Hace 41 minutos
miércoles, febrero 08, 2017
sábado, febrero 04, 2017
La Escena, de Clarence Cooper Jr.
Aquella noche, por primera vez, Rudy Black era dolorosamente consciente de la calle. Sus ritmos extraños, dislocados, cantaban a través del frío aire nocturno; lo envolvían desde el clac contra el asfalto de sus caros zapatos hasta el halo resplandeciente en torno al cabello en ondas de su cabeza.
Todos los elementos de la Escena –las luces, las putas, los clientes en sus coches, el alboroto del jazz de la tienda de discos en la esquina de la Setenta y siete con Maple– repelían a Rudy, el chulo y camello, hacían que se sintiera ajeno, falto de sueño firme y propósito, aunque no conocía otro ambiente que ese.
El tacto de la Escena era como de carne muerta. Recordaba haber tocado a una persona muerta, una anciana. Había muerto sola en el piso de arriba de donde él vivía con sus padres. Un día su madre subió a averiguar por qué la señora ya no pasaba a saludar, por qué ya nunca cacareaba un "buenas tardes" al volver del mercadillo. Su madre encontró a la anciana muerta en el baño, horriblemente hinchada.
**
Volvía a aquel baño, un poco más grande que un armario, con un váter cuya cadena funcionaba a veces y un lavamanos de porcelana desportillado y agrietado que le goteó en los zapatos y se los empapó. Pero le daba igual. Ahora ponerse droga era lo más importante del mundo; era el mundo. Para él, llenar la cuchara, quemarse los dedos, absorber la mezcla con el cuentagotas, tenía más significado que cualquier otra cosa, incluso que la vida. Sin droga no podía vivir. Sin droga no quería vivir.
**
-¿No es hora ya de salir de ronda?
-No, todavía tengo que decirte algo. No me gustas, Patterson.
-Me alegra decirle que a mí me ocurre lo mismo con usted, señor.
-Pero eso no es todo –dijo Davis, la furia crecía en su interior–. Si no creyera que tienes madera para ser un buen policía de estupefacientes, hace tiempo que te habría destruido. Me alegro de haber esperado. Me alegro de haber descubierto de qué pasta estás hecho. Eres un cabrón y un listillo, y nada de lo que veo en ti me gusta, ni tus trajes elegantes de profesional acreditado ni tu pelo al rape de negro. Eres demasiado correcto. Así que, hermano, toma tu condenado traslado y métetelo por donde te quepa mejor, ¡pero mientras estés conmigo te voy a hacer sudar la gota gorda!
-Lleva casi un mes haciéndome sombra –dijo Patterson–. ¡El traslado no puede alegrarle ni una décima parte de lo que me alegra a mí!
-¡Feliz Navidad! –dijo Davis poniéndose rojo.
-¡De acuerdo! –respondió Patterson.
-Ahora que nos hemos entendido –dijo Davis–, ¡vámonos de paseo de una puñetera vez!
[Sajalín Editores. Traducción de Guido Sender]
viernes, febrero 03, 2017
jueves, febrero 02, 2017
miércoles, febrero 01, 2017
martes, enero 31, 2017
Oona y Salinger, de Frédéric Beigbeder
Cuando le preguntaban a Diana Vreeland si sus recuerdos más extravagantes eran factuales o ficticios, ella respondía: "It's faction".
Éste es un libro de pura facción. Todo en él es rigurosamente exacto: los personajes son reales, los lugares existen (o han existido), los hechos son auténticos y las fechas son todas ellas verificables en biografías o manuales de historia. Lo demás es imaginario, y por este sacrilegio ruego a los hijos, nietos y bisnietos de mis protagonistas que disculpen mi intrusión.
**
-Para escribir tendrás que encontrar un lugar tranquilo, fuera de la ciudad –continuó Oona–. Mi padre [Eugene O'Neill] escribe en una cabaña al fondo de su jardín.
-¿Ah, sí?
-Ya lo creo. Odia a los periodistas y no sale nunca. Un escritor no vive en el mundo, se encierra en una casita para trabajar, de lo contrario no es un escritor, es un bufón. La expresión "escritor neoyorquino" es una contradicción en sus términos.
Lo ponía a prueba a cada instante. Siempre hay un momento en el que un hombre enamorado se siente como un parado en una entrevista de trabajo. Jerry trataba de ganar puntos en cada frase. Cuando Oona sonreía, para él equivalía a un billete de lotería premiado.
**
Enamorarse es tener un nuevo problema por resolver. ¿Tenía que llamarla o escribirle una carta? ¿Cómo volverla a ver sin quedar como un pelmazo? ¿Cómo despertar la admiración de una niña mimada y admirada a su vez por la flor y nata de Nueva York? Jerry había entrado en guerra mucho antes que su país.
**
Eugene O'Neill pronuncia estas frases como si las leyera en un teleprompter invisible, con la dicción de un actor principiante, vocalizando demasiado y con los ojos clavados en la pared.
[…]
-¿Dónde vive usted?
-En Nueva York. ¿Por qué?
-Deje Nueva York por una casa tranquila, lejos del mundanal ruido. En su novela habla de una cabaña en el bosque; encuéntrela y escuche el consejo de un viejo chocho: debe apartarse de las intrigas de salón para construir su obra. Intuyo en usted una locura tan grande como la mía… Su "guardián entre el centeno" es usted durante la guerra, ¿verdad? ¿Vio morir a muchos de sus camaradas?
**
En Corsier-sur-Vevey visité la casa de la familia Chaplin, que pronto se convertirá en museo. Quizá en un futuro próximo la mansión de Ban se rebautice y pase a llamarse "Chaplin's World". Por desgracia, la casa blanca todavía no está abierta al público. […] ¿Está encantada la propiedad deshabitada donde Oona vivió toda su vida? Sus hijos y nietos cuentan que, al morir Charlie, su madre y abuela se parapetó en el silencio. Oona Chaplin murió a los sesenta y seis años de un cáncer de páncreas, el 27 de septiembre de 1991, veinte años antes que Jerry Salinger. Una de sus últimas frases fue: "What the fuck did I do with my life!".
**
Nuestras vidas no tienen importancia, se hunden en el fondo del tiempo, pero hemos existido y eso nada lo puede impedir: por muy líquidas que sean, nuestras alegrías no se evaporan nunca.
[Anagrama. Traducción de Francesc Rovira]
sábado, enero 28, 2017
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

























