jueves, agosto 01, 2013

El paseante solitario, de W. G. Sebald


Éste es el único libro de Sebald que no había comprado. Como se trata de un pequeño ensayo, pospuse su compra pensando que Anagrama lo incluiría en una de esas recopilaciones de textos misceláneos de Sebald. Han pasado seis años y no parece que esa posibilidad pueda darse. Así que me pillé un ejemplar y lo he devorado en un rato. ¿Qué podemos decir? Sebald siempre está a la altura de lo que se espera de su prosa y de la estructura de sus libros. Por tanto, estamos ante una delicia que comienza con esta frase: Las huellas que Robert Walser dejó en su vida fueron tan leves que casi se han disipado. Sebald analiza algunas fotografías de Walser tomadas en diversas etapas de su vida: en la juventud, en la madurez, en su declive o próximo a la muerte; cita varios de sus escritos; y, en general, realiza una envidiable semblanza del poeta. Dos ejemplos:

La muerte de este ser, en definitiva no ligado a nada ni a nadie, especialmente tras la anonimización que trae consigo una estancia de años en un establecimiento psiquiátrico, hubiera podido pasar tan inadvertida como la mayor parte de su vida. Que Robert Walser no pertenezca hoy a los escritores olvidados se lo debemos, en primer lugar, al hecho de que Carl Seelig lo acogiera en su casa. Sin los relatos de Seelig sobre los paseos de Walser, sin sus preparativos biográficos, sin las antologías por él publicadas y la seguridad, gracias a sus esfuerzos, de un legado compuesto de millones de letras ilegibles, la rehabilitación de Walser no se habría producido y probablemente su recuerdo habría desaparecido.

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Realmente, a mitad de su vida, escribir se convirtió para Walser en una ocupación fatigosa. Cada vez le resulta más difícil la creación, continuada despiadadamente año tras año, de sus obras literarias. Es una especie de servidumbre feudal, que presta en la buhardilla del hotel La Cruz Azul, donde, como él mismo declara, pasa diariamente de diez a trece horas seguidas sentado a la mesa de las novelas y relatos, en invierno con su capote militar y unas zapatillas que él mismo se ha fabricado con retazos de tela. Habla de una prisión de escritura, un calabozo y una cámara de plomo, y del peligro de perder la razón por el continuo esfuerzo.


[Ediciones Siruela. Traducción de Miguel Sáenz]