viernes, marzo 02, 2018

Próximamente: La familia que no podía dormir


De D. T. Max. En Libros del K.O.

Cartel de The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society


Banner de Funny Cow


jueves, marzo 01, 2018

Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau


Hará como 10 o 12 años que compré este libro y, como es habitual, quedó enterrado entre las pilas de mi biblioteca. El otro día lo encontré y por fin lo he leído. Se explica muy rápidamente: Raymond Queneau nos cuenta "una anécdota trivial" de 99 maneras distintas. El resultado es asombroso y muy divertido, aunque deberían actualizar un poco la traducción. También debería ser una lectura obligatoria en los institutos, para que los estudiantes aprendieran con diversión las numerosas formas que existen de narrar un pequeño suceso urbano. Aquí van tres ejemplos:

Notaciones

En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: "Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo". Le indica dónde (en el escote) y por qué.

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Pretérito indefinido

Fue a mediodía. Los viajeros subieron al autobús. Hubo apreturas. Un señor joven llevó en la cabeza un sombrero rodeado por un cordón, no por una cinta. Tuvo un largo cuello. Se quejó a su vecino de los empujones que éste le infligió. En cuanto vio un sitio libre, se precipitó sobre él y se sentó.
Lo vi más tarde delante de la estación de Saint-Lazare. Se puso un abrigo y un compañero que se encontró allí le hizo esta observación: fue necesario poner un botón más.

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Injurioso

Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable, acabé subiendo en un autobús inmundo infestado por una pandilla de imbéciles. El más imbécil de estos imbéciles era un granuja con el gañote desmedido que exhibía un güito grotesco con un cordón en lugar de cinta. Este chuleta se puso a gruñir porque un viejo chocho le pisoteaba los pinreles con un furor senil; pero enseguida se arrugó largándose a un sitio vacío todavía húmedo del sudor de las nalgas de su anterior ocupante.
Dos horas más tarde, qué mala pata, me tropiezo con el mismo imbécil que charra con otro imbécil delante de ese asqueroso monumento llamado la estación de Saint-Lazare. Parloteaban a propósito de un botón. Me digo: aunque se suba o se baje el forúnculo, mona se quedará, el muy requeteimbécil.


[Ediciones Cátedra. Versión y traducción de Antonio Fernández Ferrer]

Cartel de Claire's Camera


Próximamente: Siete cuentos morales


De J. M. Coetzee. En Random House.

La lluvia crea su propia noche

La lluvia crea su propia noche, largas mañanas de lámparas aún encendidas.
La ligera hierba de la playa se pega al suelo junto a tus zapatos,
el polen del verano pasado se alza desde húmedas pantallas metálicas.

Esto es orden, esta confusión que cubre los claros entre nosotros,
ropa colgando de las sillas, el abrazo embarrado de tus zapatos.

La lluvia intensa huele como si surgiera de la tierra.
La luz humana de nuestras ventanas, la quietud naranja
de habitaciones vistas desde el exterior. El sitio al que caemos a solas,
cayendo en el sueño. Rodeados por la verde certeza del bosque,
por la gasa de hierro de cielo y mar,
mientras la noche, la lluvia, se empuja a sí misma a través de los árboles.


Anne Michaels, El peso de las naranjas & Miner´s Pond

Based on a True Story: 2º cartel


lunes, febrero 26, 2018

Un astronauta perfecto, de Hilario J. Rodríguez


La literatura es hasta cierto punto un acuerdo entre fantasmas. Y un juego en común. Si uno impone su imagen de manera muy clara, apareciendo como lo harían unos padres que de pronto regresan a casa y pillan a sus hijos imitándolos, el juego se acaba, las palabras se disuelven.

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En manos de los viajeros, las ciudades suelen convertirse en cadáveres. Por eso los viajes suelen convertirse en lecciones de anatomía. Se trazan líneas caprichosas sobre el mapa real, cortes en un cuerpo al que las palabras y las fotografías le quitan la vida, embalsamándolas como a una momia del antiguo Egipto, sólo para indicar que uno estuvo allá, dando a entender involuntariamente que quizás ese allá no exista pero aún queda un testigo capaz de contarnos en qué consistía la vida por aquellos pagos cuando él los atravesó.

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No estoy escribiendo este libro para contar lo que veo, sino para analizar lo que veo, para desmantelarlo, para escudriñarlo. No voy en busca de experiencias, voy construyéndolas a medida que me muevo, hasta cuando no lo hago, en una extraña posición desde la que me cuesta aceptar cuanto me ofrecen y en lugar de eso busco lo que me ocultan. Al intentar acercarme a lo real, me alejo del artificio realista.

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Utilizamos palabras para mediar entre la realidad –según nuestras entendederas– y los sueños –según nuestras limitaciones– con tal de situarnos siempre a una distancia razonable, ni demasiado lejos ni demasiado cerca, de cuanto hay en el mundo e incluso de cuanto no hay en él.  

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Si llegas a la conclusión de que en el fondo nada te pertenece, también puedes llegar –sin demasiado esfuerzo– a la conclusión de que en el fondo el mundo no le pertenece a nadie y puedes atravesar sus fronteras cuando te apetezca.

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Una enfermedad es un asunto cultural, al menos en Centroamérica. Allí, además de médicos y hospitales convencionales, hay chamanes, brujos y curanderos, cuya eficacia depende más de su aceptación que de sus verdaderos poderes. De alguna manera se entienden las enfermedades como jeroglíficos que sólo se pueden solucionar por consenso, como si se escenificase un truco de magia y fuera necesario un acuerdo entre el mago y el espectador para resultar positivo. El paciente presenta un símbolo divergente en su cuerpo, algo así como un mensaje absurdo y caótico capaz de alterar el equilibrio de su naturaleza y de la Naturaleza en general, y el chamán o curandero debe interpretarlo antes de intentar curarlo. 


[NewCastle Ediciones]

En Aleteia: Goodbye Christopher Robin




Berlin Syndrome: 3 carteles




Próximamente: La palabra arrestada


De Vitali Shentalinski. En Galaxia Gutenberg.

The Devil Has a Name: primer cartel


sábado, febrero 24, 2018

Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg


Maravilloso conjunto de ensayos y de textos autobiográficos en los que Natalia Ginzburg habla de la guerra, de la escritura, de la educación de los niños, de uno de los hombres de su vida y las diferencias abismales que había entre ambos, de cómo salir adelante con los zapatos rotos y de las pequeñas virtudes que deberíamos inculcarles a nuestros hijos. Una joya. Unos fragmentos:

Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.

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Pero aquella fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que ha pasado para siempre, sólo ahora, lo sé.

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Cuando vuelvo con mi familia, lanzan gritos de indignación y dolor al ver mis zapatos. Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos.

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No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. Jamás volveremos a ser gente serena, gente que piensa y estudia y construye su vida en paz. Mirad lo que han hecho con nuestras casas. Mirad lo que han hecho con nosotros. Jamás volveremos a ser gente tranquila.

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Descubrí entonces que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala señal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo serio así, a la ligera, como quien escribe con una sola mano, como de pasada. No se puede salir del paso como si nada. Cuando uno escribe algo serio, se mete dentro, se hunde hasta el fondo y, si tiene sentimientos muy fuertes que inquietan su corazón, si es muy feliz o muy infeliz por algún motivo, digamos terrenal, que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo, entonces, si cuanto escribe es válido y digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. Uno no puede esperar conservar intacta y fresca su querida felicidad, o su querida infelicidad, todo se aleja y desaparece, y se queda solo con su página, no puede subsistir en uno ninguna felicidad y ninguna infelicidad que no esté estrechamente ligada a esa página, no posee nada más y no pertenece a otros, y si no le ocurre eso, entonces es señal de que su página no vale nada.

**

En mi vida hubo domingos interminables, desolados y desiertos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y el aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no hubo manera de que me saliera una sola línea. En estos casos, mi oficio siempre me rechazó, no quiso saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de azotarnos hasta hacernos sangrar, un amo que grita y condena. Nosotros debemos tragar saliva y lágrimas, apretar los dientes, secar la sangre de nuestras heridas y servirlo. Servirlo cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos en pie, a tener los pies bien asentados sobre la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él quien manda y se niega siempre a prestarnos atención cuando lo necesitamos.

**

Privándole de una bicicleta que desea y que podríamos comprarle, no haremos más que frustrarlo en una cosa legítima para un niño, no haremos más que hacer que su infancia sea menos feliz, en nombre de un principio abstracto, sin justificación en la realidad. Y, tácitamente, estaremos afirmando ante él que el dinero es mejor que una bicicleta, cuando, en realidad, es preciso que él sepa que una bicicleta es siempre mejor que el dinero.

**

Nosotros estamos para consolar a nuestros hijos, si un fracaso los entristece. Estamos para infundirles valor, si un fracaso los ha mortificado. Estamos para bajarles los humos, si un éxito los ha envanecido.


[Acantilado. Traducción de Celia Filipetto]

Yardie: primer trailer


Annihilation: nuevo cartel


Don't Worry, He Won't Get Far on Foot: 2º cartel


Cartel de On Chesil Beach


jueves, febrero 22, 2018

Mis rincones oscuros, de James Ellroy [Nueva edición]


Leí hace muchos años este libro, en una de esas ediciones de bolsillo muy difíciles de manejar, que además convierten la lectura en un engorro. He aprovechado esta lujosa edición de Mondadori para comprarlo otra vez y releerlo en mejores condiciones: el texto, además, ha sido revisado por el propio traductor y pulido por aquí y por allá. Es una de las cosas más sórdidas que ha escrito James Ellroy: es un libro de no ficción sobre la violación y el asesinato de su madre cuando él tenía 10 años. Ellroy reconstruye las primeras investigaciones, que no dieron fruto aunque aparecieron pistas, sospechosos, enigmas… Y también reconstruye las posteriores pesquisas que hizo él mismo junto a un policía, cuando ya tenía cuarenta y pocos años. Y no se ahorra datos sobre otros casos que ocurrieron por los mismos lugares: mujeres violadas, secuestradas, torturadas, asesinadas… El resultado es terrible y configura un panorama aterrador sobre Estados Unidos y sus cientos o miles de perturbados. Aquí van un par de extractos:

Previamente había aprendido un par de cosas sobre los asesinatos. Había aprendido que los hombres necesitaban menos motivos para matar que las mujeres. Los hombres mataban porque estaban borrachos, colocados y furiosos. Mataban por dinero. Mataban porque otros hombres les hacían sentirse como mariquitas.
Los hombres mataban para impresionar a otros hombres. Mataban para poder hablar de ello. Mataban porque eran débiles y perezosos. El asesinato saciaba su lascivia del momento y reducía sus opciones a unas pocas que podían comprender.
Los hombres mataban a las mujeres por capitulación. La muy puta no se la mamaba o no le daba su dinero. La muy puta quemaba el bistec. La muy puta se ponía furiosa cuando cambiaban sus cupones de comida por droga. A la muy puta no le gustaba que sobara a su hija de doce años.
Los hombres no mataban a las mujeres porque se sintieran sistemáticamente maltratados por el género femenino. Las mujeres mataban a los hombres porque estos las jodían de manera rigurosa y persistente.
Él consideró esta regla como vinculante. Se negaba a considerarla verdadera. No quería ver a las mujeres como una raza de víctimas.

**

El dolor de aquellas mujeres lo abarcaba todo. Querían que se hiciera público. Estaban escribiendo la historia oral de los niños maltratados de nuestro tiempo. Querían que en ella se incluyera mi relato. Eran reclutadoras evangélicas.


[Random House. Traducción de Hernán Sabaté]

Cartel de Kings