Hace 4 horas
lunes, junio 04, 2018
jueves, mayo 31, 2018
Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo
Después me quedaba dormido intentando ver los cuatro puntos que años atrás flotaban en mis pupilas al cerrar los ojos; buscar compañía antes de caer en el sueño, pero nada. Y entonces, con intención de variar mis rutinas, a las cuales atribuí el origen de toda aquella inquietud, decidí actuar no sobre esas rutinas sino sobre algo mucho más radical: el propio tiempo que las contiene.
**
En los viajes nocturnos hay que tratar de ver las cosas antes de llegar a ellas; cuando las tienes encima, la luz de los faros ya está en otro lugar. Esa anticipación también rige en la vida, me dije, siendo así ésta un viaje nocturno hasta que en la muerte desembocas a la luz del día.
**
"Somos nuestro pasado muerto, somos todos los ataúdes que nos han precedido", así me lo había dicho él una tarde de primavera, a la edad de nueve años, en la cocina del rancho, mientras con su mano izquierda jugueteaba con su llavero, rectángulo de abeto de las mismas dimensiones que un billete de dólar; recuerdo que afuera una vaca bebía agua de un regato recién llegado del deshielo, y como si se burlara de las palabras de mi padre se pasaba la lengua por el hocico y después mugía.
**
Benny, además de perder la camisa, perdió los cien dólares que le cobró el cabrón aquel, ya que los escombros de cenizas seguían pitando. Como si el alma de las cosas, incluso siendo ya cenizas y basura, nunca se desvaneciera.
**
Tengo el convencimiento de que cuando alguien desaparece de nuestras vidas, ya sea por muerte o simple abandono, lo sustituimos por alguna parte de nuestro cuerpo, órgano que inmediatamente pasa a ser la persona desaparecida.
**
Ocurre que la realidad es eminentemente desordenada, nunca percibimos las cosas en su correcta secuencia temporal, por eso cuando hablamos o escribimos tampoco nos atenemos al orden cronológico. La vida es un accidente de aviación elevado a la enésima potencia, la vida es una gran catástrofe, el accidente definitivo, y con tal desorden la narramos.
**
A los vivos los ves pasar y quizá nunca vuelvas a verlos, pero un muerto se queda, su presencia se adhiere a tu piel como lo hace este olor a mantequilla que impregna todas las cosas en esta costa francesa.
[Seix Barral]
lunes, mayo 28, 2018
La muerte de la mariposa [Zelda y Francis Scott Fitzgerald], de Pietro Citati
Aunque me gustan las biografías exhaustivas (pienso en volúmenes gruesos como Magia cruda. Una biografía de Sylvia Plath, de Paul Alexander, en Hitler, de Joachim Fest, en Robert Mitchum: ¡Olvídame, cariño!, de Lee Server, por citar algunas), de vez en cuando se agradece una de esas semblanzas breves sobre un literato, un cineasta o una poeta, como Peter Ackroyd al escribir Poe. Una vida truncada. Eso es lo que hizo Pietro Citati con Katherine Mansfield, y lo que también hizo con Zelda y Scott Fitzgerald, esa pareja sobre la que nunca nos cansaremos de leer porque condensa todo lo referente a un matrimonio maldito de escritores: celos, peleas, locura, alcohol, tiempos difíciles… Pese a los éxitos y al dinero, ambos encarnaron el modelo de gente que va a la deriva porque es inevitable, que muere joven y que está continuamente al borde del colapso, de la quiebra, del crack-up (como citó el propio Fitzgerald).
Unas 90 páginas le bastan a Citati para condensar el martirologio de Scott y Zelda, ofreciéndonos de paso algunos pasajes muy hermosos, muy cargados de literatura. Basten dos ejemplos:
Quien escribe poemas y cuentos busca las luces que se desplazan, los destellos, los reflejos, mientras escucha con una atención cada vez mayor algo que suena al fondo, la poderosa o imperceptible música trágica de las cosas perdidas. Si la cultivamos intensamente, la literatura nos otorga ese privilegio: "Las cosas resultan más dulces una vez que las has perdido". A medida que pérdidas, fallos, renuncias y derrotas se suceden, encontramos a nuestro alrededor, como un regalo o un tesoro que sólo a nosotros nos pertenece, una dulzura cada vez más profunda que nos invade el alma.
Mientras escuchaba esa música melancólica, Fitzgerald perseguí algo a lo que debería haber renunciado: el éxito.
**
De esta forma, pelea tras pelea, copa tras copa, derroche tras derroche, Zelda y Fitzgerald perdieron la paz y la salud: abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas, antes incluso de que la locura los arrollara. No comprendieron la razón: ni siquiera Fitzgerald, que reflejó esa pérdida en sus libros, porque sus libros entendieron lo que él no entendió nunca.
[Gatopardo Ediciones. Traducción de Teresa Clavel]
viernes, mayo 25, 2018
La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick
Comentábamos aquí, el año pasado, Apegos feroces, el libro de memorias de Vivian Gornick que se ha convertido en un todo un fenómeno en España, tanto en ventas como en críticas. La mujer singular y la ciudad es una especie de continuación de aquel, donde la autora continúa contándonos sus paseos por la ciudad, sus trayectos de un punto a otro, sus conversaciones (en esta ocasión charla más con un amigo que con su madre, aunque también está presente) y lo que va observando y escuchando por las calles y en los transportes públicos: discusiones, retazos de diálogo, encuentros y desencuentros… Así, va captando el alma de la ciudad, recogiendo fragmentos dispersos de vivencias y conversaciones aisladas. No faltan sus observaciones sobre literatura o sobre la historia de Nueva York. Incluso me ha gustado un poco más que el anterior, que también era espléndido. Aquí van unos extractos:
La calle no para de moverse, y es imposible que no te guste el movimiento. Tienes que encontrar la composición del ritmo, escribir la historia a partir del movimiento, comprender y no lamentar que el poder del impulso narrativo sea frágil, aunque infinito. ¿La civilización se está fracturando? ¿La ciudad está enloquecida? ¿El siglo es surrealista? Muévete más deprisa. Encuentra el hilo argumental más rápido.
**
Cada día, cuando salgo de casa, me digo: "Voy a subir por el East Side porque es más tranquilo, más limpio y espacioso". Sin embargo, siempre acabo encontrándome en el abarrotado, sucio y errático West Side. En el West Side, la vida parece real. Inteligencia atrapada en dolor. Me recuerda por qué camino. Por qué caminamos todos.
**
Liberarse de las heridas de la infancia es una tarea que nunca se acaba, ni siquiera cuando se está al borde de la muerte. Una amiga mía, enferma de cáncer, seguía enzarzada en una lucha de poder con un marido que no había sido capaz de proporcionarle un matrimonio que la compensara por lo que había sufrido a manos de su cruel familia. Aunque su marido siempre había sido leal –y un servicial cuidador durante su larga y terrible enfermedad–, mi amiga nunca se fio de él más de lo que se había fiado de su mujeriego padre. Un día, cuando le quedaban pocas semanas de vida, el marido me pidió que lo sustituyera una noche porque quería visitar a unos amigos que vivían en el campo. A la mañana siguiente, en cuanto me acerqué a la cabecera de su cama, mi amiga me agarró del brazo y dijo con voz ronca:
-Creo que Mike está con otra –me quedé mirándola en silencio–. ¡No lo toleraré! –gritó–. Quiero el divorcio.
[Sexto Piso. Traducción de Raquel Vicedo]
miércoles, mayo 23, 2018
La Casa de las Alfombras, de Mario Crespo
Recordaba el mundo exterior como un haz de luz que deshacía las sombras proyectadas por los internos de su unidad y le parecía que aquel modo de vida era maravilloso. El principio del fin comenzó para él con un pequeño lunar que se extendió por su espalda hasta convertirse en una especie de caparazón de tortuga. El caparazón le obligaba a dormir de costado y cuando, por accidente, amanecía boca arriba, se sentía como un repugnante insecto. Los chicos de su barrio lo apodaron el Hombre Tortuga y se encargaron de propagar la existencia de semejante fenómeno por toda la ciudad. Unos tipos con brazalete blanco que se identificaron como funcionarios del IPLI llamaron un día a su puerta y se lo llevaron. Era apenas un muchacho.
**
El Hombre Tortuga era consciente de que se había adentrado en un coto vedado de caza donde representaba el papel de presa. Se sentía como una liebre que huye de una manada de galgos escuálidos. Había sido capaz de sobrevivir a la cacería gracias al táser, pero entre los efectos colaterales de la refriega se encontraba la pérdida del arma, así como la de los víveres y el agua. Comenzaba para el joven una etapa aún más dificultosa que la del tramo anterior; una tribulación en una tierra controlada por depredadores humanos.
**
La mujer le dedicó una media sonrisa cómplice y el gesto condujo a Gregor a la desconfianza. Parecía una mueca impostada; una trampa para mentes débiles que caían fácilmente en las redes de la belleza. Aun así decidió acercarse a ella. Cuando alcanzó su altura, se dio por fin cuenta de lo que sucedía: la mujer tenía dos caras, más bien tenía la cara partida en dos; un lado deforme y el otro bellísimo.
-Bienvenido a la Casa de las Alfombras –dijo sonriendo la mujer con dos caras.
Le parecía todo una broma; una manipulación orquestada por Bufón y don Santiago para burlarse de él y reírse a su costa. Una de esas cámaras ocultas. La casa de las alfombras era el cuento de su infancia, el que curiosamente se había encontrado deshojado las tierras de la anarquía; no podía ser cierto que la casa en la que se encontraba se llamase igual, a pesar de que Bufón le hubiera advertido que en Uru existía una Casa de las Alfombras.
**
La descomposición destroza la dignidad de los hombres, los convierte en materia reciclable, en súbditos de una naturaleza que absorbe todo lo orgánico demostrando que ella es la única que se impone a la muerte. Aquello que antes tuvo vida, que existió, se convierte en una estructura sin más. En carne. Y la carne hiede si no se refrigera. Debido a ello, el hoyo que Gregor estaba cavando tenía que profundizar al menos un metro y medio; la distancia suficiente para evitar la resurrección del cuerpo un día de tormenta en que las aguas remuevan la tierra. Gregor midió el agujero utilizando como referencia su propia estatura y estimó que se acercaba al metro y medio. Luego salió de la tumba y empujó el cadáver con el pie hasta que cayó rodando en el hoyo. Al echar tierra encima pensó: "Ya somos uno menos".
[Libros.com]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























