jueves, marzo 16, 2017

Delincuentes de medio pelo, de Gene Kerrigan


Había gente que se entrometía en las vidas de los demás sin pensar en el daño que causaba. A veces lo peor no era el estropicio que dejaban a su paso, sino la falta de consideración y el desprecio. Era como si algunas vidas tuvieran importancia y otras tan solo sirvieran para adornar el paisaje.

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-Hace más o menos veinticuatro horas, Frankie Crowe ha secuestrado a una mujer llamada Angela Kennedy.
-¿Por dinero o es algo personal?
-El mensaje es que el marido tenga preparado el rescate dentro de cuarenta y ocho horas o la matará.
John Grace enarcó una ceja.
-El problema de Frankie Crowe es que es un delincuente de medio pelo y no lo sabe. Algo así… a Frankie le supera.
O'Keefe se había reclinado hacia atrás en su silla. Cuando volvió a abrir la boca, pareció que hablaba solo.
-La mitad de los problemas del mundo los causa gente que no conoce sus limitaciones.

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Crowe merecía morir.
A veces hay gente que merece que la maten. Lo merecen por lo que han hecho, porque lo volverían a hacer y porque las emociones y el dolor causado exigen una venganza sangrienta. Y Crowe, el muy cabrón, era uno de ellos. Era de los que destruían las vidas de los demás.


[Sajalín Editores. Traducción de Damià Alou]

Cartel de May It Last: A Portrait of the Avett Brothers


Banner de The Promise


Cartel de The Hero


lunes, marzo 13, 2017

En Aleteia: 30 años de La princesa prometida


Alien: Covenant: tercer cartel


The Belko Experiment: 6 carteles







Próximamente: Memorias


De Roman Polanski. En Malpaso Ediciones.

Kong: Skull Island: 5 carteles






Banner de Free Fire


Cartel de I, Olga Hepnarova


jueves, marzo 09, 2017

Nog, de Rudolph Wurlitzer



Tenía que marcharme, pensé, estaba empezando a fijarme en cosas, se empezaban a formar listas, las comparaciones estaban al caer. Y ahora no tengo el pulpo. Supongo que eso es lo que me toca contar. Luego podré pasar a otra cosa. Anoche hubo una tormenta y abandoné al pulpo. En realidad no lo abandoné: el pulpo sigue dentro de la batisfera, en la parte trasera de la camioneta, y la camioneta continúa sostenida sobre cuatro bloques, pero ya no es lo mismo. Me voy a marchar solo.

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Lo que tendría que haber hecho era deshacerme del pulpo, lo que había estado intentando hacer era deshacerme del pulpo, lo que en este preciso instante estoy empezando a recordar es que, de hecho, me deshice del pulpo. Ahora lo veo por primera vez. O me lo llevé a la fiesta y lo metí en la bañera o bien bailé con él en la playa.

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No quiero precipitar nada. Quiero olvidar más de lo que recuerdo. La noche pasada y las noches inmediatamente anteriores pueden ser puestas en cuarentena hasta que me quede lo bastante impedido como para no percibirme ni a mí mismo, como para perder el control.

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Estoy perdiendo el hilo. Ya me ha vuelto a pasar. Tengo que volver atrás, o adelante, hasta otra margen. Tengo que continuar olvidando. Tengo que evitar recordar la historia que planeé contar. Tengo que lograr no traicionarme. Es la única manera. No ayuda, esto de ponerlo todo por escrito, debatirlo, desenrollarlo y volverlo a enrollar como una lengua muerta.

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Si me olvido por un instante de que estoy perdido… Está sucediendo, ha sucedido, podría seguir sucediendo… Una pisada se coloca en posición justo detrás de mí. Se detiene y yo continúo. No voy a regresar. Si me diese la vuelta no dejaría de avanzar. Mejor seguir adelante.

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Puede que haya vuelto sobre mis pasos. Quizás estoy atrapado en un círculo vicioso. Tengo que esforzarme en no recordar a dónde voy, en que ando metido exactamente, para armarme del valor necesario para llegar allí… No hay nada más que inventar, nada más con lo que jugar…

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¿Cuánto tiempo llevo andando por este paso, y quién me hizo pensar que era un paso? Siempre ha sido así, los pasadizos interminables, los desvíos, las paradas, las mismas quejas lloronas. Me he aburrido de mí mismo lo suficiente como para haberme ido sin darme cuenta de que me iba.

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Unas perforadoras corcovean lentamente contra el terreno. Hay farolas, palmeras y casas estilo rancho. Estamos cruzando un puente o un paso elevado. Estamos en el centro de la ciudad. Vemos edificios altos, tiendas, hoteles y bares. Con esta descripción basta. De todas maneras, ¿a quién le importa? Es o muy tarde o muy de madrugada.

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Es necesario tener un nombre, una cara con la que llenar espacios vacíos, una voz para los silencios, para continuar adelante cuando no sabes si estás tirando adelante o no. Es una cuestión de adición y sustracción.


[Underwood. Traducción de Rubén Martín Giráldez]

Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales: cartel español


Próximamente: Alfa, Bravo, Charlie, Delta



De Stephanie Vaughn. En Sajalín Editores.

En Playtime / El Plural: Rudolph Wurlitzer


Nog: aquí.

 

Diminuendo: primeros carteles



Cartel de Carrie Pilby


martes, marzo 07, 2017

Próximamente: La maldición gitana



De Harry Crews. En Dirty Works.

The Handmaiden: 2 nuevos carteles



Jernigan, de David Gates


Hoy hará un año que Judith murió.
Para conmemorar la fecha, iba a cortar el césped y mirar el partido de los Yankees. A partir de ahí ya me organizaría la noche. Suena mal, lo sé. Vale. ¿Y qué os parecería apropiado? No tenía ni una tumba que visitar. Según su hermano Rick, en una ocasión Judith dijo que quería que cuando muriera esparciéramos sus cenizas en el cabo de Montauk. Si Judith dijo una cosa así es que debía de estar borracha como una cuba. Y eso suponiendo que Rick no se hubiera inventado la historia. Pero, una vez la hubo contado, no nos quedó más remedio que hacerlo. Vaya día, el que subimos al cabo de Montauk para esparcir las putas cenizas.

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Fui al baño y me tomé los dos últimos ibuprofenos del frasco –así empezó todo–, y luego, dos pastillas para la regla de Martha, pero la cabeza me dolía muchísimo. Entonces hice el siguiente razonamiento: en una ocasión, hace muchos años, me tomé una de las píldoras anticonceptivas de Judith para evitar que se la tomara ella, porque estaba convencido de que la estaban matando. Eso fue antes de que se descubriera que a las mujeres las estaban matando muchas otras cosas. Como no me pasó nada por tomarme la píldora –ni me salieron tetas ni se me marchitó la polla, quiero decir–, pensé que las pastillas de la regla tampoco me harían daño. Entré en la cocina sintiéndome como si estuviera viendo cómo yo, yo mismo, hacía todas esas cosas, para ver qué alcohol encontraba. Cero. Nada, ya lo sabía. Tendría que salir. No podía salir. En la nevera encontré una cerveza. Me la bebí en cuatro tragos y luego fui al cuarto de baño y me tomé otras seis pastillas de las de Martha y me terminé lo que quedaba de un frasco de antigripal.


[Libros del Asteroide. Traducción de Marta Alcaraz]

Ghost in the Shell: otros 2 carteles



Unforgettable: primeros carteles




Cartel de The Sense of an Ending


viernes, marzo 03, 2017

En el corazón del corazón del país, de William H. Gass


Big Hans chilló, así que salí. El pesebre estaba oscuro, pero el sol resplandecía sobre la nieve. Hans cargaba con algo que había cogido del pesebre. Grité, pero Big Hans no me oyó. Entró en la casa con lo que llevaba antes de que yo alcanzara las escaleras.
Era el chico de Pederse. Hans lo había colocado sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón y había puesto agua a calentar en una tetera. No decía nada. Supongo que pensó que el grito que había pegado desde la cuadra era suficiente. Ma estaba hurgando en las ropas del chico, tiesas por el hielo. Cada vez que tomaba aire para respirar hacía un ruido que sonaba como ¡uf! El agua empezó a hervir y Hans dijo,
Trae un poco de nieve y llama a tu pa.
¿Por qué?
Trae un poco de nieve.
Cogí el balde de debajo del fregadero y la pala que estaba junto a los fogones. Intenté no apresurarme y nadie dijo nada. Había un montón de nieve sobre el borde del porche, así que cogí algunas paladas. Cuando entré con el balde, Hans dijo,
Tiene ascuas. Trae más.
Un poco de carbón no hará daño.
Trae más.
El carbón está caliente…
No lo suficiente. Cierra la boca y trae a tu pa.

[Del relato "El chico de Pedersen"]

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La gente que me rodea intuye de forma instintiva que soy un enemigo y me odia: no solo por ser diferente, o por desdeñar el trabajo o, lo que es peor, por no desempeñar ninguno; sino por algo que parecería, si lo expresaran en voz alta, un conjuro; porque les robo el alma –lo sé– y juego con ellos; los uso como títeres; los hago desfilar a través de extrañas muchedumbres y pasiones; husmeo en sus raíces.

[Del relato "La señora Ruin"]

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En mi mente, el interior de la casa de los Ruin es claro y horrible como una pesadilla en la que nadie querría entrar por propia voluntad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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No hay duda, ya no soy yo. Este no es el mundo real. He ido demasiado lejos. Así es como empiezan los cuentos de hadas –un resbalón sobre el borde de la realidad.

[Del relato "La señora Ruin"]

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Genial. Hace años. Cuando él parecía un profeta, a veces un dios. Hasta el último detalle, exclamaba, levantaba los dedos manchados de tinta. Un estremecimiento recorría a Fender, que se repetía las palabras a sí mismo, mientras consideraba de nuevo la sabiduría de su profesor. Todo es una propiedad. El rostro de Pearson brillaba, su pelo se agitaba. Todo es una propiedad. Piense en ello. Alguna clase de propiedad. Luego iba a toda prisa por la oficina nombrando objetos y los levantaba. Esto, y esto y esto otro… Esta oreja, dice triunfante y se señala el lóbulo, esta oreja le pertenece a Isabelle…
Compra al precio más bajo. Llena tu congelador. Afortunado… aprovechar el tiempo…
Las personas se van al otro barrio. En la mitad de la vida, ya sabe, Fender…, bueno…, pero las propiedades, las propiedades se quedan. Claro, claro, a veces los coches van al desguace antes que la gente que los conduce, pero hay propiedades de todo tipo, eso es todo, y una casa, por lo general, sobrevive a su constructor. Muchas cosas no sobreviven, Fender. Muchas. Muchas lo hacen. Ja, ja. Bueno. Eso es todo. La tierra es casi inmortal. La tierra dura para siempre. Por eso se habla de derechos reales, ¿ve? Oh tiene sentido, Fender, viejo compañero y amigo, ¡tiene sentido!
El ritmo del mercado… arriba y abajo… tu fortuna… sí…
Las personas son propiedades. ¿Parece demasiado duro decir que las personas son propiedades? Oh déjeme decirle, Fender, lo hemos entendido todo mal, la mayoría de nosotros y al revés… la mayoría de nosotros. La gente tiene propiedades –eso es lo que nos decimos, eso es lo que pensamos. Oh claro. Claro. Un error garrafal –ese. Escuche: Las propiedades poseen a las personas. Todo son propiedades, y las propiedades que duran más –son propietarias de lo que dura menos. Parece lógico. Fender, Fender, y luego continúan otra vez, nos sobreviven, Fender, nos sobreviven… bien, eso son las propiedades, y son –dueñas de todo lo demás– de absolutamente todo –¿no? Tiene sentido.

[Del relato "Carámbanos"]

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Lo cierto es que no podíamos quejarnos de la casa después de todo lo que habíamos pasado en la anterior, pero no llevábamos mucho tiempo allí, cuando empecé a advertir los cadáveres de unos grandes insectos negros que moteaban la alfombra del piso de abajo cada mañana; dispuestos de manera anárquica, como deben de morir las lombrices en la calle después de la lluvia. La primera vez que los vi parecían hebras de lana oscura o pegotes de barro que habían traído los niños en sus zapatos, o, a veces, si las cortinas estaban echadas, manchas de tinta o quemaduras que me aterrorizaban, pues esa alfombra gruesa me había intimidado desde el principio y ya desde la primera semana deseé que mis pies desnudos se tragaran mis zapatos. Los caparazones solían estar rotos. Las patas y otras partes que entonces no podía identificar estaban desperdigadas alrededor, como restos de óxido.

[Del relato "El orden de los insectos"]

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Con qué intensidad miraba yo… Un arbusto, emocionado por sus rosas, no podría haber florecido de un modo tan hermoso como tú lo hiciste. Era una mirada que me gustaría dirigir a esta página. Porque eso es la poesía: hacer aflorar, cambiar.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]

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Tú me escribiste: algo nos parece extraño cuando no lo entendemos. Y te contesto: creo que cuando te amé, empecé a morir.

[Del relato "En el corazón del corazón del país"]


[La Navaja Suiza Editores. Traducción de Rebeca García Nieto]

Cartel del reestreno de Donnie Darko


En Playtime / El Plural: William H. Gass



En el corazón del corazón del país: aquí.

Trailer de The Promise


jueves, marzo 02, 2017

Próximamente: Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo. Un viaje con David Foster Wallace


De David Lipsky. En Pálido Fuego.

Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales: cartel oficial


Guardians of the Galaxy Vol. 2: nuevo cartel


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz


Forrest Ackerman vivía para los monstruos, y algunos monstruos, los más legendarios, se mantenían con vida gracias a él. Mi impresión, el día que solicitó mis servicios, fue la de un hombre perseguido por el tiempo, el cual, a pesar de sus noventa y un años, no dejaba de revisar documentos ni conversar por teléfono, al tiempo que escribía e intentaba aplastar una hormiga que paseaba por el borde de su escritorio. A su espalda se apilaban torres de devedés, de videocasetes Beta y VHS, cintas de Súper 8 y 16 mm y latas para almacenar negativos. De cada centímetro de las paredes colgaban fotos donde se le veía abrazado por dinosaurios, extraterrestres y otros seres extraños que saludaban con entusiasmo a la cámara.

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Aunque los registros de la MGM, el American Film Institute o la biblioteca del Congreso así lo manifiesten, me niego a aceptar que Londres después de medianoche se encuentra irremediablemente perdido. A mi entender un objeto se pierde cuando las últimas personas que lo recuerdan han fallecido, dijo, observando al vacío a través de la ventana. Yo lo he visto cada noche durante setenta y siete años, señor Mc Kenzie, y sólo en el momento en que muera o mi memoria termine de desvanecerse, la cinta habrá dejado de existir. Le doy la oportunidad de encontrar ese filme, señor Mc Kenzie, de rescatarlo de la muerte y regresarlo como a Lázaro al mundo de los vivos.

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El mundo es un lugar extraño, señor Mc Kenzie. Algunos coleccionistas desarrollan deseos e impulsos demasiado fuertes por ciertas piezas, sobre todo por aquellas que son únicas. Poseer algo único, irrepetible, puede cambiar a más de un ser humano, no lo dude. El cine es diferente, hay la posibilidad de que exista más de una copia de un objeto, y eso, como coleccionista, corroe, enoja, consume. ¿Qué haría usted si tuviera la única copia del filme y de repente supiera que existe una más? La buscaría y la destruiría. El perro, intervino Skal, cuando ya no puede comer más, orina lo que queda de alimento. Nuestra naturaleza también es egoísta. Si Da Vinci hubiera pintado una copia de La Gioconda para sí mismo, ¿la que se encuentra en el Louvre tendría el mismo valor? Poseer algo singular nos vuelve únicos, diferentes al resto de los mortales, nos hace especiales, y nadie, créamelo, nadie quiere volverá a ser ordinario en un mundo como éste.

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Carmen Miranda, dijo, sin dejar de peinarse, murió entre el camino del cuarto de maquillaje y su vestidor con un espejo en la mano, y la última llamada de Marilyn Monroe antes de morir fue a su estilista; nadie nace con estilo, señor Mc Kenzie, pero nada nos impide morir con clase.

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Los misterios sin resolver son como heridas que no cicatrizan, que manan eternamente hasta desangrarnos, dijo en voz baja.


[Seix Barral]

Crudo (aka Raw, aka Grave): 2 carteles



Cartel de The Dinner


Alien: Covenant: 2º cartel