierras de penumbra, libro y película que cuentan la enfermedad de la poeta Joy Graham), dio bandazos de un lado a otro hasta suicidarse en un hotel, a los 53 años... Más, aquí.
El callejón de las almas perdidas, que fue adaptada al cine, nos cuenta la historia de Stan Carlisle, un muchacho que empieza trabajando en una feria de freaks y, dada su ambición, pasa a convertirse en falso mentalista y, más adelante, en falso predicador con dotes de médium, y así es capaz de estafar a un montón de crédulos por todo Estados Unidos. La novela está precedida por un prólogo del gran Nick Tosches (poco traducido en España: sólo han publicado Trinidades y El manuscrito de Dante, ésta última recomendada en este blog). De alguna manera, Gresham combina la novela negra con el género cinematográfico que trata de los circos y las ferias ambulantes. Lo que más me ha sorprendido es su valentía, su lenguaje crudo, su manera de tocar temas que, para el año en que fue escrita, 1946, supongo que constituirían un escándalo: freaks, alusiones al incesto, pasajes sexuales, protagonistas que a veces utilizan un lenguaje soez… Por cierto: atentos al final y al modo en que el autor logra que conecte con el principio. Un extracto:
“Las preguntas formuladas siguen una pauta recurrente. Por cada pregunta insólita habrá cincuenta que habrás oído antes. La naturaleza humana es siempre la misma. Todos tienen los mismos problemas. Están preocupados. Se puede controlar a cualquiera averiguando de qué tiene miedo. Funciona con el número de las preguntas y respuestas. Imagina las cosas que le dan miedo a casi todo el mundo y acertarás de pleno. Salud, Riqueza, Amor. Y Viajar y Tener Éxito. Todos temen la enfermedad, la pobreza, el aburrimiento y el fracaso. El miedo es la clave de la naturaleza humana. Tienen miedo…”
Stan apartó la mirada de las páginas y la dirigió al chillón papel pintado, y a través de este al mundo. El monstruo estaba hecho de miedo. Tenía miedo de estar sobrio y de que le entrara la tiritona. Pero ¿qué lo había convertido en un borracho? El miedo. Averigua de qué tienen miedo y haz que paguen por ello. Esa es la clave. ¡La clave! Lo supo cuando Clean Hoately le dijo de qué estaban hechos los monstruos. Y ahí estaba Pete diciendo lo mismo.
[Traducción de Damià Alou]
Esta tarde, en Madrid
Presentación de Moro, de Daniel Ruiz García.
Junto a Miriam Márquez y Fernando Royuela.
En La Central. A las 19:30 horas.
miércoles, noviembre 23, 2011
Hoy, en Madrid
Esta noche soy el invitado en las lecturas de narrativa que organiza Carlos Salem en Diablos Azules. Leeré fragmentos de Vivir y morir en Lavapiés. A las 21:00 horas.
Antes, a las 19:30 horas, en Fnac Castellana, mi amiga Noelia Jiménez presentará su libro Los hombres de mi almohada (Eutelequia).
Submarino, de Joe Dunthorne
Me he enterado asimismo de que mis padres llevan dos meses sin mantener relaciones sexuales. Controlo sus momentos íntimos por medio del regulador de intensidad de luz de su habitación. Sé cuándo lo han hecho porque a la mañana siguiente el interruptor está todavía situado en la mitad de su recorrido.
Descubrí también que mi padre sufre episodios de depresión: en la papelera de mimbre que hay debajo de su mesita de noche encontré un frasco vacío de antidepresivos tricíclicos. La depresión te ataca por asaltos. Como un combate de boxeo. Mi padre está en el rincón de la tristeza.
Si quiero determinar el inicio de un episodio de depresión de mi padre no me queda otro remedio que recurrir a toda mi intuición. Hay dos señales. Una: lo oigo vaciar el lavavajillas desde mi estudio, que está en la buhardilla. Dos: cuando escribe, presiona el bolígrafo con tanta fuerza que, desde un determinado ángulo, es posible ver sus notas de dos o tres días marcadas en la superficie del mantel de plástico que se limpia tan fácilmente y que utilizamos para cubrir la mesa.
[Traducción de Isabel Murillo]
Intuición del frío
No es el de la niñez,
aquellas mañanas de diciembre,
a lo largo del río,
hacia el colegio,
ni se trata tampoco de aquel otro
que te sorprendería
años después
más de una madrugada
dando tumbos.
No, este es distinto, este
da miedo:
…………..viene
del futuro.
Karmelo C. Iribarren, Otra ciudad, otra vida
martes, noviembre 22, 2011
Cambiar de idea, de Zadie Smith
Mi intención era leer despacio, poco a poco, este libro de ensayos reunidos y ocasionales (ése es el subtítulo en inglés: Ensayos ocasionales). No pude hacerlo: devoré sus páginas como si se tratara de una novela. Vaya por delante que no soy lector de Zadie Smith: de momento no conozco sus novelas, aunque siento devoción por su trabajo de antóloga y compiladora en Generación quemada y El libro de los otros. ¿Qué es lo que esconde este volumen para que no haya podido espaciar su lectura? Veamos:
Uno. Temas actuales, que me interesan, que me parecen esenciales: el cine, la literatura, la familia. El libro está estructurado en varias partes, con estos títulos: LEER, SER, VER, SENTIR, RECORDAR. Dentro de esos temas, Zadie Smith analiza las desiguales perspectivas sobre escritura y lectura de Barthes y Nabokov, nos habla de E. M. Forster, de Middlemarch, de Kafka como hombre corriente, establece una comparativa entre Netherland (de Joseph O’Neill, que no he leído) y Residuos (de Tom McCarthy, que me entusiasmó), nos contagia su entusiasmo por Bellisima y por Katharine Hepburn, dedica algunas páginas a su padre ya fallecido y concluye con un largo ensayo sobre Entrevistas breves con hombres repulsivos de David Foster Wallace (que es su escritor contemporáneo favorito). Pero tampoco faltan sus críticas de cine, donde reparte flores y palos por igual: fue crítica durante una única temporada, en 2006, y uno celebra su perspicacia hablando de Syriana, Munich, Shopgirl, Capote, Grizzly Man o En la cuerda floja (la de Joaquin Phoenix, no la de Clint Eastwood).
Dos. Una prosa a la que se puede calificar de precisa, que sintoniza con la lucidez de su autora, una de las mentes más ágiles del panorama británico contemporáneo.
Tres. Sarcasmo. Quizá, aparte de su precisión con el lenguaje, sea éste el rasgo que destacaría de Smith. Ese sarcasmo, esos dardos que a veces lanza a políticos, a actrices o a escritores reportan aire fresco: Zadie nos hace sonreír y nos obliga a proseguir la lectura. Son esas pullas las que le confieren un tono ácido al libro.
Algunos ensayos gustarán más o menos, dependiendo de los gustos de cada uno o de sus lecturas, pero es evidente que el titulado “Esa sensación de oficio”, en el que habla de correcciones, galeradas y otros incordios del escritor, es una joya. Abajo, algunos fragmentos recogidos de aquí y de allá:
Escribir una novela es ganarse la confianza de otro mediante el engaño. La primera persona cuya confianza uno tiene que ganarse es uno mismo.
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“¡Dios mío, que distinto era!” Creo que muchos escritores piensan lo mismo, de un libro al siguiente. Una nueva novela, iniciada con esperanza y entusiasmo, pronto se vuelve extraña y es motivo de bochorno para el autor. Al acabar cada libro, deseas que llegue el momento de odiarlo (y nunca tienes que esperar mucho tiempo); surge una confianza extraña, inversa, al sentirse uno destruido, porque si está destruido, si tiene que volver a empezar, significa que tiene espacio ante sí, un lugar adonde ir. Pensad en la revelación que Shakespeare puso en boca del rey Juan: “¡Ahora que mi alma se ha hecho sitio a empujones!” Desde el punto de vista de la narrativa, la pesadilla es perder el deseo de moverse.
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Cuando acabéis vuestra novela, si el dinero no es una prioridad desesperada, si no necesitáis venderla de inmediato o publicarla en ese mismo instante, guardadla en un cajón. Durante el máximo tiempo posible. Lo ideal es un año o más, pero incluso tres meses bastan. Apartaos del vehículo. El secreto para corregir vuestra obra es sencillo: tenéis que convertiros en su lector en lugar de su escritor.
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Las galeradas son la tierra baldía donde muere el sueño de nuestra novela y se impone la cruda realidad.
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A veces califican a Steven Spielberg en tono condescendiente de “cineasta de familia”, como si la familia no fuera uno de los aspectos más profundos de nuestra experiencia.
[Traducción de Isabel Ferrer]
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