lunes, octubre 22, 2012

Elizabeth Costello, de J. M. Coetzee



En uno de sus más extraños (y originales) libros Coetzee nos muestra los últimos años de la escritora (inventada por él, pero seguramente inspirada en sí mismo) australiana Elizabeth Costello, una mujer que aún debe vivir a la sombra de uno de sus primeros éxitos, pese a la trayectoria literaria que ha tenido luego. El procedimiento de Coetzee consiste en hacer recorrer a su personaje varios países del mundo, invitada en cada uno de ellos a dar una conferencia. Esas conferencias suponen una escuela de aprendizaje: sabemos más de Costello, aprendemos literatura y humanidades y estamos de acuerdo en algunos puntos y en otros no.

Pero la gran habilidad de Coetzee no consiste sólo en ser original. Su habilidad, como siempre, reside en su manera de contar una historia, que nos engancha enseguida, y en la frialdad emocional con la que pinta a sus personajes. Los personajes de Coetzee suelen ser contradictorios, suelen estar en tensión entre ellos, a veces hay una falta de comunicación entre esos personajes, y las más de las veces se trata de una falta de entendimiento. Hay algo gélido en sus libros, una especie de falta de esperanza, como si todos sus héroes y antihéroes aceptaran la tragedia de la mortalidad y estuvieran resignados a pasar la vida, el trago, como buenamente puedan. Siendo éste un gran libro del autor sudafricano, a mi juicio pierde algo de interés en el último capítulo.

Este párrafo nos enseña un poco más sobre el método de la escritura:

El vestido azul y el pelo grasiento son detalles, señales de un realismo moderado. Suministra los detalles y deja que los significados emerjan por sí mismos. Un procedimiento del que fue pionero Daniel Defoe. Robinson Crusoe, náufrago en una playa, mira a su alrededor en busca de sus compañeros de barco. Pero no hay nadie. “Nunca los volví a ver, ni vi otro rastro de ellos –dice– que tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados”. Dos zapatos desparejados. Al estar desparejados, los zapatos dejaban de ser calzado y se convertían en pruebas de la muerte, arrancados de los pies de los ahogados por los mares espumeantes y arrojados a la orilla. Nada de grandes palabras, nada de desesperación, simplemente sombreros, gorras y zapatos.


[Traducción de Javier Calvo]