Hace 5 horas
viernes, febrero 09, 2018
XXIV
Amor mío, debemos separarnos: no dejemos que sea
algo amargo y terrible. Hemos compartido
compasión y luz de luna:
acabemos así: ahora que se pasea el sol por el cielo
de forma tan intrépida,
y que los corazones tienen tantas ganas
de ser libres, de asolar mundos y destruir campos;
y es que tú y yo ya no somos sus dueños; somos cáscaras que ven
como el grano sirve para un uso diferente.
Hay arrepentimiento. Siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten
con vocación de buques
que entrenados por el viento y húmedos de luz
salen del estuario con el curso fijado,
y navegando se separan, y navegando se pierden ya de vista.
Philip Larkin, El barco del norte
algo amargo y terrible. Hemos compartido
compasión y luz de luna:
acabemos así: ahora que se pasea el sol por el cielo
de forma tan intrépida,
y que los corazones tienen tantas ganas
de ser libres, de asolar mundos y destruir campos;
y es que tú y yo ya no somos sus dueños; somos cáscaras que ven
como el grano sirve para un uso diferente.
Hay arrepentimiento. Siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten
con vocación de buques
que entrenados por el viento y húmedos de luz
salen del estuario con el curso fijado,
y navegando se separan, y navegando se pierden ya de vista.
Philip Larkin, El barco del norte
domingo, febrero 04, 2018
miércoles, enero 31, 2018
El caso de Charles Dexter Ward, de H. P. Lovecraft
Aún no había leído esta novela de H. P. Lovecraft y me parece una de sus narraciones más sólidas, tanto que la considero una pequeña obra maestra. Me compré hace tiempo la versión de Miguel Temprano que editó Acantilado hace ahora unos cuatro años. Como Sprague de Camp desvela en su biografía (que pronto comentaré aquí), Lovecraft no publicó esta novela en vida.
La historia comienza a partir de la desaparición de Charles Dexter Ward de un sanatorio para enfermos mentales. A partir de ahí nos relatan los acontecimientos que lo empujaron a la locura, desde el momento en que convirtió en una obsesión total la búsqueda de las huellas de su antepasado Joseph Curwen, alguien que al parecer tuvo tratos con fuerzas ocultas y dedicó parte de su vida a explorar la alquimia. Ward se ve envuelto en extraños acontecimientos, en viajes al extranjero y en visitas a los cementerios.
Lovecraft va sumergiendo al lector desde las primeras líneas (ver el primer párrafo, más abajo) en una atmósfera siniestra y malsana, que posee el tono que luego han imitado en tantas películas ambientadas parcialmente en cementerios, en casas siniestras, en sótanos aterradores donde se custodian los misterios, en mazmorras donde agonizan criaturas que sólo una imaginación perversa puede conjurar, en laboratorios en los que invocar al más allá… Si no lo habéis leído, no os lo perdáis, y, si puede ser en la edición de Acantilado (o en la de Valdemar), mucho mejor. Aquí van unos extractos:
No hace mucho que desapareció de un hospital privado para enfermos mentales cercano a Providence, Rhode Island, un individuo muy peculiar. Atendía al nombre de Charles Dexter Ward, y fue internado allí muy a su pesar por su afligido padre, que había visto cómo su enajenación pasaba de ser una mera excentricidad a una siniestra manía que implicaba tanto la posibilidad de tendencias homicidas como un profundo y extraño cambio en el aparente contenido de su imaginación. Los médicos admiten su considerable desconcierto ante el caso, puesto que ofrecía anomalías generales de carácter fisiológico y psicológico.
En primer lugar, el paciente parecía extrañamente mayor de lo que correspondería a sus veintiséis años. Es cierto que el desequilibrio mental acelera el envejecimiento; pero el rostro de este joven había adoptado un matiz que por norma general sólo adquieren los muy ancianos. En segundo lugar, sus funciones orgánicas mostraban unas extrañas proporciones sin parangón en la práctica médica. La respiración y el ritmo cardíaco manifestaban una sorprendente falta de simetría; había perdido la voz y no podía emitir sonidos por encima de un susurro; la digestión era increíblemente prolongada y estaba reducida al mínimo, y las reacciones neurológicas a los estímulos normales no guardaban relación alguna con ningún registro conocido, ni normal ni patológico. La piel tenía una sequedad y una frialdad enfermizas, y la estructura celular del tejido parecía exageradamente tosca e inconexa. Incluso había desaparecido una gran marca de nacimiento de color oliváceo de la cadera derecha y en cambio se le había formado en el pecho un lunar o mancha negruzca muy característica y que no tenía antes. En general, todos los médicos coinciden en que los procesos metabólicos de Ward se habían ralentizado de manera inaudita.
**
Es seguro que la verdadera demencia llegó con un cambio posterior; después de que descubriera el retrato de Curwen y los documentos antiguos; de que hiciese un viaje a varios lugares desconocidos en el extranjero y entonara ciertas terribles invocaciones en circunstancias extrañas y secretas, de que recibiese ciertas respuestas a dichas invocaciones y escribiese una desquiciada carta bajo circunstancias inexplicables y angustiosas; de la oleada de vampirismo y de las inquietantes habladurías de Pawtuxet, y de que la memoria del paciente empezara a excluir imágenes contemporáneas al tiempo que su voz se iba debilitando y su aspecto físico sufría las sutiles modificaciones que muchos notaron posteriormente.
**
Llevaron a Ward al hospital privado dirigido por el doctor Waite en la tranquila y pintoresca isla de Conanicut, en mitad de la bahía, donde todos los médicos relacionados con su caso lo sometieron a un estudio y un interrogatorio detallado. Fue entonces cuando repararon en las peculiaridades físicas: el metabolismo ralentizado, las alteraciones cutáneas y las reacciones neurológicas desproporcionadas.
**
Tropezó con cosas que ningún mortal debería conocer, y retrocedió a épocas a las que nadie debería llegar, hasta que algo surgido de esas épocas lo engulló.
[Acantilado. Traducción de Miguel Temprano García]
martes, enero 30, 2018
domingo, enero 28, 2018
viernes, enero 26, 2018
El Atlas, de William T. Vollmann
Lo he dicho en varias ocasiones, pero es necesario repetirlo hasta el hartazgo: en tiempos en los que a casi nadie le importa de verdad la literatura, es un regalo que editores como los de Sajalín, Pálido Fuego, Sexto Piso, Underwood o Impedimenta sigan traduciendo algunas obras de Newton Thornburg, William T. Vollmann, William Gaddis, Rudolph Wurlitzer o Mircea Cartarescu. Porque, además, lo están haciendo en una época incierta y confusa y de cambios en la que al personal sólo le interesan las redes sociales y comentar las series en esas redes (no digo verlas: eso interesa menos, les importa más comentarlo); en tiempos en los que impera la fórmula en la poesía española (y luego se quejan de Disney); en tiempos en los que un tipo prefiere verse una peli en screener (aunque la calidad sea pésima) en vez de ir al cine o esperar al ripeo porque lo que importa es alardear de que ya la ha visto; en tiempos en los que a mucha gente le importa más hacerse la foto con el autor famoso que leerse el libro que acaba de comprar. En este ámbito, seguir publicando a Barth, a Gass, a Selby Jr., a Tom McCarthy… es poco menos que un suicidio comercial aunque en algunos casos la jugada salga bien y recuperen la inversión inicial.
Hoy la mayoría de los editores buscan seguir agotando el filón que haya triunfado en las librerías, en los foros de internet y en las listas de los suplementos culturales. Pero las obras de William T. Vollmann (que empezó a publicar Muchnik, tarea que continúa Pálido Fuego, amén de los dos títulos que salieron en Mondadori) se apartan de todo eso: de fórmulas, de vanidades, de caminos trillados… Con Vollmann nunca se sabe. No se sabe por qué sendas nos llevará, ni cómo hilará las narraciones. Lo único que sabemos sus lectores es que se arriesga y que le apasionan los márgenes de la sociedad: los pobres, las prostitutas, los drogadictos…
Vollmann es un escritor que ha viajado mucho por todo el planeta. De ahí ha extraído su visión del mundo, el germen de sus libros y su experiencia, que siempre bordea los límites o entra directamente en terrenos peligrosos. El Atlas es el resultado fragmentario de todo eso: en vez de centrar un ensayo o una novela en tal o cual ciudad, este libro es un conglomerado de todos o casi todos los sitios que ha visitado. La idea nació, como él mismo indica al inicio, de las Historias de la palma de la mano de Yasunari Kawabata: una serie de historias cortas que Vollmann ambienta en Chicago, Berlín, Bangkok, Nueva York, Sidney, Ontario, Nairobi, Belgrado, Pompeya, Nápoles, Sarajevo, Los Ángeles… El autor precisa sus intenciones en una nota al pie del comienzo: …debería aclarar que esta colección está organizada como un palíndromo: el motivo de la primera historia se retoma en la última, la segunda encuentra su eco en la penúltima y así sucesivamente. […] Por último, la narración que da título al libro contiene un poco de cada una de las demás.
El Atlas es, por tanto, un vistazo al mundo tal y como Vollmann lo percibe y lo entiende. Como si fuera una mina de narraciones, un pozo sin fondo, dentro encontramos historias reales, historias ficticias, historias que mezclan realidad y ficción, recuerdos que parecen cuentos, cuentos que parecen reportajes, reportajes que parecen extractos de novelas y algunos traumas de la infancia que no ha conseguido olvidar y que arrastrará para siempre. Sólo le podría reprochar (y es una opinión muy personal) que algunos de los relatos sean demasiado locos o surrealistas, como si los hubiera escrito tras una ingesta de crack; eso, a mí particularmente, a ratos me agota. Hay algunas conexiones con otros libros suyos, como The Rifles, La Familia Real, Los pobres o Historias del Mariposa, bien porque los títulos ya lo anuncian, bien porque ha empleado algunas señas de identidad de esos libros. Al principio y al final del volumen, Vollmann introduce imágenes de sus viajes: son fotos tomadas por él mismo y que retratan la cara menos amable de los periplos, la de las personas que viven en peligro o entre la miseria. Es como si nos dijera: lo real está a ambos lados del libro, pero el resto es Literatura con mayúsculas. Vollmann equivale, siempre, a literatura de riesgo, a literatura de excesos, a literatura auténtica y cuajada de sorpresas. Por mucho que analicemos El Atlas e indaguemos en sus costuras, el lector sólo puede hacerse una idea sumergiéndose en su espesura narrativa.
En el centro del libro hay una narración ("El Atlas") que de alguna manera condensa todo el volumen, como si fuese un resumen. Os dejo con el magnífico arranque:
A esas alturas había agotado todo lugar. Adondequiera que iba, se decía: Aquí ya no hay nada para mí. Nada más en ninguna parte nadie.
Había terminado.
Antes, la vida había sido tan misteriosa como un lago de montaña al alba. Entonces creía que podían ocurrirle cosas. Ahora comprendía que nunca ocurriría nada.
Era hora de volver a Canadá.
Viajar, en especial por la mañana temprano, es equivalente a morir: atravesar una noche de casas ahogadas por el sueño, acarrear el equipaje por los últimos escalones hasta donde deba ser entregado, entrar en la irremisible zona de seguridad y luego esperar en monótonas cámaras a ser transportado. Así viajaba por sus días. Naturalmente sabía que vivir también se parece a morir. Vivir implica partir, seguir intentando no oír los gritos.
[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






















