Hace 1 hora
viernes, octubre 14, 2016
jueves, octubre 13, 2016
La isla de los perros, de Daniel Davies
Tenía una profesión que cabría considerar prestigiosa y lucrativa. Tenía un piso en Londres que cabría de calificar de lujoso y de buen gusto. Solía acostarme con mujeres a las que cabría catalogar como atractivas y sofisticadas.
Y, no obstante, lo abandoné todo. Renuncié a aquella vida con mucho gusto. En cuanto me decidí, lo hice con rapidez, sin misericordia, sin arrepentirme y sin dudarlo. Incluso ahora me asombra lo fácil que fue transformar mi vida por completo: lo fácil que es para todo el mundo transformar completamente su vida. Lo único difícil es decidirse a hacerlo.
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Espero que la crudeza de los diálogos no les haya escandalizado. En el circuito siempre hablamos sin rodeos. Creo que se trata de una reacción de rechazo al lenguaje eufemístico de los escenarios de seducción "normales" ("¿Vienes mucho por aquí?", "¿Te apetece subir a tomar un café?") con los que uno pierde rápidamente la paciencia de adulto. Aquí nos dedicamos al sexo despojado de inhibiciones. Al sexo desprovisto de interferencias culturales. Al sexo al desnudo.
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Es asombroso lo violenta que puede parecer la sexualidad humana al observador pasivo: agresión mutua entre mamíferos mudos.
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La revelación estuvo acompañada a la vez de euforia y de aprensión: iba a transformar mi vida hasta dejarla irreconocible. Quería un piso más vacío, un trabajo más vacío, una cuenta corriente más vacía, una cabeza más vacía. Iba a podar mi existencia sin piedad: a mermarla, reducirla, desnudarla, recortarla. Sentía una irresistible necesidad de claridad y sencillez. Mi vida era un garaje abarrotado que yo iba a vaciar y ordenar.
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La gente guapa puede permitírselo todo. La belleza es el atributo más injusto de la naturaleza.
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Tengo todo lo que necesito para llevar una existencia satisfactoria, cuando no feliz. Una vez que hemos llegado a la edad adulta, aspirar a la felicidad es mucho pedir; la satisfacción –o lo que e. e. cummings llamaba la "no-infelicidad"– me parece mucho más realista.
[Anagrama. Traducción de Federico Corriente]
martes, octubre 11, 2016
lunes, octubre 10, 2016
domingo, octubre 09, 2016
Los enanos de la muerte, de Jonathan Coe
La barriada donde vivía se llamaba Urbanización Herbert. Se había construido en los años treinta y había oído decir que aún residían allí algunos de los primeros inquilinos, o sea, que llevaban allí más de cincuenta años. Yo sólo llevaba quince meses y no tenía otra cosa en la cabeza que largarme cuanto antes. No era que no me gustaran mis vecinos, sino más bien que no tenía mucho en común con ellos. El uniforme masculino habitual incluía pecho y brazos tatuados y, a ser posible, una pareja de alsacianos o rottweilers al otro extremo de la correa. Las mujeres se limitaban a transportar niños todo el santo día, ya fuera empujando los carritos donde los metían o tirando de los arneses con que los sujetaban. A veces entraban en una tienda con una horda de críos pegados a las faldas gritando, berreando y armando un barullo increíble. Para controlarlos, las madres no tenían otro recurso que comprarles caramelos, chocolatinas, patatas fritas o latas de coca-cola y limonada, motivo por el que todos tenían la piel tan pálida, los labios tan rojos y unos dientes que ya empezaban a ennegrecer. Las mujeres de la urbanización siempre parecían embarazadas. En el piso de abajo había por lo menos seis niños y uno más en camino (un accidente, por lo que deduje una noche a partir de una conversación especialmente estridente bajo el suelo de mi habitación). La mayoría de los hombres estaban en el paro y no encontraban gran cosa que hacer en todo el día salvo andar dando tumbos, ir al pub o apostar al fútbol y a los caballos. Resultaba difícil entender cómo todas aquellas familias lograban llegar a fin de mes.
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Trabajar en una tienda de discos en pleno corazón de la City era muy ingrato. El día entero era un desfile de niños soplapollas que venían a comprar sus álbumes de Michael Jackson y Whitney Houston. Ni uno solo de aquellos mamones había tenido nunca el menor asomo de vida interior propia. Compraban todos los mismos discos y vestían la misma ropa: camisa a sayas, corbatas de fantasía y elegantes trajes oscuros. Es mejor no decir más sobre este trabajo, excepto que curré allí cerca de nueve meses, con miras a algo mejor.
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Algunas personas no se dan cuenta de que un "No" directo puede ser la respuesta más amable del mundo.
[Zoela Ediciones. Traducción de Raquel Luzárraga y Ramón J. García]
jueves, octubre 06, 2016
22/11/63, de Stephen King
Tracé una gran A en rojo en la primera página del trabajo. Me quedé mirándola un minuto o dos, luego añadí un gran + en rojo. Porque era bueno, y porque su dolor había provocado una reacción emocional en mí, su lector. ¿Acaso no es eso lo que debe lograr un escrito sobresaliente? ¿Provocar una respuesta?
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Me sentía como un hombre leyendo un libro macabro. Una novela de Thomas Hardy, por ejemplo. Sabes cómo va a terminar, pero eso, en lugar de estropear las cosas, de algún modo aumenta tu fascinación. Es como mirar a un niño que hace correr su tren eléctrico cada vez más rápido y esperar a que descarrile en una curva.
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En mi vida como profesor, solía insistir machaconamente en la noción de simplicidad. Tanto en la ficción como en la no ficción, existe solo una pregunta y una respuesta. "¿Qué ocurrió?", pregunta el lector. "Esto es lo que ocurrió", contesta el escritor. "Esto… y esto… y también esto". Simplificar. Es el único camino seguro a casa.
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A veces la vida escupe coincidencias que ningún escritor de ficción se atrevería a copiar.
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Es la maldición de la raza lectora. Nos pueden seducir con una buena historia incluso en los momentos más inoportunos.
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Tras un período de abstinencia de mi ordenador, había adquirido la perspectiva suficiente para darme cuenta de lo adicto que me había vuelto a esa jodida máquina, malgastando horas leyendo estúpidos archivos adjuntos y visitando páginas web por la misma razón que impulsa a los alpinistas a escalar el Everest: porque estaban allí.
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A veces no deseamos saber, ¿no es cierto? A veces tenemos miedo de saber. Nos aventuramos demasiado lejos y entonces damos media vuelta.
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-No puedes acompañarme. Es demasiado peligroso. Creía que te lo había explicado, pero a lo mejor no lo dejé lo bastante claro. Cuando intentas cambiarlo, el pasado muerde. Te arrancará la garganta de un mordisco a la mínima que pueda.
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Las múltiples elecciones y posibilidades de la vida cotidiana son la música a la que bailamos. Son como las cuerdas de una guitarra. Si las rasgueas, creas un sonido agradable. Un armónico. Pero empieza a añadir cuerdas… Diez cuerdas, cien cuerdas, mil, un millón. ¡Porque se multiplican! Harry no sabía qué era aquel sonido de desgarrón acuoso, pero yo estoy bastante seguro de saberlo: es el sonido de un exceso de armonía creado por un exceso de cuerdas.
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Llevaremos una vida tranquila. No levantaremos olas.
Solo que cada hijo es una ola.
Cada aliento que tomamos es una ola.
[Plaza & Janés. Traducción de José Óscar Hernández Sendín y Gabriel Dols Gallardo]
Madrid, 7 de octubre: presentación de Palabras para Ashraf
Este viernes se presenta, en Enclave, uno de los libros en los que he colaborado. Aunque yo no voy a leer, procuraré pasarme por allí un rato. Más datos al respecto:
Ashraf Fayad
nació en 1980 en Abha (Arabia Saudí) en el seno de una familia de
refugiados palestinos procedentes de la Franja de Gaza. Artista plástico
y comisario artístico, participó en varias exposiciones internacionales
en representación de su país de adopción, entre ellas la Bienal de
Venecia (2013). Promovió el arte saudí contemporáneo en varios ámbitos y
formó parte de la organización angloárabe ‘Edge of Arabia’. En 2014
colaboró en el volumen colectivo ‘Contemporary Kingdom. The Saudi Art
Scene Now’ (edición de Myrna Ayad, Dubai: Canvas Central, 2014). En el
ámbito literario, es autor del poemario ‘Al-Ta’limât bil-dâ-khil’
(‘Instrucciones en el interior’; Beirut: Dar al-Farabi, 2008), cuyos
versos le acarrearon en 2015 una condena a muerte por apostasía. En 2016
se le conmutó por pena de prisión durante ocho años y 800 latigazos.
Este libro colectivo le está dedicado; con él, los autores quieren contribuir a divulgar su caso y claman contra todas las censuras. Los beneficios obtenidos con su venta se destinarán íntegramente a una organización de defensa de los derechos humanos en Arabia Saudí.
Este libro colectivo le está dedicado; con él, los autores quieren contribuir a divulgar su caso y claman contra todas las censuras. Los beneficios obtenidos con su venta se destinarán íntegramente a una organización de defensa de los derechos humanos en Arabia Saudí.
Participan en el volumen Alfredo Gavín, Ángel Fernández Benéitez, Antonio Gamoneda, Antonio Rigo, Arturo Tendero, Ashraf Fayad, Aurora Luque, Beatriz Becerra, Ben Clark, Carlos Gámez, Carlos Jover, Carlos Martínez Gorriarán, Charo Alonso, David Torres, Eduardo Moga, Estrella Sánchez-Marcos, Ezequías Blanco, Félix de Azúa, Félix Ovejero, Fernando Báez, Fernando Megías, Ignacio González del Rey Rodríguez, Ignacio Martín, Isaac Goldemberg, Isabel Camblor, Jaime Siles, Javier Cánaves, Jesús Ferrero, Jesús Zomeño, Joaquín Leguina, Jordi Doce, Jorge Espina, José Ángel Barrueco, José Antonio Carreño, José Luis Pernas, Juan Antonio González Fuentes, Juan Carlos Mestre, Juande González Moyano, Juan López-Carrillo, Juan Luis Calbarro, Julio Marinas, Kepa Murua, Luis Ingelmo, María Ángeles Pérez López, Marta Agudo, Máximo Hernández, Miguel Ángel Malo, Montserrat Villar, Ponç Pons, Rafael-José Díaz, Rafael Morales Barba, Ramón García Mateos, Regino Mateo, Ricardo Hernández Bravo, Román Piña Valls, Santiago Alfonso López Navia, Santiago Montobbio, Sinesio Domínguez Suria, Teresa Domingo Català, Tomás Sánchez Santiago, Tomás Valladolid Bueno y Vicente Torres.
martes, octubre 04, 2016
Un mundo feliz / Nueva visita a un mundo feliz, de Aldous Huxley
Del prólogo:
El remordimiento, y en ello coinciden todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros en lo posible y esfuérzate por comportarte mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes llevar a cabo una morosa meditación sobre tus faltas. Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.
[…]
Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado no cuando se hacía algo, sino cuando se impedía que ese algo se hiciera. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad.
De Un mundo feliz:
-Resulta curioso considerar –musitó el director, cuando se apartaron del lugar– que hasta en los tiempos de nuestro Ford la mayoría de los juegos se practicaban sin más aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red. Imaginen la locura que representa permitir que la gente se entregue a juegos sofisticados que en nada aumentan el consumo, pura locura. Actualmente los interventores no aprueban ningún juego nuevo a menos que pueda demostrarse que exige cuando menos tantos aparatos como el más complejo de los juegos ya existentes.
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-[…] Las palabras pueden ser como los rayos X si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Las lees y te traspasan. Ésta es una de las cosas que intento enseñarles a mis alumnos: a escribir de manera penetrante.
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-Pero ¿por qué está prohibido? –preguntó el salvaje.
En la excitación que le producía el hecho de conocer a un hombre que había leído a Shakespeare, había olvidado momentáneamente todo lo demás.
El interventor se encogió de hombros.
-Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.
-¿Aunque sean bellas?
-Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.
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-¿Por qué no les permite leer Otelo?
-Ya se lo he dicho: es antiguo. Además, no lo entenderían.
[…]
-Sin embargo –insistió obstinadamente–, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esas películas.
-Claro que sí –convino el interventor–. Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte puro. Nosotros hemos sacrificado el arte puro y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes.
-Pero no tienen ningún mensaje.
-Sí, el mensaje consiste en emitir una gran cantidad de sensaciones agradables para el público.
-Los argumentos han sido escritos por algún idiota.
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-[…] No deseamos cambios. Todo cambio constituye una amenaza para la estabilidad. Ésta es otra razón por la cual nos mostramos tan reacios a aplicar nuevos inventos. Todo descubrimiento de las ciencias puras es potencialmente subversivo; incluso la ciencia debe ser tratada a veces como un enemigo.
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El dolor es un horror que fascina.
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De Nueva visita a un mundo feliz:
A la luz de lo que hemos aprendido recientemente acerca del comportamiento animal en general y del comportamiento humano en particular, se ha hecho manifiesto que la regulación mediante el castigo del comportamiento indeseable es menos efectiva, a la larga, que la regulación mediante el apoyo con recompensas al comportamiento deseable, y que el gobierno por el terror funciona, en su conjunto, peor que el gobierno por la manipulación no violenta del ambiente y de las ideas y los sentimientos de los individuos, hombres, mujeres y niños. El castigo pone temporalmente término a la conducta indeseable, pero no suprime permanentemente la tendencia de la víctima a incurrir en esa conducta.
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La sociedad descrita en Un mundo feliz es un Estado mundial en el que la guerra ha sido eliminada y la finalidad primera de los gobernantes es evitar a cualquier precio que los gobernados provoquen conflictos. Logran esto legalizando (entre otros métodos) cierto grado de libertad sexual (posible gracias a la abolición de la familia) que garantiza prácticamente a los ciudadanos del mundo nuevo contra cualquier forma de tensión emocional destructiva (o creadora). En 1984, se satisface el ansia de poder infligiendo daño; en Un mundo feliz, infligiendo un placer apenas menos humillante.
[Edhasa. Traducciones de Ramón Hernández y Miguel de Hernani]
sábado, octubre 01, 2016
Hermano de hielo, de Alicia Kopf
En Playtime / El Plural se publican hoy mis comentarios sobre este libro. Aquí, unos extractos:
Pensaba que justo cuando las cosas incomodan o no se pueden mostrar es cuando se está mostrando algo interesante. Ése es el punto de no retorno, el punto al que hay que llegar, el punto al que se llega si uno cruza la frontera de lo ya dicho, de lo ya visto. Hace frío allí.
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Me preocupa el hecho de crear cosas que sólo la clase alta podrá comprar, actividad que en la mayoría de los casos nos mantendrá en la precariedad a aquellos que la realizamos. Es necesario que tengamos una voz, y tenemos que conseguir que llegue al público adecuado; encontrarla es un camino más costoso que el aprendizaje técnico, pues tiene mucho que ver con el reconocimiento de la propia identidad.
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Aunque seas muy joven –yo tenía veinticinco–, cuando das clase en un instituto la gente que te rodea asume que tus pretensiones artísticas se han esfumado, y si eres escritor, que pronto dejarás de serlo. Quizás eso fuera una cura de humildad. La vanidad, la poca que me quedara por pura ignorancia, es un sentimiento que irradia e impide ver lo que se tiene enfrente. Como la tristeza o el exceso de introspección, dos aves que me asedian a veces, y que intento ahuyentar, aunque la escritura por sí sola no sea siempre el mejor antídoto para ello.
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Hermano de hielo, pienso en si recrearte aquí nos hará bien. Mamá ha querido protegerte, y por eso te ha rodeado de silencio. Yo sólo creo imágenes, ficciones, nadie más que tú sabe lo que has vivido…, que en general debe de ser bueno, porque estás en buenas manos. Hay algunas excepciones, como cuando éramos pequeños y una compañera de clase te vio por la calle envuelto en celo. O cuando años después descubrí que ese freak que hacía culturismo, aprovechando tu aspecto inocente, te obligaba a pedir dinero a la gente por la calle. Si aquí muestro alguna indignidad es sólo la de los demás. Porque expones el nivel de humanidad de los que te rodean.
[Alpha Decay]
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