viernes, julio 17, 2015

Cartel de Digging for Fire


miércoles, julio 15, 2015

La noche que llegué al Café Gijón, de Francisco Umbral


Al que más frecuentaba yo era a Claudio [Rodríguez], que tenía una cordial lentitud zamorana atemperada de cultura inglesa –había sido lector en Inglaterra– y que hacía una poesía en la que se aplicaban los límpidos esquemas de la lírica anglosajona a las realidades agrarias de la tierra de España, y concretamente de Zamora. El resultado era fascinante y Claudio me parecía estar siempre entre el whisky bien destilado de Dylan Thomas y el vino gordo de su pueblo.

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El humor era literatura en estado puro, lo que a mí me gustaba. Se podía hacer en casa o en el café, sin tener que ir a buscar la noticia a los estudios de cine, al bar de los teatros, a la calle. Había yo oído alguna vez que el humor se pagaba poco. En este pueblo de cafres, el humor y la metafísica no dan un duro. Aquí hay que hacer metralla política y mondongo sexual.

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Al novelista-novelista hay que leerle las novelas (leerle, no exigirle, que a nadie hay que exigirle nada). Pero al escritor-escritor hay que leerle lo que escribe, y si no usted se lo pierde.

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Había aprendido yo ya por entonces que la mujer es un problema de dedicación. No hay que ser guapo ni feo ni listo ni tonto ni rico ni pobre. Sencillamente hay que dedicarse.
[…]
A las mujeres les damos amor, dinero, sexo, cosas, pero tiempo no les da nadie, salvo los cuatro desocupados que iban tras ellas en el Museo, en el café, en el Madrid turístico de julio. El desocupado es el que tiene mejor fortuna que gastar con las mujeres, porque la mujer, cuando anda el amor de por medio, no tiene nunca nada que hacer, lo olvida todo. La mujer es una altruista del tiempo, mientras que el hombre es un egoísta de su tiempo.

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La gloria literaria, sí, es una cosa de provincias porque en Madrid, como he dicho ya en este libro, el escritor no es nadie (aunque sólo en Madrid pueda ser alguien). Entre dos, tres o cuatro millones de personas, el escritor es un señor de gris que va distraído por la calle. En la pequeña ciudad de provincias el escritor es noticia.
La verdadera y única gloria que se conquista es la gloria literaria de provincias. Pero es una gloria celérica, ya digo, porque si no es celérica, si no te vas en seguida, al día siguiente le ves el revés triste a todo. Ves el revés triste de ti mismo, de tu gloria, ves que sólo has sido una gacetilla de un día, y que ya te han sustituido por un padre predicador que viene a dar unos ejercicios espirituales desde Roma o por una vedette que llega a enseñar su organismo.

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Poeta es el que sólo escribe cuando se le ha ocurrido una cosa. Prosista es aquel a quien se le ocurren las cosas escribiendo.

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Comprendí lo que ya sabía: que en este país te colocan tres adjetivos y dos frases y ya nadie varía eso en cincuenta o cien años de vida literaria.

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Luchar por el nombre, en España, es luchar por el tópico. Nunca se llega a la gloria ni a la fama ni a nada. A lo más que se llega es al tópico.

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Si has trabajado toda tu vida en libros que nadie ha leído y no has sido mal chico ni has dado disgustos políticos, al final el Ayuntamiento te pone guardias de gala en el entierro.

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Había que empezar donde él había terminado. En el desencanto.


[Austral]

Trailer de Suicide Squad


Suffragette: 4 carteles





lunes, julio 13, 2015

The Hateful Eight: segundo cartel


El almanaque incendiario, de Montero Glez


No permito que una descripción altere el ritmo de la historia.

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Si el fulano leyese un poquito, se daría cuenta que el libro es un objeto tan perfecto que permanecerá por los siglos de los siglos. Tan perfecto como una barra de pan.

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Al día de hoy, Rafael Reig es una de las referencias literarias de nuestra cocina. Junto con Iturbe, Royuela, Orejudo, Casavella, Barrueco, David Torres, Miguel Baquero y Chema Rodríguez, Rafael Reig promete sobrevivir, por lo menos, hasta la semana que viene en un mercado feroz que devora a sus hijos sin contemplaciones goyescas.

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Los que luchan por el poder temporal siempre intentarán instrumentalizar lo popular a su favor.

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Cuando el capitalismo hace sus digestiones, al pueblo no le queda otra que pagar el banquete y oler los cuescos. La crisis la paga el pueblo pues para eso el pueblo compra dinero a tan alto precio en las sucursales bancarias. Un cuento viejo, tanto como el género que mejor refleja las crisis del sistema capitalista. El género negro.  


[El Gallo de Oro]

Tom Piccirilli (1965 - 2015)


Banner de Batman v Superman: Dawn of Justice


Omar Sharif (1932 - 2015)


She's Funny That Way: nuevo cartel


viernes, julio 10, 2015

Trabajo sucio, de Larry Brown


Trabajo sucio es el primer libro publicado por una nueva editorial, Dirty Works, que adapta el título original de esta novela del narrador norteamericano Larry Brown: Dirty Work. El siguiente título será Maldito desde la cuna, del hijo de William S. Burroughs, lo cual nos permitirá conocer por fin, en España, su narrativa.

A Larry Brown, autor de cierto culto en Estados Unidos, y uno de los ejes de la literatura sureña contemporánea, nos lo descubrieron Pepo Paz y Luis Ingelmo cuando el primero publicó la traducción del segundo en Bartleby Editores: Amor malo y feroz, un compendio de sórdidos y brutales relatos que nos volvieron ávidos de más obras de este autor. Hemos tenido que esperar años, pero ahora Javier Lucini, en labores de traductor y editor (junto a Nacho Reig y Rosa van Wyk), nos trae la primera novela de Brown, que alguien ha definido como un cruce entre Alguien voló sobre el nido del cuco y Johnny cogió su fusil. Y Brown no oculta sus fuentes: los dos títulos (ambos adaptados al cine) se mencionan en Trabajo sucio.

Larry Brown nos cuenta una historia bastante dura, como esos tragos de whisky a palo seco que sólo algunos somos capaces de tolerar. En un hospital coinciden dos veteranos de la guerra de Vietnam: Walter, un hombre blanco con la cara totalmente desfigurada y repleta de cicatrices, y Braiden, un hombre negro al que le amputaron hace años los brazos y las piernas. Larry Brown sabía algo que quienes hemos sido ingresados alguna vez en un hospital sabemos: que el tipo de la cama de al lado se convierte en tu confidente y que ambos os contáis cosas que no le contaríais a otro; que el paciente junto al que sufres será como un hermano… pero sólo durante el tiempo de ingreso hospitalario, porque, en cuanto a uno de ellos se le da el alta, y aunque prometan verse y llamarse, es muy posible que jamás vuelvan a contactar. Y de eso, en parte, va Dirty Work: de cómo confías en el enfermo de la cama vecina, igual que los soldados confían en el tío que lucha junto a ellos.

Walter y Braiden se cuentan sus vidas. Y así sabemos qué clase de infancia cabrona tuvieron ambos, qué circunstancias los llevaron a carecer de rostro o de extremidades, qué tumbos dieron en la vida para acabar en ese puto hospital. Habla Walter:

Conozco a gente que dice: Bueno, yo no viviría de la beneficencia ni aceptaría bonos de comida ni limosnas, tengo demasiado orgullo. Eso está muy bien. Está muy bien tener orgullo. Lo que pasa es que el orgullo no se come. Pero en cambio sí puedes comer huevos, harina, arroz, queso, mantequilla y leche en polvo, y tus hijos pueden comer cereales y beber leche de fórmula y zumos de frutas y vivir sin orgullo. El orgullo le importa una mierda a un niño hambriento que quiere algo de comer, y si un hombre dice que no aceptará comida de la beneficencia cuando sus hijos no tienen nada que llevarse a la boca, si dice eso, es que está mintiendo como un bellaco, y no tendré el menor problema en decírselo a la cara. Lo sé. Mi madre se tragó su orgullo y cada semana acudió a por esas cosas.

Pero también Walter habla de lo que significa, en la actualidad, sufrir continuos desvanecimientos (como River Phoenix en Mi Idaho privado) y tener una cara sin identidad:

Ellos no sabían cómo me sentía. La gente no puede decirte que sabe cómo te sientes. Lleva una cara como la mía por ahí durante un tiempo. Mira cómo la gente se encoge al mirarte. Entonces dime que sabes cómo me siento. Ponte a ver Easy Rider y despiértate con nieve en la pantalla. Entonces ve y dime que sabes cómo me siento.
[…]
Miré a Braiden. Dios, sus brazos. Sus piernas. Y veintidós años en esa cama. Llueve mierda y a veces te cae encima. O le cae al tío que tienes al lado. Con un poco de suerte al tío de al lado.

Con las frases previas podríamos definir también la novela, y en general la narrativa de Brown: a menudo cae mierda y siempre les toca a sus personajes. Dice Braiden:

Algún hijo de puta me disparó y yo estaba detrás de un árbol. Nunca entendí, y aún sigo sin entenderlo, cómo lo hizo. Aunque no fue una herida grave. Por entonces tenía un buen juego de piernas. Me dio justo aquí, unos quince centímetros por encima de la rodilla, y me salió por detrás. No fue más que un rifle de pequeño calibre. Pero fue en la parte externa de la pierna, ya sabes, aquí en este músculo tan grueso. No dio en ningún hueso ni nada, simplemente lo atravesó. Dejó un pequeño agujero del tamaño de tu dedo meñique. En realidad ni siquiera sangró mucho. Aunque este otro. Tío, este fue como si fuese a morir desangrado. A morirme del shock. Cuando uno pierde tantísima sangre todo tu sistema se bloquea. Como dijiste hace un rato. Si no hubiesen tenido sangre en el helicóptero que vino a recogerme, ahí habría terminado todo para mí. Y habría sido muchísimo más fácil para todos si hubiese sido así. Para mi madre fue muy duro. ¿Sabes?, no le contario que había perdido los brazos y las piernas. Solo le dijeron que había sufrido muchos daños. Y tuvieron que amputarme todas las extremidades en cuanto lograron restablecerme la presión sanguínea. Joder, no pudieron hacer más. Tenía dos arterias completamente abiertas. Y, ¿sabes?, todo lo demás no había manera de salvarlo. Ni siquiera pudieron determinar con exactitud las veces que me habían disparado. Estimaron que me alcanzaron unas veinte balas.

Una novela de Larry Brown también sirvió de base para la película Joe, de David Gordon Green. Quien la haya visto, sabrá cómo se las gasta el autor. Pocas concesiones. Personajes llenos de fracturas (físicas y emocionales). Gente al borde del abismo. Y esperamos que, en Dirty Works, nos traigan más libros de Brown (1951 – 2004).


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

Brooklyn: 2 carteles



Próximamente: Fin de campo


De Don DeLillo. En Seix Barral.

The Last Witch Hunter: 3 carteles




Cartel de Grandma


jueves, julio 09, 2015

Próximamente: Comisión de las Lágrimas


De António Lobo Antunes. En Random House.

Días bajo el cielo, de José Ignacio Foronda


Fiestas de San Roque. Solo me apetece leer. Ni tan siquiera tengo ganas de pasear por los campos. Siempre igual: esta maldita misantropía, esta indiferencia, este silencio. Noto que tengo la voluntad anulada, o mejor, que solo busco libro o soledad. Aquí no me siento dueño de mí sino atado a otras voluntades que obedezco por temor a ser ingrato, desagradecido, maleducado.

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Atardece. Apetece dar un paseo tonto, sin pretensiones de aventura o ejercicio, carretera abajo, hasta donde quieran las piernas. Da igual solo o con hijos, con el cuaderno o con los prismáticos. Un paseo para estirar las piernas, pisar las sombras, oír al viento, bostezar contra el ocaso. Porque es el último atardecer de septiembre, y es mejor andar que seguir dando vueltas en la noria de la soledad.

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Caminar… aunque solo sea para estar más cerca del horizonte. Escribir… aunque solo sea para estar más lejos del horizonte.


[Pepitas de Calabaza]

Cartel de Ten Thousand Saints


Pan: nuevo cartel


Trailer de Creed


The Finest Hours: primer cartel


Cartel de Goosebumps


martes, julio 07, 2015

Fachadas, de Eric Lundgren


Acabo de hablar de esta novela en Playtime (el enlace figura un par de post más abajo), y, como es habitual, aquí van unos fragmentos:

Quizá no conozcas nuestra ciudad, a la que solían describir como el camino a ninguna parte, que es como decir ninguna parte, a la deriva en el monótono y plano vacío que va de una a otra costa. Llevo aquí toda la vida y lo digo así de claro: es fácil perderse aquí, "piérdete en Trude", ése fue nuestro eslogan turístico, pero no llegó a cuajar. Era demasiado acertado. Redundante. Cuando preguntabas a un turista qué le había parecido su visita se refería a la ciudad con ese término alemán, platzganst. Y de esto no tienen la culpa mas que los fundadores de la ciudad, de esta angustia que te atrapa cuando intentas, sin conseguirlo, atravesar una plaza que no se acaba nunca.

**

Apoyé a Molly firmemente contra el tronco, estaba sonrojada y respiraba fuerte por la carrera. Sus ojos brillaban entre las hojas, brillantes y alienígenas. La agarré por los muslos mojados y la levanté. Siempre me había parecido tan ligera.
-Escucha –dije–. Si ahora no te digo una cosa, no te la diré nunca.
-Puedes decir lo que quieras –sonrió–. Aquí sólo estamos tú y yo.
El rojo de su pelo parecía fuego contra las hojas verdes.
-Cuando estabas fuera –dije–, me sentía como un turista en esta ciudad extraña. Sin mapa, ni itinerario, ni señalizaciones. Sólo era un tipo con una cámara colgando del cuello y unos bermudas feos.
Me miró con afecto desde las alturas, como una profesora a la que le hiciera gracia una excusa poco creíble.
-¿Y yo soy tu mapa? –preguntó–. ¿Me llevarías doblada en el bolsillo?
-No –dije–. Tú eres mi razón.

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Trude empezó a echar en falta sus bibliotecas. Habían cumplido una función considerable en el devenir cívico de la ciudad, algo que sólo podía apreciarse en retrospectiva. Para empezar, habían servido de refugio a muchas de esas personas a la deriva que ahora, sin lugar adonde ir, ocupaban los vestíbulos de edificios institucionales, bancos, mercados y otros espacios semipúblicos. Hombres ociosos, con barba de tres días que, apartados de los ordenadores de la biblioteca, no tenían donde fijar su atención más que en los trabajadores de las oficinas, con resultados poco felices. Para ser precisos, algunas de estas personas eran enfermos mentales. Resultó que –pero ¿cómo podía el alcalde haberlo previsto?– la mera existencia de las bibliotecas había cubierto ciertas necesidades psicológicas profundas de los ciudadanos. Manías y desórdenes habían quedado bajo control.

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El alcalde Trudenhauser, que había mediado a favor de este matrimonio, fue presa del remordimiento y desde lo más profundo de su pena promulgó una extraña ley por la que Trude acabó convirtiéndose en el destino obligado para los suicidas de todo el país hasta el día de hoy. Esta ley, aprobada por el consejo de la ciudad poco después de la Feria de 1899, declaraba que cualquier ciudadano o ciudadana que viniera a poner fin a sus días en el puente Gertrude sería inmortalizado con una placa de bronce con su nombre.

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-¿Qué sabrás tú de ser adulto –le pregunté. Encendí un cigarrillo haciendo pantalla con la mano, luego me quedé tosiendo un momento–. En serio, creo que no sabes una mierda, y es mejor así. Ser adulto no es más que el interminable proceso de ir perdiendo todo aquello que te importa.


[Malpaso Ediciones. Traducción de Esther García Llovet]

Próximamente: No llorar


De Lydie Salvayre. En Anagrama.

En Playtime: Eric Lundgren


Fachadas: aquí.

The Green Inferno: nuevo cartel


Legend: 2º cartel


lunes, julio 06, 2015

Tiempo muerto para Alí, de David Benedicte


La de Lavapiés es una pequeña plaza abierta y hay en ella olor de frenética existencia. Un olor a sol descubierto, a sudor y a suciedad, a diálogos extintos, a interrogaciones en las bocas cerradas, a preciosa luz que obliga a cerrar los ojos cuando se busca el rastro inmaculado de alguna nube perdida. En ciertas ocasiones, un silencio terrible llena, de repente, el aire. El sol ahora se va, por un instante, y Madrid queda enteramente pobre. Se está escribiendo la vida en una página nueva en aquella plaza. Se está describiendo la muerte.

**

Este mundo casi secreto y clandestino –el del imán Suhayl que ahora permanece atónito frente a la pantalla de televisión y el del municipal secuestrado en el cuarto de estar donde se han reunido todos los Habibi– contrasta con lo que hoy se vive en las calles de Lavapiés, que es también una catacumba amarga, tosca y violenta; un sótano cruel y salvaje, como una terrible mezquita amenazada de derrumbe por los efectos de la historia. Lavapiés es un barrio que rápidamente identificamos esta noche con los juanrulfianos Luvina y Comala, un no lugar poblado de zombis y de locuaces fantasmas que pasan costo en los bares. Un submundo invadido, ocultado por la niebla de un mar invisible y por el humo de las fábricas.



[Ediciones B]

Próximamente: Las estatuas de agua


De Fleur Jaeggy. En Alpha Decay.

Cartel de Life


Cartel de Ma ma


viernes, julio 03, 2015

Dogma, de Lars Iyer


Segunda entrega de la trilogía de Lars Iyer (formada por Magma, Dogma y Éxodo), donde volvemos a encontrarnos con los dos protagonistas del primer título: W. y Lars. W. sigue siendo la conciencia de Lars, mientras éste se dedica a ser el narrador que apenas juzga o interviene. Ambos viajan y pronuncian conferencias sobre su manifiesto Dogma, y W. continúa fustigando a Lars. Hablan de la vida y de la muerte, de la literatura y de la religión, del apocalipsis y del fracaso, de la destrucción y de la pérdida de oportunidades…

El piso de Lars también sigue siendo un desastre, a lo cual se suma la invasión de las ratas. Todo es infecto allí: hay humedades, grietas, roedores… W. no es capaz de comprender cómo Lars puede vivir bajo ese techo que se desmorona. Y, una y otra vez, no cesa de insultarlo, de rebajarlo, de humillarlo, de poner su figura frente a un espejo e ir sacando todos sus defectos, todas sus taras, todos sus errores y todas sus carencias.

Es curioso lo que sucede (o al menos a mí me pasa) con este y el anterior libro de Lars Iyer: porque, a la vez que uno siente pena por Lars, no puede evitar reírse malvadamente de las humillaciones verbales a las que le somete W. Es algo que conecta con narraciones como la serie House, donde Gregory House era un auténtico cabronazo con la gente, pero al mismo tiempo nos divertía su crueldad. En Dogma, al igual que en Magma, las grandes sentencias siempre las pronuncia W.:

Debemos trabajar hasta sangrar, dice W. Debemos escribir hasta que se nos enrojezcan los ojos y nos brote sangre de las fosas nasales. Porque eso es lo que va a ocurrirnos cuando encontremos nuestra idea: fluirá sangre de nuestras fosas nasales. Gotas de sangre que salpicarán las páginas que estemos escribiendo…

Primero porque Lars es el medio para que se exprese W.: la vía entre éste y el lector. Y segundo porque W. es más brillante:

Pero los dogmatistas se mantienen unidos; las preguntas dirigidas a uno son preguntas dirigidas al otro. Hay que resistir espalda contra espalda y luchar hasta el fin. ¿Ganamos? Perdimos, dice W., pero lo hicimos gloriosamente.

En Dogma siempre hay pasajes para subrayar, ideas que apuntar, como toda esta diatriba sobre las ciudades de cada uno:

Deberías saberlo todo de tu ciudad de residencia, dice W., aunque sólo fuera para conocer lo que estás a punto de perder. Eso lo hace más emotivo, más digno de conmiseración, dice W.: la pérdida de tu ciudad. Porque ambos perderemos nuestras ciudades, dice W., eso es inevitable. Igual que él se verá forzado a marcharse de Plymouth, yo me veré forzado a marcharme de Newcastle. Igual que a él le echarán a patadas de la ciudad que ama, yo seré expulsado de la ciudad que manifiesto amar, pese al hecho de que no conozco nada de ella.

La narrativa de Lars Iyer me parece no sólo divertidísima, sino también refrescante (por así decirlo), con un ritmo envidiable, con una tensión constante entre lo que dice un personaje (W.) y lo que otro (Lars) nos cuenta que dice, un reflejo de la decadencia de ciertos valores occidentales. Y es gracias a la comicidad del libro que éste llega a salvarse de ser algo intelectual y aburrido. Ahora tenemos muchísimas ganas de seguir leyendo otra entrega de este dúo beckettiano. Tres extractos:

Naturalmente, una vez que alcanzas cierta edad, una vez que eres lo bastante mayor para considerar el mundo, no tienes más remedio que beber, dice W. Una vez que comprendes que vives en la edad de mierda, no te queda otra.

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Ignora a aquellos con quienes disientas. ¡No sirve de nada! "Jamás permitas que el crítico te enmiende la plana", dice W., citando a Burroughs.

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W. sabe que nunca he sido capaz de dormir. Yo jamás consigo un pleno descanso nocturno, algo por otro lado nada sorprendente. Yo me quedo en vela toda la noche, deambulando de habitación en habitación, eternamente trastornado por mi sistema digestivo, eternamente despierto y vuelto a despertar.
Algo en mi interior no me permite dormir, dice W. Algo irresoluto, alguna deuda que ha de ser pagada. Soy mi propio fantasma; me persigo a mí mismo, buscando algún tipo de represalia, algo que ponga término a todo, aunque nada terminará jamás.
Así es mi insomnio, dice W.: la perpetuidad de mi culpa. Para mí, nada puede terminar, dice W., y en realidad tampoco puede comenzar nada. Cada día, el mismo fracaso. Cada noche, el mismo castigo.


[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]

Próximamente: El primer hombre malo


De Miranda July. En Random House.

Sicario: 5 carteles






Cartel de A Gay Girl in Damascus: The Amina Profile


miércoles, julio 01, 2015

Una trilogía palestina, de Gasán Kanafani


He comentado este libro en Playtime; el enlace está un poco más abajo. Aquí va un extracto de cada novela:

De Hombres en el sol:
Aquel pequeño cosmos se abría camino a través del desierto como una gota de aceite sobre una plancha de cinc al rojo vivo. El sol, muy alto, era un disco incandescente. Ninguno de ellos se preocupaba ya de enjugarse el sudor. Asad se había cubierto la cabeza con la camisa y sentado en cuclillas se dejaba achicharrar al sol. Maruán, con los ojos entornados, había apoyado la cabeza en el hombro de Abu Qais que, con los labios apretados bajo los espesos bigotes grises, escudriñaba el camino. Ninguno tenía ya ánimos para hablar. No solo porque el esfuerzo que acababan de hacer los había extenuado, sino porque cada uno iba ensimismado en sus pensamientos. Aquel camión que hendía el camino, los transportaba con sus familias, sus sueños, sus ambiciones, sus esperanzas, su fuerza, su miseria, sus decepciones, su pasado y su futuro, como un ariete que arremetiera contra una puerta de gigante tras la que se ocultara un destino desconocido y en la que todos los ojos estuvieran prendidos con hilos invisibles.

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De Lo que os queda:
Y de pronto apareció el desierto. Inmenso, hasta donde alcanzaba la vista. Por primera vez lo veía respirar como un ser vivo, misterioso, terrible y manso a la vez, y cambiar bajo las ondas de luz cenicientas hasta retroceder poco a poco tras el manto negro del cielo que descendía. Inmenso, oscuro. Demasiado grande para amar como para odiar. Nunca silencioso. Lo sentía respirar como un cuerpo monstruoso. A medida que se hundía en él le entraba vértigo. El cielo se cerraba sobre él sin ruido y detrás de la ciudad se iba alejando hasta no ser más que un punto negro perdido en el horizonte.
Ante sí, hasta donde alcanzaba la vista, el desierto. Sobre su vientre, sobre su pecho, oía el ritmo acompasado de su respiración. En el inmenso telón negro que se alzaba tras el horizonte, se iban abriendo, una a una, ventanas por donde asomaban estrellas de un fulgor hiriente.
Solo entonces supo que no volvería nunca más. Tras de sí, en la lejanía, Gaza desaparecía en la noche como de costumbre: primero la escuela, después su casa, luego la playa plateada que se hundía en las tinieblas y, por último, las luces débiles, mortecinas, de la ciudad, que vacilaban unos instantes hasta extinguirse unas tras otras lentamente.

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De Um Saad:
Um Saad abrió las manos ante mí. En sus palmas callosas, las heridas eran como rojos ríos secos. Esas manos despedían un olor único… el olor de la resistencia cuando se hace cuerpo y sangre en el hombre.
-No es nada… son heridas sin importancia.
-¿Esto? Pues claro. Desaparecerán, el tiempo las borrará. La herrumbre de los platos que friego, la porquería de las baldosas que limpio, la ceniza de los ceniceros que vacío, la suciedad del agua con que lavo, se irán acumulando encima de las heridas y las harán desaparecer anegadas en torrentes de cansancio, restañadas por mi aliento, bañadas a diario en el sudor cálido de las manos con que amaso el pan de mis hijos… Sí, hijito… los días de servidumbre las cubrirán de un caparazón, pero sé que debajo seguirán taladrándome. Lo sé.


[Hoja de Lata Editorial. Traducción de María Rosa de Madariaga]

Trailer de Snowden


En Playtime: Gasán Kanafani


Una trilogía palestina: aquí.

Trailer de Ten Thousand Saints


martes, junio 30, 2015

Mundo espejo, de William Gibson


Ahora sabe, sin lugar a dudas, mientras oye el ruido constante que es Londres, que la teoría del jet lag de Damien es correcta: que su alma mortal se encuentra a leguas detrás de ella y está siendo recogida por algún fantasmal cordón umbilical desde la estela desvanecida del avión que la ha traído aquí, a decenas de miles de metros por encima del Atlántico. Las almas no pueden moverse con tanta rapidez, se quedan rezagadas y hay que esperarlas, al llegar a destino, como maletas perdidas.

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Si buscas a Damien en Google encontrarás a un director de vídeos musicales y anuncios. Si buscas a Cayce en Google encontrarás a una "cazadora de tendencias", y si miras atentamente puede que veas que se insinúa que es una especie de "sensitiva", una zahorí en el mundo del marketing global.

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El mundo espejo. Los enchufes de los aparatos eléctricos son enormes, de tres clavijas, para una clase de corriente que en América sólo alimenta las sillas eléctricas. Los coches están del revés por dentro, la izquierda a la derecha; los auriculares de los teléfonos tienen un peso distinto, un equilibrio distinto; las portadas de las ediciones en rústica parecen dinero australiano.

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Siempre, ahora, abrir un archivo adjunto que contiene metraje no visto es algo profundamente liminar, un estado umbral, transitorio.
Parkaboy ha llamado a su archivo adjunto nº 135. Ciento treinta y cuatro fragmentos previamente conocidos… ¿de qué? ¿Una obra en curso? ¿Algo terminado hace años y distribuido ahora, por alguna razón, en esos retazos?
[…]
Parkaboy es el portavoz de facto de los progresivos, aquellos que suponen que el metraje está formado por fragmentos de una obra en curso, algo sin acabar que su artífice todavía está creando.
Los completistas, por el contrario, una minoría pero bien articulada, están convencidos de que el metraje está compuesto por partes de una obra acabada, que su creador ha decidido mostrar poco a poco y en un orden no correlativo.


[Ediciones Minotauro. Traducción de Marta Heras]