viernes, abril 15, 2016

A Hologram for the King: 2 carteles



En Playtime: Marlon James



Breve historia de siete asesinatos: aquí.

Dos carteles de The Conjuring 2



Lion: primer cartel


miércoles, abril 13, 2016

Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay


Así comienza esta novela: Todos estuvieron de acuerdo en que el día era perfecto para ir de picnic a Hanging Rock. Como si, por el título y las descripciones que siguen a continuación (la merienda campestre se celebra el Día de San Valentín), estuviéramos ante una novela decimonónica de aire campestre, donde sólo hay amores y enredos sentimentales. Pero pronto se encarga la autora de darle un giro a todo eso para construir lo que para mí es una cima de la narrativa: una novela tan sutil y compleja que debe ser estudiada con lupa.

El de Joan Lindsay es un libro de culto, que Peter Weir convirtió en una película bastante aclamada (y que, sorprendentemente, aún no he visto). Y no me extraña que lo sea. Lo que comienza con un picnic de alumnas y profesoras de un internado de Australia, el 14 de febrero de 1900, se convierte en una sucesión de fenómenos misteriosos y enigmas sin resolver: tres alumnas (y, más tarde, una profesora) desaparecen cuando se dirigen a ver Hanging Rock. Una niña presencia cómo se alejan, como hechizadas (Miranda la miraba de una forma muy extraña, casi como si no la estuviera viendo) y algo que no sabe explicar, quizá una sensación, quizá ese silencio sobrecogedor del entorno, la obliga a huir espantada y avisar a las demás.

Pronto empieza la búsqueda, pero de ellas no hay ni rastro, como si se las hubiese tragado la tierra… como si las piedras y las cuevas y los agujeros de Hanging Rock tuvieran hambre. Y las preguntas sobre su destino empiezan a rondar a los personajes, pero también al lector: ¿Tal vez las secuestraron para violarlas y luego asesinarlas y esconder sus cadáveres entre los riscos? ¿Las engulleron las rocas, como si fueran un ente vivo y voraz? ¿Les sucedió algo sobrenatural? O, simplemente, ¿se extraviaron en un entorno inaccesible hasta morir de sed y de hambre?

En una de esas búsquedas, Mike, uno de los personajes (Pero entonces se recordó a sí mismo que ahora estaba en Australia: Australia, donde cualquier cosa podía ocurrir) encuentra inconsciente a una de las chicas. Es la única superviviente. Pero jamás llegará a recordar nada. A partir de ese día, del picnic de la desaparición, es como si una sombra de mala suerte se cerniera sobre el colegio Appleyard, y empiezan a suceder cosas inexplicables, extrañas, que siempre nos harán dudar de lo que realmente pasó en Hanging Rock:

Nunca se sabía, especialmente cuando se trataba de almas jóvenes y sensibles, cómo podía reaccionar el complejo mecanismo del cerebro ante un shock emocional severo. El instinto le decía que la chica debía de haber sufrido terriblemente en Hanging Rock, si no a nivel físico, sí a nivel mental. No sabía qué había sucedido, pero empezaba a sospechar que aquel no era un caso normal. Lo que no imaginaba era lo muy extraordinario que podía llegar a ser.

Aunque sólo he contado el punto de partida, los primeros capítulos de la novela, no quiero desvelar más para que sea el lector quien se deje seducir por los misterios, por los enigmas, por esa atmósfera sutil e inquietante que la autora va creando en cada página. No estamos ante una novela de terror, pero sí ante una narración en la que el desasosiego y la inquietud están presentes desde el principio. Con una traducción impecable de Pilar Adón, el misterio sin resolver de Picnic en Hanging Rock funciona igual que lo harían años después la caja cerrada de Barton Fink y el maletín de Marsellus Wallace en Pulp Fiction: un interrogante que es mejor dejar a la imaginación del lector/espectador. Al no desvelar realmente lo que sucede en aquellas rocas y grietas, la novela queda abierta y resulta más sugerente que si nos proporcionaran las respuestas. Un extracto de este libro que deberíais leer ya mismo: 

El picnic perturbó el normal desarrollo de sus vidas, en algunos casos de un modo muy violento. Y lo mismo sucedió con innumerables criaturas de presencia mucho más insignificante. Arañas, ratones, escarabajos… También ellos se escabulleron, se ocultaron o salieron corriendo aterrorizados, de manera parecida pero a una escala más pequeña. La trama comenzó a urdirse en el colegio Appleyard en el mismo instante en que los primeros rayos de luz del día de San Valentín cayeron sobre las dalias, y las alumnas se levantaron para ver lo espléndida que era la mañana e iniciar el inocente intercambio de tarjetas y regalos. Y luego siguió extendiéndose, abriéndose en un profundo e intenso abanico, hasta el momento actual, día trece de marzo, viernes, por la tarde. Continuaba propagándose por los niveles inferiores del monte Macedon, aunque por allí con unos colores más alegres, hacia las laderas más altas, donde los habitantes de Lake View seguían con sus ocupaciones diarios como de costumbre, sin saber qué lugares les habían tocado en suerte en la trama general de alegrías y tristezas, de luces y sombras. De esta manera, tejían y entretejían de manera inconsciente los hilos de su propia vida, y componían entre todos, a la vez, un complejo tapiz.


[Impedimenta. Traducción de Pilar Adón]

The Bye Bye Man: primer cartel


Próximamente: Conversaciones con George Lucas


En Confluencias.

Sleeping Giant: 2 carteles



lunes, abril 11, 2016

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie


Esta conferencia, que abarcará unas 40 páginas, y que su autora leyó en diciembre de 2012 en un simposio sobre África, debería ser lectura obligatoria en todos los institutos. A la autora nigeriana le bastan pocas palabras, ilustradas con algunos ejemplos vividos por ella, para explicar a quienes no lo sepan qué es el feminismo, y por qué deberíamos esforzarnos en solucionar las diferencias sociales y económicas entre los hombres y las mujeres. Me parece un texto importante, necesario, al que sólo se le podría reprochar su precio en papel (5 euros por unas 50 páginas).

Aquí van unos extractos:

Nuestra sociedad enseña a las mujeres solteras de cierta edad a considerar su soltería un profundo fracaso personal.
En cambio, un hombre de cierta edad que no se ha casado es porque todavía no ha elegido.

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El lenguaje del matrimonio se basa a menudo en la propiedad, no en el compañerismo.
Usamos la palabra "respeto" para referirnos a lo que la mujer le muestra al hombre, pero casi nunca para lo que el hombre muestra a la mujer.

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El problema del género es que prescribe cómo tenemos que ser, en vez de reconocer cómo somos realmente. Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.

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La cultura no hace a la gente. La gente hace la cultura. Si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura. 


[Random House. Traducción de Javier Calvo]

Cartel de Summer of 8


Próximamente: Funny Girl


De Nick Hornby. En Anagrama.

Cartel de The Family Fang


Green Room: 4 carteles





viernes, abril 08, 2016

Satin Island, de Tom McCarthy


Unos extractos de esta singular, magnífica novela, que hoy comento en Playtime / El Plural:

La gente necesita mitos fundacionales, algún tipo de huella del año cero, un perno que asegure el andamiaje que a su vez sujeta la arquitectura de la realidad, del tiempo: cámaras de memoria y sótanos de olvido, muros entre eras, pasillos que nos arrastren hacia los días del fin y lo que sea que venga después. Vemos las cosas como envueltas en un sudario, a través de un velo, sobre una pantalla sobrecargada de píxeles.

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Cada día, el mundo funcionaba porque yo le había devuelto significado el día anterior. Vosotros no advertíais que yo lo había puesto ahí porque ya estaba ahí; pero si yo hubiera dejado de hacerlo, enseguida lo habríais sabido.

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4.4. Confeccionaba un montón de dosieres. Éstos no siempre eran para clientes. La Compañía me daba carte blanche para guiarme por mi olfato cuando no estaba trabajando en un informe concreto. Iba a conferencias, leía (y, en ocasiones, escribía) artículos, tomaba continuamente el tenue pulso de los medios; y confeccionaba dosieres. Tenía un dosier sobre avatares de juegos japoneses y otro sobre obituarios en periódicos; un dosier sobre entrevistas tras encuentros deportivos con jugadores y sus entrenadores; un dosier sobre supuestos avistamientos extraterrestres y otro sobre ataques de tiburones; dosieres sobre tatuajes, "tendencias" de personalización de aparatos portátiles, la retórica y dicción de los fraudes por correo electrónico. Estos dosieres brotaban de manera espontánea, fortuita, caprichosa. Una situación, un meme recurrente me llamaba la atención, me picaba la curiosidad, y me ponía a investigarlo: seguía su espora, veía dónde llevaba, recopilaba ejemplos de su existencia, montaba un inventario de sus aspectos y mutaciones; como un detective que mantuviese un expediente sobre una presa pintoresca a la par que escurridiza, evasiva: un ratero escalador de edificios, digamos, o un timador transformista.

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Desde luego, cada informe en que trabajaba la Compañía, cada discurso que elaborábamos, incorporaba una invocación al Futuro, una genuflexión ante el mismo: explicando cómo las redes sociales se convertirán en la nueva nobleza de la prensa, o los suburbios en el nuevo centro de las ciudades, o que las economías emergentes bordearían lo equivalente a zambullirse directamente en la fase post-digital; valiéndonos del Futuro para conferir el sello de verdad a estos escenarios y estas afirmaciones, haciéndolos absolutos y objetivos mediante el mero hecho de colocarlos en dicho Futuro: así era como ganábamos los contratos. Todo, como decía Peyman, es susceptible de ser una ficción; pero el Futuro es el cuento más largo y pesado de todos.

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Pero en cambio me llevó hasta su coche, e hicimos un trayecto de unos diez o quince minutos hasta una zona industrial de la ciudad. Ahí está, dijo, mientras el vehículo superaba sendos baches de una antigua vía de trenes de mercancías. Siguiendo su mirada, vi un búnker de hormigón que se alzaba junto a la carretera. Nos detuvimos en un muelle de carga situado bajo este edificio, aparcamos bajo unos arcos enormes y salimos. El espacio estaba sembrado de componentes de circuitos eléctricos viejos, grandes como tótems: cajas de fusibles, reguladores y capacitadores, aisladores cerámicos corrugados y demás. El edificio había albergado un transpondedor dedicado a las comunicaciones del sistema de transportes municipal, explicó Claudia; eso, dijo, señalando una reja que vimos mientras subíamos a la cuarta planta en un amplio elevador sin puertas, era una jaula de Faraday.

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Hay muchas cosas que no te he contado, contestó ella. Si tuviéramos que contar a los demás todo sobre nosotros, viviríamos en un mundo aburrido. Si saberlo todo de una persona fuera la condición sine qua non de la interacción humana, dijo, nos limitaríamos a llevar tarjetas de memoria para enchufarlas en los demás cuando nos conocemos. Podríamos tener pequeños puertos, rendijas en los costados, como bocas u orejas u órganos sexuales extras, por donde introducir y usar las tarjetas, en vez de hablar o echar polvos o lo que sea.

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Anotadlo Todo, dijo Malinowski. Pero el caso es que, ahora, todo está escrito ya. Apenas si hay un instante de nuestras vidas que no esté documentado. Recorres un tramo de calle y estás siendo filmado por tres cámaras a la vez; e incluso si no es así, el teléfono que llevas en el bolsillo localiza y registra tu posición en cada momento. Cada sitio web que visitas, todo clic que haces, cada pulsación de teclas son archivados: aun si pulsas suprimir, borrar, vaciar papelera, las cosas siguen alojadas en alguna parte, en alguna carpeta o algún enclave, alguna oculta avenida del circuito. Nada desaparece jamás. Y como las estructuras de parentesco, las redes de intercambio cuya telaraña nos retiene, nos envuelve, nos crea –redes cuyo cartografiado es la tarea, la raison d'être, de alguien como yo–, esas redes están siendo cartografiadas, esa tarea realizada, por el software que tabula y cruza lo que compramos con quienes conocemos, y lo que compramos, o nos gusta, con los demás objetos que son deseados o comprados por otros a lo que no conocemos pero con quienes coexistimos en un patrón de compra o gustos compartido.   


[Pálido Fuego. Traducción de José Luis Amores]

Cartel de Sacrifice


Próximamente: El ruido del tiempo


De Julian Barnes. En Anagrama.

En Playtime: Tom McCarthy


Satin Island: aquí.

Cartel de Mothers and Daughters


Teaser de Rogue One: A Star Wars Story


jueves, abril 07, 2016

Chap Chap (Una antología confesional), de Kiko Amat


Solo sé que revisitar todo lo que ha escrito uno es –como les decía– una faena deprimente a más no poder, y que puede ser un duro golpe para el amor propio de cualquiera. Todos tus defectos, puestos ahí en fila india, recordándote lo que de verdad eres. O, cuando menos, una parte de lo que eres: mi trocito peor.

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Eso es, en cierta medida, este libro: un compendio de columnas con disfraz y maquillaje que solo desvelaban su verdadera condición cuando ya estabas metido de lleno en la lectura.

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Al contrario que algunos de mis amigos de adolescencia (que las pasaron canutas por la abstinencia sexual forzada), siempre he tenido novias. Es cierto, y hacía tiempo que no pensaba en esto: nunca he pasado más de un mes desde los 17 sin novia fija o razonablemente formal. Supongo que esto dice un par de cosas de mí: la primera es que necesito orden y familiaridad y constancia, y funciono mejor con ellas en mi vida; la segunda (esto sí es problemático) es que me enamoro en-plan-serio con gran facilidad, y ese enamoramiento suele ser del tipo que versificaban los trovadores del Medioevo.

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Uno de los motivos que han hecho tan popular a Internet es que, como Chile con los nazis tras la II Guerra Mundial, cobija al linchador en su escondrijo. Hay algo inherentemente aborrecible en los linchamientos, incluso si su germen es más o menos legítimo. Observar a una masa enfebrecida ejecutando sumariamente a un tipo nunca es bonito, sean sans-culottes o el Ku-Klux-Klan. Se trata del lado más feo de la condición humana, su trocito peor. El fenómeno actual del twitterlynching brota de una fosa séptica similar a la del espíritu KKK y, si bien sus manifestaciones físicas son disimilares, su esencia es la misma: muchos matones con la cara cubierta amedrentando a un solo pringado.

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Uno no puede llamarse a sí mismo escritor hasta que no le han despedazado por escrito unas cuantas veces.


[Blackie Books]