Hace 49 minutos
martes, febrero 21, 2017
domingo, febrero 19, 2017
viernes, febrero 17, 2017
Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson
Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.
**
La gente del pueblo siempre nos ha odiado.
**
Todos los augurios anunciaban un cambio. El sábado por la mañana me desperté y pensé que ellos me estaban llamando; es hora de que me levante, pensé antes de estar despierta del todo y acordarme de que estaban muertos; Constance nunca me llamaba para que me levantara. Esa mañana, cuando me vestí y bajé las escaleras, me estaba esperando para prepararme el desayuno, y se lo conté: "Esta mañana me ha parecido que me llamaban".
**
-¿No estarás pensando en irte de aquí, Merricat?
-¿Adónde íbamos a ir? –le pregunté–. ¿Dónde podríamos encontrar un lugar mejor que este? ¿Quién nos quiere, allí fuera? El mundo está lleno de gente mala.
**
Yo pensaba en Charles. Podía convertirlo en una mosca, arrojarlo a una telaraña y observarlo mientras se enredaba y forcejeaba impotente, atrapado en el cuerpo de una mosca moribunda. Podía estar deseándole la muerte hasta que se muriera. Podía atarlo a un árbol y dejarlo allí hasta que se convirtiera en parte del tronco y le saliera la corteza por la boca. Podía enterrarlo en el agujero donde mi caja de dólares de plata había estado a buen recaudo hasta que llegó él, y pisotearlo cuando estuviera bajo tierra.
[Editorial Minúscula. Traducción de Paula Kuffer]
miércoles, febrero 15, 2017
Fatídica, de Jean-Patrick Manchette
La mujer sonrió vagamente. Debía de tener treinta o treinta y cinco años. Sus ojos eran castaños, y su rostro, delicado. Su vaga sonrisa apenas descubría sus dientes, que eran pequeños y regulares. Roucart avanzaba hacia ella llamándola querida muchacha y su voz sonaba paternal mientras sus grandes ojos azules recorrían sin cesar la esbelta silueta de la mujer; estaba muy sorprendido de verla allí, pues en primer lugar ella nunca cazaba y, además, se había despedido de todo el mundo la tarde del día anterior y había tomado un taxi hacia la estación.
-¡Como sorpresa, es toda una sorpresa, una buena sorpresa! –exclamó Roucart, y ella empuñó el calibre 16, lo volvió hacia él, y antes incluso de que hubiera dejado de sonreír le vació los dos cañones en la barriga.
**
Aimée le describió someramente su trabajo: cómo iba de ciudad en ciudad, adoptaba cada vez una personalidad distinta y se relacionaba con la mejor sociedad; es decir, la sociedad de los ricos. Y cómo observaba a los individuos, sus movimientos y los conflictos que siempre hay entre ellos.
-Siempre se acaba por encontrar algo –dijo la mujer–. Siempre hay uno o una que tiene ganas de matar a otro gilipollas. Lo demás ya es asunto de habilidad. Entrar en la intimidad del cliente. Meterle la idea de matar en la cabeza, donde ya estaba cociéndose. Finalmente, hacer una oferta de servicios, a ser posible en una situación de crisis. No les digo que soy una asesina. Soy mujer y no me tomarían en serio. Les digo que conozco a un asesino a sueldo. A veces les doy a entender que es mi amante. Eso los pone celosos.
[Navona Editorial. Traducción de Joachim De Nys]
viernes, febrero 10, 2017
Retrato de mi cuerpo, de Phillip Lopate
Podría decirse que todo ensayo personal se edifica simultáneamente en torno al autoengaño y a la verdad. Yo siempre me propongo asumir a priori cierta culpa en relación con la verdad, para de ese modo avanzar en el trabajo.
**
El peligro de escribir sobre los demás en relación con uno mismo es caer en una horma de autocomplacencia en la que –consciente o inconscientemente– uno siempre ratifica su propia superioridad.
**
Todas las editoriales tienen pavor de ser sorprendidas publicando colecciones de textos elegidos de manera fortuita. Yo no le veo nada de malo a las recopilaciones azarosas –si la mente de un ensayista me interesa lo suficiente, con gusto lo seguiré hasta donde me lleve–, pero en la actualidad, si el autor es famoso, hay muy pocas posibilidades de que un popurrí de este tipo llegue a la imprenta.
**
Donald Barthelme tenía una barba cuadrangular que le daba un aspecto amish y patriarcal. El labio superior afeitado al ras acentuaba el efecto. Me tomó un tiempo darme cuenta de que usaba barba y no bigote, y una vez que lo hice, no pude dejar de inquirir qué clase de "declaración de principios" intentaba formular. […] Un buen día me armé de valor y le pregunté, en tono de broma, por qué se afeitaba el bigote. Me dijo que ya no le crecía porque tiempo atrás le habían extirpado un tumor canceroso del labio. Su respuesta me hizo advertir todo lo que ignoraba –y probablemente siempre ignoraría– de ese hombre, y también mi tendencia a juzgarlo de manera desatinada.
Me gustaba observar a Donald. Nunca me cansaba de hacerlo: generaba una curiosidad inagotable (algo que uno experimenta con personas que siempre se reservan una parte de sí mismas. Sé de lo que hablo, porque dicen lo mismo de mí). Trabajamos juntos durante los últimos ocho años de su vida y fuimos colegas cercanos, amigos, casi amigos… ¿Qué fuimos en realidad?
**
La inmensa soledad de la vida literaria se origina, en parte, en el hecho de que los escritores, especialmente aquellos que han alcanzado renombre, eluden los temas que uno supondría que más les atañen –los autores que continúan siendo capitales en su proceso creativo, o los obstáculos no resueltos del trabajo cotidiano– y optan, en cambio, por parlotear acerca de estrategias para consolidar una carrera, faenas realizadas como invitados en diversos encuentros, becas, procesadores de texto y bienes raíces, todo lo cual constituye el lenguaje del poder.
**
[…] cuando dos escritores se unen para diseccionar las fallas de un tercero que es su contemporáneo, se crea un vínculo deliciosamente fraticida.
**
Soy un callador de bocas, es decir, un autoproclamado sargento de armas que ordena guardar silencio a la gente que hace ruido en el cine.
**
El meollo del asunto es que deseo ver películas en salas de cine, tal como fueron pensadas para verse, y me gusta la compañía de otros cuerpos, de otros espectadores. Pero a la vez he desarrollado, a lo largo de los años de fervorosa cinefilia, una sensibilidad sobrenatural a las distracciones: no sólo a los platicadores, sino también a los que dan coces o cruzan y descruzan nerviosamente las piernas detrás de mí, oprimiendo el respaldo de mi asiento; a la impuntual que exacerba su primera falta acomodándose con lo que parece una meticulosidad premeditada –se quita el abrigo de manera flemática y cambia de lugar sus bolsas de centro comercial varias veces–; al padre amoroso que le da a su hijo caramelos ácidos envueltos en el celofán más crujiente que existe…
**
Siempre podemos culpar a la televisión por alterar el hábito de ir al cine. Buena parte de la gente que va hoy a ver películas parece convencida de que está en el sofá de su casa; otros creen que se encuentran en su recámara, de ahí que ronquen o hagan el amor. Uno supone que la gente joven, que ha crecido en la era del zapping y el intervalo de atención breve, es la peor infractora. Sin embargo, según mis observaciones, los ancianos que van al cine en pareja son los más molestos: insisten en intercambiar opiniones sobre lo que ocurre y su porqué. Quizá la pérdida auditiva los haga hablar a un volumen demasiado alto, pero también es como si rendirse a la experiencia cinematográfica fuese una amenaza a su lazo diádico, y al final eligieran la unidad por encima de la inmersión.
**
Suena descabellado afirmar que ver una película se asemeja a una disciplina meditativa, tomando en cuenta la pasividad del espectador en comparación con los rigores del zen o el recogimiento monástico; pero existen paralelismos. Hay un célebre tipo de meditación denominado focalización de la mente en un solo punto, en que quien medita se abstrae a partir de un sonido o una imagen mental repetitivos.
**
La voluntad de emprender mi propio camino, sans mentores o participación en movimientos literarios de la época, es un aspecto central del cuento laudatorio que elaboré acerca de mi desarrollo como escritor. Debe tomarse con pinzas: después de todo, ningún escritor puede escapar del influjo de sus contemporáneos.
**
Lopate intercala una cita de Anatole Broyard que dice:
Es más fácil ser amigo de gente insatisfecha, porque compartir la insatisfacción se traduce en un lazo fuerte, igual que haber sido amados y repudiados por la misma mujer. Sospecho que la queja es el auténtico capital de las amistades literarias.
[Tumbona Ediciones. Traducción de Ana Marimón Driben]
jueves, febrero 09, 2017
La carrera por el segundo lugar, de William Gaddis
Durante el medio siglo que ha pasado desde entonces la riqueza ha crecido de un modo vergonzoso. Un personaje de una obra de ficción actual comenta que nunca ha habido tantas oportunidades para hacer tantas cosas distintas que no vale la pena hacer. Una sociedad en la que el fracaso puede consistir sencillamente en no tener "éxito" tiene las más ignominiosas derrotas guardadas y reservadas para aquellos –los llamamos "perdedores"– que fracasan en algo que, desde el principio, no valía la pena hacerse.
**
Joseph Tabbi:
William Kennedy, que lo llevó a hablar al Instituto de Escritores de Albany (Nueva York), recuerda el rechazo que Gaddis sentía al principio por esta clase de actividades: "En cuanto se creó [el Instituto], le pedí a Gaddis que viniera a visitarnos y diera una charla, y él dijo: "¡Desde luego, y sin ninguna duda, no!". Pero yo no desistí, y unos años después volví a intentarlo, y su "no" no fue tan contundente, y la siguiente vez me dijo que "quizá" y después, un día, en 1990, hablando con un periodista de Albany, dijo: "No hay nada más angustioso y agobiante que un escritor leyendo su obra delante del público" (aparecido en el Times Union de Albany, 2 de abril de 1990). Dos días después, ahí estaba Bill Gaddis, sobre el escenario, en el salón de actos de la universidad. No leyó su obra delante del público, sino unas fichas en las que explicaba por qué no leía su obra delante del público".
**
Debo decir que formo parte de esa estirpe en vías de extinción que piensa que los escritores deben leerse y no escucharse, y mucho menos verse. Creo que esto es porque en la actualidad parece haber una tendencia a colocar a la persona en el lugar de su obra, a convertir al artista creativo en un artista escénico, a considerar que lo que un escritor dice sobre la escritura es, en cierto modo, más válido, o más real, que su propia escritura.
**
Parece que no soy especialmente amable con el lector. Le pido algo, y muchos reseñistas dicen que le pido demasiado. Incluso algunos de ellos a los que les gusta mi obra dicen que supone un esfuerzo, que es difícil y que, como digo, no es especialmente amable con el lector.
Pero yo en realidad pienso que sí lo es, y que el lector siente placer al participar, al colaborar, si se quiere decir así, con el escritor, de modo que al final las cosas ocurren entre el lector y la página, sin necesidad de todo este mundo de las lecturas. Se les lee a los niños. ¿Por qué inventamos la imprenta? ¿Por qué estamos alfabetizados? Porque el placer de estar completamente solos, con un libro, es uno de los mayores placeres que hay.
[Sexto Piso. Traducción de Mariano Peyrou]
miércoles, febrero 08, 2017
Furores íntimos
Antes, o sea todos estos últimos años con mi marido, respondíamos al tonto cliché de que la mujer nunca tiene ganas y el hombre quiere siempre y en cualquier lugar. Pero una vez que se habían tocado los botones precisos, pensaba para mí: ¿por qué nunca se me ocurre la idea de hacerlo? ¿Por qué no lo seduzco, por qué tiene que ser siempre él quien me seduzca a mí? Para mi marido era bastante humillante llevarse calabazas constantemente y tener que ser siempre él el iniciador de nuestra actividad sexual. Discutíamos mucho. Yo mentiría si dijera que tenía ganas de sexo. Ni una sola vez las tuve. Sólo colaboraba para hacerle un favor y porque sabía que, de lo contrario, nuestra relación se iría al garete. Todos lo sabemos: si en la cama la cosa ya no funciona, el que todo se vaya al garete sólo es cuestión de tiempo. De eso estoy firmemente convencida. Pero en cuanto la parálisis inicial estaba superada, yo me ponía a cien. Y después siempre decía: "¿Por qué no me recuerdas cuánto me divierto? Si lo hicieras, no me haría tanto de rogar".
.
. Charlotte Roche, Furores íntimos
.
. Charlotte Roche, Furores íntimos
sábado, febrero 04, 2017
La Escena, de Clarence Cooper Jr.
Aquella noche, por primera vez, Rudy Black era dolorosamente consciente de la calle. Sus ritmos extraños, dislocados, cantaban a través del frío aire nocturno; lo envolvían desde el clac contra el asfalto de sus caros zapatos hasta el halo resplandeciente en torno al cabello en ondas de su cabeza.
Todos los elementos de la Escena –las luces, las putas, los clientes en sus coches, el alboroto del jazz de la tienda de discos en la esquina de la Setenta y siete con Maple– repelían a Rudy, el chulo y camello, hacían que se sintiera ajeno, falto de sueño firme y propósito, aunque no conocía otro ambiente que ese.
El tacto de la Escena era como de carne muerta. Recordaba haber tocado a una persona muerta, una anciana. Había muerto sola en el piso de arriba de donde él vivía con sus padres. Un día su madre subió a averiguar por qué la señora ya no pasaba a saludar, por qué ya nunca cacareaba un "buenas tardes" al volver del mercadillo. Su madre encontró a la anciana muerta en el baño, horriblemente hinchada.
**
Volvía a aquel baño, un poco más grande que un armario, con un váter cuya cadena funcionaba a veces y un lavamanos de porcelana desportillado y agrietado que le goteó en los zapatos y se los empapó. Pero le daba igual. Ahora ponerse droga era lo más importante del mundo; era el mundo. Para él, llenar la cuchara, quemarse los dedos, absorber la mezcla con el cuentagotas, tenía más significado que cualquier otra cosa, incluso que la vida. Sin droga no podía vivir. Sin droga no quería vivir.
**
-¿No es hora ya de salir de ronda?
-No, todavía tengo que decirte algo. No me gustas, Patterson.
-Me alegra decirle que a mí me ocurre lo mismo con usted, señor.
-Pero eso no es todo –dijo Davis, la furia crecía en su interior–. Si no creyera que tienes madera para ser un buen policía de estupefacientes, hace tiempo que te habría destruido. Me alegro de haber esperado. Me alegro de haber descubierto de qué pasta estás hecho. Eres un cabrón y un listillo, y nada de lo que veo en ti me gusta, ni tus trajes elegantes de profesional acreditado ni tu pelo al rape de negro. Eres demasiado correcto. Así que, hermano, toma tu condenado traslado y métetelo por donde te quepa mejor, ¡pero mientras estés conmigo te voy a hacer sudar la gota gorda!
-Lleva casi un mes haciéndome sombra –dijo Patterson–. ¡El traslado no puede alegrarle ni una décima parte de lo que me alegra a mí!
-¡Feliz Navidad! –dijo Davis poniéndose rojo.
-¡De acuerdo! –respondió Patterson.
-Ahora que nos hemos entendido –dijo Davis–, ¡vámonos de paseo de una puñetera vez!
[Sajalín Editores. Traducción de Guido Sender]
viernes, febrero 03, 2017
jueves, febrero 02, 2017
miércoles, febrero 01, 2017
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















































