Hace 7 horas
sábado, octubre 26, 2019
martes, octubre 22, 2019
Vida metropolitana / Breve manual de urbanidad, de Fran Lebowitz
De Vida metropolitana:
No soy una persona insensible. Creo que todo el mundo debería tener ropa de invierno suficiente, alimentación adecuada y un techo digno. Creo, sin embargo, que, de no ser que se porten de una manera aceptable, deberían quedarse en casa bien arropaditos y bien comidos.
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No existe quizá, para aquellos a quienes afecta, momento de la vida tan desagradable, tan antipático, tan categóricamente insoportable como la adolescencia. Y por mucho que su trato resulte una experiencia poco grata para prácticamente todos cuantos se relacionen con él, nadie sufre una conmoción mayor que el propio quinceañero. Tras doce buenos años de halagos ininterrumpidos, no se halla en absoluto preparado para hacer frente a las duras consecuencias que una inadecuada apariencia personal entraña.
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La democracia es un concepto interesante, e incluso laudable, que, comparado con el del comunismo, que es demasiado soso, o con el del fascismo, que es demasiado inquietante, se presenta sin duda como la forma de gobierno más apetecible. Esto no quiere decir que no tenga también sus inconvenientes: el principal radica en esa deplorable tendencia a hacer creer a la gente que todos los hombres han sido creados iguales. Y, aunque a la gran mayoría le basta con echar una mirada a su alrededor para comprobar que difícilmente se da el caso, aún son muchos los que siguen convencidos de ello.
[Tusquets Editores. Traducción de Alberto Cardín]
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De Breve manual de urbanidad:
En otras palabras, todo el mundo habla de las personas, pero nadie hace nada por ellas.
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Ahora bien, la naturaleza, no puedo por menos que reconocerlo, tiene sus entusiastas, pero en términos generales no me busquéis entre ellos. Para decirlo con franqueza, no me cuento entre aquellos que quieren volver a la tierra; me cuento entre aquellos que quieren volver al hotel. Tal estado de espíritu se debe, por lo menos en parte, al hecho de que la naturaleza y yo tenemos muy poco en común. No vamos a los mismos restaurantes, no nos hacen reír los mismos chistes, ni, lo que es más importante, vemos a las mismas personas.
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-Mira, el año pasado gané cuatro mil dólares con las cosas que escribí –dije–. Este año me han ofrecido dos sumas de seis cifras por cosas que no he escrito. Está claro que he planteado mi carrera de forma equivocada. Resulta que no escribir, no sólo es divertido, sino enormemente rentable. Llama a ese tipo del cine y dile que tengo varios libros no escritos. Tal vez tantos como veinte.
Encendí otro cigarrillo y, después de toser un rato, acepté la realidad.
-Bueno, pongamos diez, en cualquier caso. Juguemos fuerte.
[Tusquets Editores. Traducción de José Luis Guarner]
jueves, octubre 17, 2019
Nevada, de Claire Vaye Watkins
Hoy saldrá mi comentario de este libro de relatos en El Plural, así que aquí sólo copio 2 fragmentos del primer cuento, "Fantasmas, cowboys":
El día en que mi madre se fue al otro barrio, Razor Blade Baby se mudó aquí. Al final, no puedo dejar de pensar en los principios.
La ciudad de Reno, Nevada, fue fundada en 1859, cuando Charles Fuller erigió con troncos un puente de peaje sobre el río Truckee y cobró a los prospectores por acarrear la plata de Comstock al otro lado de la estrecha aunque rápida y movediza corriente. Dos años después, Fuller le vendió el puente al ambicioso Myron Lake. Lake, rápido también él, añadió un molino, un horno de secado y un establo para las reses al Silver Queen, su hotel y casa de comidas. Hombre nada cohibido, llamó Lake’s Crossing a aquella comunidad y encargó pintar dicho nombre en el puente de Fuller del brillante azul del cielo.
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O por aquí. Empecemos por aquí:
Cuando un grupo de jóvenes –la mayor parte adolescentes, uno de ellos mi padre– llegó al rancho en enero de 1968 haciendo autostop desde San Francisco, George estaba medio ciego. Aunque sin duda los olió a medida que se aproximaban al porche: sudor, gasolina, el tufo espeso y semidulce a marihuana. El grupo se ofreció a ayudar a George con las tareas y con el mantenimiento a cambio de permiso para acampar frente a los edificios de fachadas vacías del plató. Aunque un par de semanas atrás había contratado a regañadientes a un bracero –un buen chaval, un poco machote, que se hacía llamar Shorty y que quería ser, cómo no, actor–, a George le pareció bien, quizás porque no tendría que pagarles. O quizás porque el líder del grupo –un hombre llamado Charlie– ofreció a George dejarle a una o dos muchachas las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, para que cocinaran, limpiaran la casa, hicieran la colada y se acostaran con él cada vez que quisiera.
Mi padre no mató a nadie. Y no es ningún héroe. Esta no es esa clase de historias.
[Malas Tierras. Traducción de Ce Santiago]
El cuento de la criada, de Margaret Atwood
Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público, y me pareció percibir, como en un vago espejismo residual, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y el perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro –así las había visto yo en las fotos–, más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Allí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.
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Éramos las personas que no salían en los periódicos. Vivíamos en los espacios en blanco, en los márgenes de cada número. Esto nos daba más libertad.
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Hay tiempo de sobra. Ésta es una de las cosas para las que no estaba preparada: la cantidad de tiempo desocupado, los largos paréntesis de nada. El tiempo como un sonido blanco. Si al menos pudiera bordar, o tejer, hacer algo con las manos… Quiero un cigarrillo.
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Todas las noches, cuando me voy a dormir, pienso: Mañana por la mañana me despertaré en mi propia casa y todo volverá a ser como antes.
Esta mañana tampoco ha ocurrido.
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Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación.
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Como bien sabían sus artífices, para imponer un sistema totalitario eficaz, o cualquier otro sistema, deben ofrecerse algunos beneficios y libertades, al menos a unos pocos privilegiados, a cambio de los que se suprimen.
[Ediciones Salamandra. Traducción de Elsa Mateo Blanco]
domingo, octubre 13, 2019
martes, octubre 08, 2019
Ya a la venta: De Arrebato a Zulueta
Copio y pego de la ficha de Trama Editorial:
Solaris Núm 1: De Arrebato a Zulueta
«¿Tú sabes qué hacer con la Pausa?», pregunta Pedro P. (Will
More), pero, ¿qué es la Pausa? ¿En qué consiste estar “colgado en plena pausa,
arrebatado? Arrebato (1980), la obra maestra de Iván Zulueta, nos interroga en
lo más íntimo, lo que nos detiene frente a las imágenes, nos suspende, nos
sustrae de toda conciencia para dejarnos «en plena fuga». Una película con
teoría propia que 40 años después de su rodaje sigue revelando algo de nuestra
propia relación con el cine, con la infancia, con nuestras tentaciones y
debilidades autodestructivas, y todo mediante un enigmático e irreductible
elemento central nacido de los abismos de Zulueta: el arrebato.
Pero, ¿hasta dónde alcanza la potencia intelectual y
cinematográfica del fenómeno? ¿Qué se juega en esa Pausa que alcanza el
mecanismo más intenso y adictivo del cine? En definitiva, ¿qué secreto viaje
propone Zulueta del que no podemos, ni siquiera él, volver indemnes?
De Arrebato a Zulueta reúne los textos de experimentados
analistas y escritores de cine, pensadores de distintas áreas y disciplinas,
profesionales del cine y de la psicología, para desplegar, inteligibilizar y
desentrañar, o todo lo contrario, los núcleos resistentes de este film
inolvidable en cuyos hallazgos se cifra la experiencia más deseada de la
auténtica cinefilia.
Coordinación: Marta Villarreal y Ricardo Sánchez.
Contenidos:
• Mientras los dioses están cubiertos totalmente por el
fuego. Imágenes y arrebato
Aarón Rodríguez Serrano
• El arrebato y el desdoblamiento
Israel Paredes
• Arrebato: La vida en pausa
Irene de Lucas Ramón
• Arrebato: Un hombre que duerme
José Ángel Barrueco
• Sobre la estructura y la voz-over en Arrebato
Eva Parrondo
• Arrebatos rojos
Raúl Álvarez
• El chico que soñó con parar el tiempo
Carlos Tejeda
• Darse a la fuga: una poética del exceso
José Alberto Raymondi
• El hombre de los adentros
Eugenio Castro
• Los hilos sutiles de Arrebato
Carlos Atanes
La cadena fácil, de Evan Dara
Hace unos días salió mi
comentario sobre esta novela en El Plural, así que me conformo con dejar en
este post un fragmento de las primeras páginas:
-Al volver
de Groningen, a
Lincoln le dio
por otra cosa. Comenzó a pasar días, luego fines de
semana, luego más, en Ruigoord, un pueblo enteramente okupa a media hora a
dedo, o a veinte minutos en el bus 82 de Ámsterdam. Sin proponérselo mucho, la
concepción original de Ruigoord –sus casas de madera y la iglesia con
campana-rio, las avenidas arboladas y las hamacas en verano– había surgido en un pólder ventoso de un siglo
de antigüedad; llegada la década de 1950 se había convertido en una comunidad
de 600 almas. Pero a comienzos de la expansión de los
60, la aldea
se enfrentó a
su fin por
la autoridad portuaria de Ámsterdam. El puerto más grande
del mundo, Rotterdam, estaba a quince kilómetros, pero Ámsterdam quería uno
propio y acarició la idea de inundar Ruigoord para conseguirlo. Antes que de
agua la zona se llenó de indignación y protestas, y tres décadas después la
idea había sido arrinconada; pero en el ínterin el pueblo se vio atravesado por
amplias autopistas, y los terrenos adyacentes se convirtieron en arena. Durante
la espera de esos treinta años, sucedió lo inevitable: los habitantes salieron
pitando, las casas fueron derribadas a hachazos, la localidad se convirtió en
un limbo. Finalmente, en 1973, los últimos resistentes abandonaron Ruigoord y
el pueblo quedó al cargo de sus auténticos nativos. El viejo guarda, por
entonces de setenta años, asistió a la entrega de llaves de la iglesia, por
parte del último sacerdote del pueblo, a dos artesanos de Ámsterdam, Hellinga y
Plomp, con las palabras Aquí tenéis. Y allí sería...
Enseguida, toda
casa en pie
fue ocupada por
okupas, muchos en busca de espacio
para talleres, muchos disfrutando de dicho espacio más sitio para una galería a
pie de calle. No era más que una localidad diminuta –un campanario, una
o dos calles,
solares en la
periferia y poco
más–, pero Ruigoord se abrió camino en silencio, ganándose el afecto
como último reducto sin supervisión de Holanda.
Una tarde, una
cafetería rodante se
asentó en un
solar y al poco contó con Lincoln como cliente. Siempre que podía ir a
Ruigoord, iba. Sin otro propósito, dijo, que ver a los melenudos sacar sus
letreros escritos a mano y para ayudar, cuando le llamaban, algo que comenzó a
ocurrir enseguida, a acarrear cosas y soldar. Casi cada noche que lo buscaba,
alguien le dejaba un colchón, un sofá, un saco de dormir o un techo a puerta
cerrada...Cuando no estaba en Ruigoord, Lincoln llevaba el espíritu de Ruigoord
por Ámsterdam. Se interesó en política okupa, y lavaba platos en De Peper, un
restaurante okupa que ofrecía comidas veganas por cuatro perras; o menos, si no
tenías las cuatro. Pasaba bastantes noches en el Bimhuis de Oude Schans,
escuchando a improvisadores como Willem
Breuker, Guus Janssen
y Piep Knor,
y una vez,
importado de Amherst, América, a Archie Shepp; aunque, por encima de
todo, adoraba a Han Bennink, el descacharrante batería que utilizaba el mundo
como caja de resonancia, y que, para Lincoln, era prueba irrefutable de que
vivir merece la pena, de que la vida es alegría. Y, en casa, escuchaba sin
pausa las evoluciones de las primeras pistas de The Art of the Improvisers, de
Ornette, y la presciente y espaciosa "Lock ‘Em Up" de Mingus...
[Pálido Fuego. Traducción de José
Luis Amores]
domingo, septiembre 29, 2019
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