viernes, agosto 14, 2026

El eterno viaje. Cómo vivir con Homero, de Adam Nicolson

 

Compré hace años este espectacular ensayo. Pero primero quise leer Ilíada y releer Odisea (había leído una traducción antigua en la adolescencia) en las traducciones de Gredos. Luego dejé pasar un tiempo y la película de Christopher Nolan me trajo a la memoria este libro, que me ha fascinado.

Que a nadie le engañe su título español, próximo a la autoayuda: el original es The Mighty Dead: Why Homer Matters, que no tiene mucho que ver. Adam Nicolson es un escritor inglés con libros sobre historia y naturaleza (nieto, por cierto, de Vita Sackville-West). En El eterno viaje visita algunos de los lugares donde se supone que estuvo Homero, analiza y relata algunos pasajes de Ilíada y Odisea, a veces reinterpretando su significado o trayendo al frente las ideas y los análisis de otros autores, escarba un poco en los mitos y en las leyendas en torno a ambos poemas épicos, trata de enlazar con los descubrimientos y los hallazgos arqueológicos, con las distintas teorías sobre Homero, busca rastros sobre él, sobre los orígenes inciertos de los griegos… No se trata de cómo vivir con la lectura de Homero, como indica el subtítulo español, sino la importancia de ambos libros en el arte, la literatura o incluso en nuestras vidas: porque una vez que le coges el gusto a las historias sobre Aquiles y Odiseo, sobre Héctor y Penélope, siempre quieres más. Unos extractos:

En parte, la Odisea se me presentó como el relato de un hombre que navega a través de su propia muerte: el mar es mortal, las islas son mortales, visita el Hades en pleno centro del poema y quienes lo aman en su tierra natal lo dan por muerto y lo imaginan convertido en un montón de huesos blancos que se descomponen en una orilla lejana. Él busca la vida, pero no la encuentra. Cuando escucha narrar historias de su propio pasado, se le hace insoportable, se envuelve la cabeza en “el manto purpúreo” y llora por todo lo que ha perdido.

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El amor por Homero puede antojarse una enfermedad. Si uno la contrae, corre el peligro de padecerla de por vida. Homero empieza a infiltrarse en todos los recovecos de la conciencia. 

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Así, mientras la
Ilíada es un poema acerca del destino y las exigencias que ese destino impone en las vidas individuales, acerca de la inevitabilidad de la muerte y del pasado, y también de que cada uno de nosotros esté encarcelado en el interior de un conjunto de destinos, la Odisea, con la necesidad de regresar al hogar, juega constantemente con la posibilidad de un nuevo lugar y una nueva vida, con la oportunidad de revisar lo que nos ha sido dado, para que cada cual (al menos las personas más notorias) pueda oponer resistencia a ese sino. 

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Aquiles se mueve por la rabia, por su necesidad de cumplir su destino, de vengar la muerte de su amigo Patroclo. Ulises siempre anda escapando, es un hombre que ha estado en todos sitios, que lo ha visto todo y lo ha hecho todo, pero que también lo ha pensado todo, lo ha inventado todo y lo ha cambiado todo. 
Son las dos posibilidades de la vida humana. Uno puede hacer lo que su dignidad le dicte o esquivar con éxito los obstáculos que la vida le vaya poniendo en el camino. Tal es la gran pregunta que plantean estos poemas. ¿Quién será usted? ¿Aquiles o Ulises, el monumento a la obstinación y el orgullo o el embaucador escurridizo en quien nada es cierto y de quien nadie puede fiarse? ¿El héroe singular o el hombre ingenioso?  

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La
Ilíada es una imagen de lo que creemos haber sido antaño y de lo que quizá seamos mucho tiempo; la Odisea, por su parte, es una versión de lo que somos y de lo que aún podemos ser. No hay necesidad de poner fecha a estas dos perspectivas: su prospección y retrospección son dimensiones imperecederas de la condición humana.



[Ariel. Traducción de Gemma Deza Guil]

martes, agosto 11, 2026

Después de Auschwitz, de Hilario J. Rodríguez

 

 

He disfrutado mucho con uno de los dos libros que inauguran la colección Sílex Portátil (el otro es un estudio de Pilar Pedraza sobre David Lynch), que coordina Hilario J. Rodríguez. El suyo es un librito (en dimensiones físicas, que no en profundidad) que, aunque apuesta por el cine, también incluye autobiografía, pinceladas sobre arte y literatura y también Historia: por ese motivo misceláneo en algunas librerías no saben muy bien en qué sección colocarlo. Pero pertenece a Cine. 

Hilario es un escritor-explorador que suele analizar al milímetro las relaciones entre la realidad, la imagen y la literatura: el uso o abuso que hacemos de las imágenes, el modo en que nos llegan y las procesamos y las entendemos, los diálogos que se establecen entre cultura e Historia. Para hacerlo se sirve de varios recursos propios: cine, viajes, lecturas, entrevistas, experiencias. En sus derivas en torno a Auschwitz encontramos alusiones a Sebald, Resnais, Lanzmann o Albertina Carri, a películas que nos aportan otros ángulos de la infamia (como El hijo de Saul), a falsos documentales rodados por los nazis... 

Uno de sus intereses, muy presente en la mayoría de sus obras y aquí resaltado por derecho propio, es el tema de las desapariciones: de aquellos que se pierden, de los que quedan pocos rastros, de los que el arte en general y las películas en particular ayudan a rescatar, para que no se extravíen del todo, al menos en la memoria colectiva. Mediante estas páginas Hilario nos confirma que las imágenes pueden mentir (de hecho, casi siempre mienten por cuanto desvirtúan la realidad y nos ofrecen la perspectiva individual de una mirada que acabamos haciendo nuestra, interpretándola a nuestro antojo), pero también pueden recuperar o consolidar ciertas verdades y extraerlas del limbo para que las atendamos y sepamos descifrarlas (en cierto modo, somos responsables de lo que vemos, de lo que consumimos).  

Como extras, por así decirlo, el autor incluye fragmentos de tres entrevistas que él mismo les hizo, antaño, a tres pesos pesados: Péter Forgács, Jorge Semprún y Claude Lanzmann. Un recorrido breve, intenso y formidable. 



[Sílex Ediciones]

Tres ensayos sobre Twin Peaks, de Pacôme Thiellement

 

La serie Twin Peaks comienza y termina con la imagen de un espejo. En la primera escena del piloto, es el espejo delante del cual se maquilla Josie Packard, la heredera de la serrería local (interpretada por la actriz Joan Chen), mientras su cuñado, Pete Martell (Jack Nance), se dispone a ir a pescar, lo que ocasiona el descubrimiento del cadáver de Laura y el inicio de la historia. Al f inal del último episodio, el espejo es el del cuarto de baño de la habitación de hotel, a través del cual el agente Cooper verifica que ha sido poseído por Bob. El agente Cooper se golpea la cabeza contra el espejo. Este se rompe
y él empieza a sangrar.
Fuego camina conmigo, por su parte, comienza con la imagen de un televisor roto.

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“No es la mirada la que capta las imágenes, son ellas las que captan la mirada. Las imágenes desbordan la conciencia” 
(Franz Kafka a su amigo Gustav Janouch, citado por Pacôme Thiellement).

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Las grandes películas son aquellas que han obligado al espectador a mirar en el interior de sí mismo, al espacio sin dimensión que separa el ojo del párpado, para mostrar los fantasmas de la melancolía y del sueño con los que desde siempre carga su mirada: esos espectros foliáceos que la película extrae de nuestros cuerpos desde su antepasado directo, el daguerrotipo, y que enseguida empieza a activar como títeres manejados por un sueño. Por ellos, el ojo de la cámara se convierte en el ojo de la pesadilla.

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Porque no se trata de ver. Jamás se trata solamente de ver. Tampoco se trata solamente de conocer. Se trata de ver para conocer. Y de conocer para seguir viendo. 




[Alpha Decay. Traducción de Javier Guerrero]