miércoles, enero 17, 2007

Cambios de imagen (La Opinión)

Tenía la televisión encendida, como ruido de fondo, y entonces apareció un reportaje sobre un programa nuevo: “Cambio radical”. Levanté la vista del periódico, o del libro, o de lo que estuviera leyendo, y vi el publirreportaje. Las escenas pertenecían a la versión americana de tal programa. He de decir que me parecieron totalmente bochornosas. Seleccionaban a una mujer de aspecto vulgar; no era guapa, pero tampoco horrible. Mecánica de profesión y entrada en carnes. Iba vestida con ese chándal que les gusta tanto a los yanquis cuando se ponen a pasear al perro en las proximidades de sus casas con césped recién cortado. El pelo, sujeto en una cola de caballo. Se le adivinaba alguna adiposidad en la cintura, y la nariz era algo ganchuda, pero no hasta el extremo de necesitar cirugía plástica. Cuando le comunicaron que había sido seleccionada, se puso a gritar y le flojearon las rodillas. A mí me dio la impresión de que estaba sentada en el váter, con estreñimiento. Pero no: era alegría. Un equipo de expertos (peluqueros, entrenadores, cirujanos, y en ese plan) se la llevó a su base de operaciones. La familia deseaba suerte a la muchacha y la veía partir con la esperanza de que le devolvieran a una princesa.
Un montaje rápido mostró las escenas en las que a la mujer la empezaban a transformar. Le operaban la nariz, para que la curva fuese más suave. Le quitaban los michelines. Le metían silicona en los senos. Le arreglaban la papada y le cambiaban de peinado. Sin olvidar el sometimiento al ejercicio (o eso decían), un poco de maquillaje y un vestido con tirantes y zapatos de tacón. Cuando regresaba a los brazos de su familia, la aclamaban como suelen hacer los americanos, con mucho “Yeepa” y “Yiiiha”. En mi opinión, la chica parecía, sí, mucho más femenina (el truco era fácil: coger a una muchacha en chándal y zapatillas y con el cabello recogido y devolver a una tía vestida como si fuera a la fiesta de Nochevieja). Pero, en el fondo, igual de vulgar e incluso más horrible. Todo ese rollo de las operaciones podría haberse suplido sin gastar mucho dinero: bastaba con que ella misma cambiase de vestuario, y se pusiera a dieta unos días. Echen un vistazo a ese pastelón que se titula “Princesa por sorpresa” y demás comedias románticas algo vomitivas: el patito feo se convierte en cisne sólo con un corte de pelo y un vestuario sexy. No hace falta meter el bisturí. En algún otro canal, hace ya tiempo, recuerdo haber visto algún capítulo de la versión del programa en Estados Unidos. Resultaba aún más patético y bochornoso en el caso de los hombres. No solían pasar por el quirófano, pero sí por la peluquería y por una tienda de ropa. Al plató entraba un tipo con aspecto de “loser” y salía el mismo tipo con aspecto de “loser”, pero bendecido por el uso de las tijeras, la loción de afeitar y las pinzas. Un tipo como más limpio y al que habían depilado el entrecejo, afeitado la barba de cuatro días, acicalado para quitarle el peinado “turronero” y cambiado el habitual chándal por un traje con corbata. Ese era el cambio. Un ardid, vaya.
Quiero decir que estos cambios los puede hacer uno solo, sin necesidad de ponerse en manos de expertos ni aparecer en la tele ni hacer el ridículo. El cambio de imagen debe surgir de uno mismo. O, acaso, requerir la ayuda de una madre o de un colega con visión fresca y moderna. No piquen con estos programas. Por otro lado, nos confirman lo que la televisión siempre patenta: que lo que importa es la imagen, el aspecto exterior, el cómo nos ven los demás. Y a algunas personas no les hace falta un corte de pelo, sino un buen libro en las manos. Por poner un ejemplo.

martes, enero 16, 2007

Globos de Oro


Buen reparto de Globos, desde mi punto de vista. Han ganado algunos de mis favoritos: González Iñárritu por Babel, Eastwood por Cartas desde Iwo Jima, Scorsese por The Departed, Hugh Laurie por House, Desplat por El velo pintado. Ha habido sorpresas (el resucitado Eddie Murphy, el guionista de La reina, ningún premio para DiCaprio...) y premios cantados (Helen Mirren, Sacha Baron Cohen...) Almodóvar no podía ganar: se enfrentaba a Eastwood, que sigue siendo el más grande, le pese a quien le pese.

Lista de premios al completo, aquí.

Libro: América, América, de Xavier Moret


Moret advierte en las primeras páginas: Un viaje por los USA está forzosamente lleno de referencias al mundo de la música, al del cine y al de los libros. Por esa razón he disfrutado con este título, cuyo subtítulo es Viaje por California y el Far West. El autor viaja en un coche alquilado, en compañía de su mujer, de su hija y de una amiga de ésta, ambas adolescentes. Inevitablemente, se produce el choque cultural entre los adultos y las adolescentes. Donde los primeros ven las huellas de Dylan, de Blade Runner o de Sam Shepard, las segundas sólo saben de Nirvana, los McDonalds o la televisión.
Realizar este viaje, pues, en compañía de Moret, significa tropezarse a cada paso (en cada página) con montones de referencias. Cada rincón le recuerda a varias películas, discos y libros. Un viaje como los que yo mismo suelo hacer: haciendo alusión a las referencias culturales. Así, América, América no sólo trata de paisajes, tipos raros en las tiendas de souvenirs y librerías de los beat, sino que está impregnada de Kerouac, El graduado, Bukowski, Steinbeck, Eagles, Win Wenders, John Fante, El sueño eterno, Jim Morrison, Easy rider, Jack London, Tom Wolfe, Rebelde sin causa, Don McLean...

Portadas exquisitas


The New York Trilogy (edición de lujo), de Paul Auster, traducido por Anagrama como La trilogía de Nueva York.

Concursos estúpidos (La Opinión)

Los norteamericanos son únicos para inventarse extraños y estúpidos concursos. Leemos que una mujer de veintiocho años murió a causa de uno de estos concursos, en California. El lema elegido: “Aguanta tu pipí por una Wii”. Consistía en beber toda el agua posible sin ir al baño; el premio era una consola de Nintendo. Los organizadores repartían botellas de agua entre los concursantes; estos debían beber cada quince minutos. La chica en cuestión no ganó el premio. Pero luego se fue a casa con fuertes dolores y poco después la encontraron muerta. Las primeras investigaciones concluyeron que la mujer había fallecido “por intoxicación de agua”. Lo extraño es que a ninguno de los participantes le estallara la vejiga. Se trata de una noticia que he encontrado en varios diarios. Un concurso en el que uno debe beber mucha agua y aguantarse las ganas de orinar para que le den una consola constituye uno de los eventos más absurdos que he leído en mucho tiempo.
David Foster Wallace, gran narrador y hábil cronista de algunos sucesos curiosos del Medio Oeste americano, desvela algunos raros concursos y ferias en uno de los ensayos de su libro “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. De vez en cuando nos llegan noticias sobre esos concursos que inventan en Estados Unidos. También los encontramos en la narrativa (literaria y cinematográfica). Recuerden las célebres escenas de “Danzad, danzad, malditos”, en las que Jane Fonda y Michael Sarrazin sudaban sangre en un concurso de resistencia de baile para ganarse un dinero extra. Los participantes tropezaban, se desmayaban, lloraban, caían agotados. El concurso era inhumano. Al parecer, lo que cuentan en la película se inspira en la realidad: los concursos organizados en los años treinta, en plena época de la Depresión, para que la gente hiciera dinero de una manera rápida. Por cierto, el filme de Sydney Pollack se basa en una novela muy recomendable, que además es superior a su adaptación: “¿Acaso no matan a los caballos?” El autor es Horace McCoy.
En “La seguridad de los objetos”, la película basada en el libro de relatos del mismo título de A. M. Homes (aún inédito en España), se recoge una historia sobre concursos de resistencia. Y no me extrañaría que estuviese basada en la realidad. En un centro comercial colocan un coche que se convertirá en el premio del concurso. Sólo puede haber un ganador. Quienes anhelan participar deben inscribirse antes de la competición. El juego consiste en apoyar las manos en la carrocería y esperar, resistir. Cuando sólo quede una persona apoyada en el coche, le regalarán el vehículo. El personaje interpretado por Glenn Close quiere hacer algo por sus hijos. De modo que se apunta y pasa las de Caín cuando han transcurrido unas cuantas horas y empieza a ocurrirle de todo: agotamiento, sueño, dolor de huesos, etcétera. Una variante de los concursos de resistencia aparecía en la novela de culto de Stephen King, “La larga marcha”, donde sólo podía quedar un tipo en pie para ganar el premio. La historia estaba ambientada en el futuro, lo que le permitía al autor inventarse soldados que disparaban a los caminantes que se cayeran más de tres veces. Cuesta comprender la existencia de aquellos concursos, y otros de los que no tenemos noticia y serán peores. Cuesta entender que alguien esté dispuesto a jugar con su vejiga, a resistir días y noches sin pegar ojo y apoyado en el capó de un vehículo, o a romperse la crisma como a menudo vemos en televisión, sólo para ganarse unos billetes. O una consola. Demuestra que estamos dispuestos a cualquier sacrificio por un premio.

lunes, enero 15, 2007

Tripulantes. Contraportada

Hoy, día 15, Tripulantes debería estar en las librerías. Pero parece que ha sufrido otro retraso. Mientras tanto, adelanto aquí la contraportada. Pinchar en la foto para ver los nombres de los numerosos colaboradores. El libro promete mucho.

Esos detalles cotidianos (La Opinión)

Quizá alguien piense que mi estancia en Madrid es una tortura, a tenor de mis continuas quejas sobre el estado caótico y casi propio de posguerra de la ciudad, sobre el tráfico, la polución, la delincuencia, el mercado de la droga, las continuas peleas, la indigencia y la mendicidad, las colas para todo, el ruido, la música frecuente de sirenas de policías, bomberos y ambulancias, sobre los inconvenientes del metro (postura en la que me mantengo firme: hace unos días hubo un motín de viajeros en la parada de Conde de Casal, hartos de averías y huelgas). Es fácil que uno piense eso: que atravesar la capital constituye para mí un suplicio. Y en muchas ocasiones lo es, no voy a negarlo. He topado con más gente que quiere escapar de aquí que con gente que está contenta; suelen ser zamoranos, como yo. Pero existen otros momentos que uno no cambiaría, pequeños detalles que convierten la rutina en una aventura, aunque sólo sean detalles aislados, cotidianos, sin importancia.
Puedo caminar por la calle y toparme con unos cuantos actores, y sobre todo actrices, y exaltarme en secreto por culpa de la mitomanía que padezco y que no se me curará nunca, por fortuna. En un día puedo cruzarme, en un barrio al que he ido buscando una librería de viejo en la que tienen un libro de Nelson Algren, con Celia Blanco, cubierta casi hasta la nariz para protegerse del frío; y por la tarde, en una cafetería próxima a casa, ver a través de los cristales a la actriz María Adánez, sentada con unas amigas a una mesa. O puedo ir al cine y descubrir que, justo detrás, se nos ha sentado la misma María Adánez, o el actor Fele Martínez, o que en la misma fila está Tristán Ulloa. O ver entrar en esa sala a Javier Cámara, llevando del brazo a su madre. O caminar por mi barrio y descubrir, sentado en una terraza de una calle sucia, a Joaquín Sabina, o toparme por ahí con Nawja Nimri o Juan Diego Botto. O cruzarme en otros cines y otras tiendas con Ana Risueño, Ian Gibson, Elena Anaya, Achero Mañas. Me entusiasma, como conté el otro día, merodear por las casetas de la Cuesta de Moyano y preguntarles a los libreros y que sepan (no siempre, pero casi siempre) de qué libros les estoy hablando. Así como me entusiasma entrar en uno de mis templos: el edificio de Fnac, donde uno puede acabar loco y medio bizco de ver libros, tebeos, discos y películas, y donde curran chavales jóvenes que también saben de qué hablas cuando les preguntas por “Cara de ángel”, el clásico con Robert Mitchum, o que recuerdan si les queda en algún cajón una comedia de John Hughes.
Disfruto mirando las camisetas de las tiendas de Malasaña y Fuencarral. Pero sólo las camisetas diseñadas para “freaks” de mi calaña. Compro algunas y otras me las regalan. Las hay de Mazinger Z, Robert De Niro en “Taxi Driver”, Patán (el perro de Pierre Nodoyuna), “La Naranja Mecánica”, Bruce Lee, Frankenstein, Harry el Sucio, “Reservoir Dogs”, Jack Skellington, la Mirinda, “Leon. El profesional”, El Comecocos, Sloth, el logotipo de Superman o The Rolling Stones. Tampoco me disgusta meterme en Books Center, una librería de Luchana donde disponen de un sótano bien iluminado y lleno de saldos que ya no se encuentran en otra parte. He llegado a comprar cinco libros descatalogados por once euros. Bajar allí me acelera el pulso, como me ocurría de niño cuando me permitían bajar al sótano de La Ibense (en Zamora), donde almacenaban todos los juguetes que no cabían arriba. Disfruto en los conciertos y en los teatros. En los pubs, aunque los frecuento poco, y en las cervecerías de la Plaza de Santa Ana. Si no fuera por todo esto, la vida sería muy distinta.

Portadas exquisitas


The Disappointment Artist, libro de ensayos de Jonathan Lethem. No traducido en España.

Chigurh ya tiene rostro



Por fin aparece la primera foto de No Country for Old Men, la adaptación que están rodando los Coen Brothers del libro de Cormac McCarthy, traducido como No es país para viejos. Se trata del asesino Anton Chigurh, interpretado por Javier Bardem. En el libro daba un poco de miedo; aquí, todavía más.

domingo, enero 14, 2007

Citas. 23



Es una vida muy penosa enfrentarse todos los días con una hoja en blanco, rebuscar entre las nubes y traer algo aquí abajo.

Truman Capote a Lawrence Grobel, Conversaciones íntimas con Truman Capote

El mate (La Opinión)

Cierta tarde, en una visita a la casa de uno de mis amigos de Zamora, mientras me sentaba en el sofá, mi anfitrión desapareció en la cocina para regresar, minutos después, con un pequeño recipiente en forma de pera, como si hubiera vaciado el interior de una de estas frutas. Del recipiente surgía un canuto plateado. Sorbió del mismo y luego me ofreció la bebida. Lo sostuve entre las manos y bebí. El sabor de la infusión no era muy distinto del que uno extrae del palo de regaliz, sólo que más amargo. Se llamaba mate y lo había comprado en un reciente viaje por Argentina. Yo lo conocía de oídas: por dos o tres pasajes de la literatura y por las películas. Pero nunca lo había tomado. Me gustó y pronto comprobé que el sabor era adictivo. En Madrid he estado buscando ese recipiente y ese canuto (luego hablaremos de sus correspondientes nombres), sin éxito. Me proporcionaron la idea las bolsas de mate que venden en el supermercado que hay al lado de casa.
Estas navidades, por fin, me regalaron el equipo completo, por así decirlo, y he ido aprendiendo la terminología. Yerba mate es el nombre de la hierba empleada en las infusiones, que proviene de un árbol llamado “Ilex paraguariensis”; la mascaban los guaraníes, esos indios que salen en “La Misión”, y durante un tiempo estuvo prohibida por los jesuitas, quienes creían que su ingesta continua constituía un vicio y que la había inventado un demonio (pero luego ellos mismos la cultivaron). Mate es el recipiente, o sea una pequeña calabaza ahuecada, con bordes metálicos, y en la que se introducen las hojas (es el más común, pero existen otros tipos: de metal, de madera, de loza, etcétera). Bombilla es el tubo que se emplea para absorber el líquido; su parte inferior consta de diminutos agujeros que evitan el filtrado de las hojas. Curar el mate consiste en llenar la calabaza con hierba y agua caliente, dejarla reposar al menos un día y luego lavarla bien. Cebar es preparar la bebida. Y cebador es el tipo que se dedica a hacer el mate antes de pasarlo a sus invitados. Es decir, la teoría la he aprendido. Otra cosa es la práctica. Me he leído varios manuales de instrucciones para tomar mate y, de momento, sólo he tenido éxito en la curación de la calabaza. Lo que me vendría bien es ver cómo lo hace un cebador, ya sea mediante un vídeo o en persona. La primera vez, me temo, inflé de hierba el recipiente, y de algún modo se atascaron los agujeritos de la bombilla. Los primeros sorbos fueron buenos. Pero no duró demasiado. En algún momento, quizá moví el tubo, algo que bajo ninguna circunstancia debería hacerse. La segunda vez fue un desastre por completo. Olvidé uno de los puntos esenciales para cebar un mate: tras verter la hierba despedazada en el cuenco, se debe colocar la palma de la mano en el agujero del mismo y volcarlo, de modo que las partículas más finas se adhieran a la parte superior y no obstruyan el filtro de la bombilla. Si en el primer intento eché demasiado mate, en el segundo me quedé corto. Sólo me supo a agua caliente. Lo cierto es que no es tan fácil como parece: deben seguirse otras instrucciones que no voy a anotar aquí, para no hastiarles con el tema.
Supongo que a la tercera va la vencida. Si no lo consigo, y no aprendo a cebar para cuando vengan huéspedes a casa y quiera ofrecerles un par de rondas, en mi próximo viaje a Zamora recurriré a una de mis amigas: su madre es argentina y, por tanto, su familia sabe preparar mate. Alrededor del mate ha surgido todo un bagaje literario: leyendas, poemas, artículos, historias. Contiene propiedades medicinales y los guaraníes lo tomaban como alimento, tónico y estimulante.

sábado, enero 13, 2007

Libro: Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo


Esta es la portada del libro del que hablo en el artículo de abajo. También está relacionado con las fotos del árbol lleno de zapatos que colgué en otro post.

Se trata de un libro que no entusiasmará a todos, salvo a quienes no les importe la experimentación literaria. A mí me gustó, y lo mejor de todo es que la mayoría de las historias no se me quitan de la cabeza.

Proyecto Nocilla (La Opinión)

Acabo de leer uno de los libros más extraños que circulan por las librerías. Lo que más me alegra es que lo ha escrito un español, quien rompe con la (en muchas ocasiones) apolillada novela española. Lo ha escrito como si obedeciera a un arrebato, como si estuviéramos viendo una especie de película que a la vez es un documental, o como si hiciéramos zapping ante el televisor, o como si navegáramos por internet y pudiésemos saltar de una cita a un cuento y de ahí a un párrafo de un artículo y luego a una historia verídica. Pero ese arrebato está medido, estructurado con precisión matemática, igual que el experimento de un científico. La novela, si es que se puede ceñir a algún género, se titula “Nocilla Dream” y su autor es el gallego Agustín Fernández Mallo, poeta y físico y narrador vanguardista. No suelo fiarme de los suplementos literarios, demasiado bendecidos por los intereses, pero en esta ocasión lo hice: en El Cultural del diario El Mundo eligieron este libro como uno de los mejores del año. Por si fuera poco, al final, en la página pertinente de agradecimientos, Mallo incluye a personas con las que mantengo amistad (los zamoranos Máximo Hernández y Tomás Sánchez Santiago) y con las que en alguna ocasión me he cruzado, sea en persona o por correo (Pablo García Casado, Sergio Gaspar, Román Piña, Rafael Reig y Juan Bonilla), nómina de nombres que para mí avalan de sobra el del autor, aunque esto se descubre sólo al concluir la lectura del libro.
Me resultará difícil explicar qué es exactamente “Nocilla Dream”. Primero debo apuntar que, según Agustín Fernández, es la primera parte de una trilogía, a la que seguirán “Nocilla Experience” y “Nocilla Lab”, englobadas las tres bajo el título común de “Proyecto Nocilla”. El título proviene, en parte, de la canción de Siniestro Total, “Nocilla, ¡qué merendilla!”. A mí juicio, dicho título sugiere dos aspectos: mezclar un producto básico de nuestra infancia con una palabra en inglés para así resumir lo que el libro pretende (historias que transcurren, en su mayoría, en Nevada, pero escritas por un español); y definir el carácter onírico de esta “docuficción” imposible donde se cruzan referencias, países, cuentos y personajes. Hay un puñado de escritores jóvenes que no tienen miedo al riesgo, y que despliegan en sus libros las referencias que acumularon en su niñez, un conglomerado de cultura pop, un universo en el que cabe la influencia del cómic y de internet y en el que las páginas se nutren de citas literarias, musicales, televisivas y cinematográficas. Se me ocurren, por ejemplo, Michael Chabon, Javier Calvo, David Foster Wallace, Rodrigo Fresán, Sam Lipsyte, Dave Eggers o el propio Mallo, por citar unos cuantos. Me atrevería a decir que leerlos es una experiencia no muy distinta de ver una película de Quentin Tarantino o de Wes Anderson.
“Nocilla Dream” parte de la existencia de un solitario árbol, en el arcén de una carretera de Nevada, del que cuelgan numerosos pares de zapatos. Quien no se lo crea, que entre en mi bitácora, donde he incluido tres fotos. Alrededor de ese hilo conductor se entrelazan las historias: unas son reales y terminan convertidas en ficción; otras son ficción y convergen con las reales. Personajes que se cruzan o que existieron realmente, como Margaret Marley Modlin, pintora que vivió sus últimos años en Madrid, y múltiples citas y referencias: Michael Landon, Borges, El coche fantástico, los Sugus, “París, Texas”, Spiderman, Siniestro Total… Un disfrute absoluto en el que perdura el dominio narrativo del autor. Sólo me sobraron las citas y explicaciones científicas: pero eso es porque se trata de un lenguaje que ya no entiendo.

John Fante: La vida narrada con talento


POR ALESSANDRO BARICCO:
La novela Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) está montada sobre tres historias. Primera: un muchacho de veinte años sueña con ser escritor y, en efecto, lo logra. Segunda: un muchacho de veinte años, católico, intenta vivir pese al hecho de ser católico. Tercera: un muchacho de veinte años ítaloamericano se enamora de una joven hispanoamericana y quiere casarse con ella. Todo esto situado en California. Imagínense que amalgaman las tres historias, que hacen que confluyan los tres muchachos de veinte años (el escritor, el católico, el ítaloamericano enamorado) en uno solo, y lo que obtienen se llama Arturo Bandini. Agítenlo y obtendrán Pregúntale al polvo. Admitiendo, claro está, que ustedes posean un talento bestial. No sé si John Fante lo habrá hecho conscientemente, pero de hecho, él eligió para esas tres historias una andadura sorprendentemente geométrica: la historia del escritor termina bien, la historia del católico no concluye, se queda bloqueada en sí misma, y la historia del enamorado termina mal, por lo que el libro crece siguiendo el armónico estrabismo de un personaje que gana y pierde en equilibrio simultáneo. Si, a pesar de esto, al lector le queda la percepción de un libro profundamente doloroso y adolorido, es por la manera en que Fante, más o menos conscientemente, distribuyó las tres historias en el tejido del libro. [Continuar la lectura]

viernes, enero 12, 2007

Vinalia Trippers: Cuando las ratas no abandonan el barco


Por Ana Portolés (publicado en le cool):
Corrían los primeros 90 y el fenómeno fanzine andaba en pleno apogeo. Chicos y chicas de diferentes edades y desde diferentes puntos de España (entre ellos los barceloneses Hernán Migoya, Rubén Lardín o Julián Sánchez) enviaban sus trabajos a los P.O. Box de sus publicaciones preferidas para lograr ver sus escritos o dibujos junto al de otros autores noveles de inquietudes afines. Algunos crearon, sin proponérselo, una auténtica comunidad que poco tiempo después daría sus frutos… En 1995, el poeta leonés Vicente Muñoz Álvarez y sus secuaces de por entonces decidieron armarse de valor y crear la editorial Vinalia Trippers, cuyo fanzine homónimo de cuentos breves celebra estos días su 10º aniversario. Con este motivo, se publica un libro, Tripulantes, que recoge 50 relatos de 50 de sus colaboradores y un DVD documental, envuelto para regalo por la portada del genial Miguel Ángel Martín, ilustrador abanderado de Vinalia desde sus inicios. [Seguir leyendo; incluye una entrevista con Julián Sánchez, autor que participa en Tripulantes y de quien leí, hace tiempo, su libro A pesar de todo la cerveza no enmudece. En la foto, mis colegas Vicente y David]

Shoe Tree, Nevada


Estas tres fotografías son de un árbol de Nevada (un álamo, al parecer el único que hay por la zona) del que cuelgan, como en Big Fish, un montón de pares de botas, zapatos y zapatillas. Es el árbol del que parten las historias reales e inventadas y los documentos recogidos en Nocilla Dream, uno de los libros más raros que he leído en los últimos tiempos, y del que os hablaré este fin de semana en un artículo. Su autor es español y se llama Agustín Fernández Mallo. Se pueden ver más fotos del álamo, desde otros ángulos, tecleando en Google Images lo siguiente: "Shoe Tree Nevada".

Ya no se ríe (La Opinión)

George W. Bush reconoce que ha habido errores en Irak y que toda la responsabilidad es suya. En los últimos tiempos me había fijado en las expresiones de su rostro cuando salía a hablar frente a la alcachofa y para las cámaras de televisión: dijera lo que dijese, siempre soltaba una sonrisilla de lobo feroz. Las comisuras de un lado de la boca parecía que se le rizasen. Quizá estaba anunciando que su país había perdido tantos o cuantos hombres en Irak, y antes de retirarse sonreía entre medias, como sonríe el chiquillo a quien, en clase, el maestro acaba de pescar haciendo una gamberrada. Es la sonrisa del que, sabiéndose culpable, no puede evitar la carcajada, aunque al final se disipe y todo quede en eso, en una simple sonrisa de granuja. En las últimas declaraciones de Bush, diciendo que la cosa está que arde, peor que nunca, y que la situación es insostenible para los americanos, y que ha habido errores y que los asume, ya no hay esbozo de sonrisa. Quizá sea consciente, al fin, de que una guerra es una cosa muy seria y los soldados no son de juguete, sino de carne y hueso.
Todas esas sonrisas del presidente las han parodiado con acierto en la sección de Noche Hache titulada “Versión original”. A Bush suelen sacarlo con ese careto de canalla tonto, con la sonrisa a medias, y le ponen subtítulos con frases inventadas y bromas de buen gusto. Hace tiempo que no veo el programa, pero la última vez que me asomé a “Versión original” parodiaban a Franco, en su intento de hablar inglés. A mi juicio, a Franco no le hacen falta ni siquiera subtítulos: ya se parodiaba él solito. Pero con Bush, lo admito, me divertía mucho. Mi mayor carcajada surgió en una de las parodias en las que él sonreía como si fuera un cowboy guaperas y alguien del público le gritaba algo; los del programa lo tradujeron como “¡Te voy a borrar el cero!” Pero, volviendo al principio, Bush ya no se ríe. Alguien le habrá convencido de que ser presidente no es un juego de niños. Me recuerda a ese peliculón titulado “Glengarry Glen Ross”: cuando irrumpe en las oficinas el personaje encarnado por Alec Baldwin (actor demócrata hasta la médula, por cierto), igual que un vendaval que va a obligar a los vendedores de seguros a trabajar a destajo para obtener un premio o, de lo contrario, el despido. Al principio se mofan de él. En cuanto les pone las cosas claras sobre una pizarra, y les anuncia que el ganador se llevará un Cadillac, el segundo en ventas ganará un juego de cuchillos y los demás obtendrán el despido, todos abandonan la sonrisa y la chacota. Y Baldwin dice: “Ya no se ríen, ¿eh?”. Les ha contado la verdad, les ha enseñado la realidad, y ambas duelen, y el dolor apacigua cualquier risa. Le han visto las orejas al lobo. Acaso, por fin, al presidente de Estados Unidos le haya pasado lo mismo. Lo cual no servirá de mucho.
No servirá de mucho porque siempre podrá meter cuchara en otros conflictos, o crearlos, o porque, de momento y según he leído, va a seguir mandando tropas a Irak: más de veintiún mil soldados (o “efectivos”, como dicen ahora en los medios). Últimamente está de moda anunciar una cosa y hacer la contraria: vean el ejemplo de los etarras, que con una mano señalan que hay tregua y con la otra lanzan una bomba. Un senador demócrata ha dicho: “Este es el momento de que Bush afronte la realidad”. El caso es que el tipo ha tardado en afrontarla, o al menos en reconocer los errores. Sin embargo, no seamos ingenuos: eso de los errores no es idea de Bush, sino que le habrán recomendado que lo diga. Ya no es “Me llamo George y soy alcohólico”, sino “Me llamo Presidente de los Estados Unidos y soy genocida”.

jueves, enero 11, 2007

Cómic: Blankets, de Craig Thompson


Me habían dicho que Blankets, la célebre novela gráfica de Craig Thompson, era una maravilla. Ayer, de una sentada (y son 590 páginas), comprobé que era cierto. Thompson, de manera autobiográfica, cuenta su infancia y su adolescencia a través del hilo conductor de las mantas (blankets): la manta por la que luchan él y su hermano, de niños, condenados a dormir en la misma cama; la manta que Raina (la chica de la que se enamora) teje para él; la manta con la que ambos se cubren cuando están juntos, en invierno. Craig crece como un bicho raro: es delgado y silencioso, aborrece los deportes, le encanta dibujar y es educado en la férrea disciplina católica. Reconozco que yo mismo me sentí igual en una época lejana; esa es otra de las razones por las que me ha gustado este cómic.

Blankets es un retrato casi poético del primer amor adolescente. Un amor caracterizado por la nieve de los inviernos, el grunge de los años 90, el mito de la caverna, los recuerdos infantiles, la culpa y el temor a cometer un pecado de la carne (parecido a lo que hace Scorsese en películas como Malas calles). El dibujo siempre está al servicio de la historia, pero no es nada desdeñable: así, por ejemplo, en las viñetas en las que Craig ve a la chica como si fuera un ángel, perfecto y sagrado; o cuando ambos duermen abrazados, envueltos en la manta que ha tejido ella; o en esos paseos sobre la nieve que cruje a su paso o sobre el hielo que se resquebraja.

Presentación de la antología de Buscarini en Madrid


Copio y pego el correo que me ha llegado de los hermanos Marín:

Mañana, viernes 12 de enero a las 19.30 h. en el Ateneo de Madrid (c/ Prado, 21Metro: Línea 1-Antón Martín), se presenta el libro Orgullo. Poesía (in)completa de Armando Buscarini dentro de la Cátedra Antonio Machado. En el acto, que será presentado por Luis Antonio de Villena, se presentará el volumen que reúne la obra poética del bohemio maldito y su epistolario inédito con Cansinos Assens Cartas vivas e intervendrán Rubén y Diego Marín A., responsables de la edición del libro.

Eclipse literario (La Opinión)

Enric González es uno de los más reputados corresponsales del diario El País. Hoy envía sus crónicas desde Roma, pero antes estuvo en Nueva York, entre otras ciudades. De su estancia allí surgió un libro espléndido y emotivo, “Historias de Nueva York”, que se publicó el año pasado y se ha convertido, por azares del buen gusto, en un best-seller. Pero no se trata de uno de esos volúmenes escritos para romper récords de ventas, sino de un librito de apenas ciento cuarenta páginas en el que González nos habla de esa ciudad y sus habitantes y sus lugares emblemáticos y nos transmite los conocimientos investigados y aprendidos. Una de sus virtudes es que puede leerse como amena guía de viaje, o como un cruce intimista de experiencia e historia neoyorquina, o como la huella que una ciudad dejó en un hombre.
Lo compré atraído por el título, la portada y la frase laudatoria de Sergi Pàmies que encabeza la faja de mi ejemplar (cuarta edición): “Podrá recorrer, a través de una mirada escéptica y melancólica, calles, tugurios, rascacielos o antecedentes penales de la historia”. Incluso antes de comenzar la lectura busqué información sobre su autor. Una de las ciudades en las que había vivido como corresponsal del mismo periódico era Londres. En su trayectoria literaria existía, pues, otro libro del mismo estilo: “Historias de Londres”. Quienes antaño lo leyeron no ahorran elogios a su contenido. Me propuse buscarlo, esta vez seducido por la ciudad, que conocí hace poco. Les adelantaré que no he conseguido el libro. De momento. Parece que está agotado o descatalogado. En mis búsquedas hablé con diversos libreros de Madrid. La sombra de “Historias de Nueva York”, que, repito, se está vendiendo muy bien, es tan alargada que incluso pensaron que me equivocaba. La fama de este libro ha eclipsado las virtudes (y la existencia) del anterior. Algo que a ningún escritor le gusta. Entré en una librería: “Hola, me gustaría saber si tienen Historias de Londres”, dije. El hombre respondió: “¿Quién es el autor?”, y yo repuse: “Enric González”. A algunos les bastaba con acudir a la memoria, a otros con comprobar el registro en la base de datos del ordenador. En todos los mostradores me respondían: “Querrá decir Historias de Nueva York”. Y yo: “No, no, quiero decir Historias de Londres. Es del mismo autor, pero el libro es más antiguo”. O: “¿Tienen Historias de Londres?”. “Sí, lo tenemos. Historias de Nueva York: se está vendiendo mucho”. “No, no, perdone. Me refiero al anterior libro de González: Historias de Londres”. Y alguno contestaba: “No, solamente tenemos las Historias de Nueva York”. Dos o tres me miraron como si estuviera loco. Luego consultaban el ordenador y veían que, en efecto, un libro con ese título y ese autor había vivido alguna vez en sus estantes. En otra librería, tras padecer el mismo diálogo y repetir varias veces el título y el apellido, me dijeron que lo pedirían. Tres días después me avisaron: el libro había llegado. Cuando fui a buscarlo, la dependienta me alcanzó un “Historias de Londres” escrito por Doris Lessing. “No”, repuse, agotado, “este no es el que pedí. Dije que era el de Enric González. Se titulan igual, pero no es éste”.
Sólo en un lugar no me han mirado como si me dedicara a inventar títulos: en la Cuesta de Moyano. Pregunté en dos casetas. Los libreros no dudaron: “Se agotó hace tiempo. Es del autor de Historias de Nueva York”. Por fin alguien sabe de qué estamos hablando. Dicen que RBA lo reeditará en primavera. Es un alivio. Y lo será para González, cuyo anterior libro ha sido eclipsado por la existencia este nuevo, y magnífico, título sobre una ciudad que algún día conoceré.

miércoles, enero 10, 2007

Libro: Historias de Nueva York, de Enric González


Inesperado best-seller, Historias de Nueva York es una pequeña delicia para los lectores. Enric González, quien vivió un tiempo en la ciudad del título, ofrece su mirada sobre las luces y las sombras de NY. Mediante breves pero eficaces pinceladas nos habla de lo que allí aprendió, de las historias que le contaron y pudo vivir y de las historias que leyó en los libros o en los periódicos de la hemeroteca: las actividades de la mafia, los restaurantes donde sirven los mejores filetes hechos al fuego, la amistad con tres periodistas españoles que murieron en circunstancias trágicas (Gumucio, Anguita, Ortega), el impacto del 11-S, la ardua tarea de buscar apartamento, los Yankees y los Mets, el alcalde Giuliani, Wall Street, Manhattan y el Bronx, los polis irlandeses, las tabernas, la nieve sobre Central Park, los sótanos y los barrios, los colonos que construyeron la que es hoy capital del mundo y las inevitables referencias culturales (Los Simpson, Woody Allen, The Lost Weekend, Scorsese). Debe leerse si uno venera esa ciudad. Y si no, también.

[Nota: en El Lector Sin Prisas puedes leer ya mi nueva reseña, sobre Últimos tragos, novela de Graham Swift]

Pierden su sentido (y 2) (La Opinión)

Comentaba ayer el perjuicio que los doblajes al castellano causan en algunos guiones. Hablaba del caso particular de “Babel” porque es el último estreno que he visto y del que opino que no se debería haber doblado. Hoy quisiera poner otros ejemplos nuevos (quiero decir que yo no los conocía hasta ahora).
Este sábado me entraron ganas de revisar un clásico. Al final nos decidimos por “Dos hombres y un destino”, extraño título que nada tiene que ver con el original: “Butch Cassidy and The Sundance Kid”, apodos de los protagonistas. Que yo recuerde, siempre la había visto doblada. Y reconozco que el doblaje me gustaba (y me sigue gustando: me parecen muy poderosas las voces que les ponen a Newman y Redford, y forman parte de mi memoria cinéfila). Gracias al dvd pude verla en inglés. Y les aseguro que, en la última parte del metraje, cuando el trío protagonista viaja a Bolivia, las divertidas situaciones que el maestro de guionistas William Goldman escribió para la película se pierden por completo. Hablemos primero de la versión original, y luego de la doblada. En la primera, Cassidy y Kid entran a robar su primer banco boliviano. Al franquear el umbral les sale al paso uno de los banqueros. Les habla en español. Ellos no entienden ni jota, retroceden y se van sin atracar el banco. La novia de Sundance, entonces, les enseña expresiones en español, para que entiendan y se hagan entender en el próximo intento de robo. Cassidy (Newman) trata de aprenderlas, pero Kid (Redford) no se esfuerza demasiado. Pronto veremos una escena divertidísima, que culmina con una ensalada de tiros: unos forajidos bolivianos se apoderan del dinero que Butch y Kid custodiaban en su nuevo trabajo. Sundance, con la mano en la culata del revólver y sin perder ojo a los tipos que va a liquidar, le pide a Cassidy que traduzca sus órdenes: que ese dinero no pertenece a los forajidos, que será mejor que se lo devuelvan, etcétera. Kid no comprende una palabra de español. Butch, sólo un poco. Pero lo más jocoso es escuchar el acento de Newman intentando chapurrear unas frases en español. Todo esto se pierde en el doblaje. Con la película doblada el sentido es otro: en el atraco frustrado, no parece que ambos no comprendan el idioma. En la escena de los forajidos, Kid no le dice a su colega: “Diles que ese dinero no es suyo”, sino “Tenemos que convencerles de que ese dinero no es suyo”, como si entendiera a la perfección cuanto los bolivianos dicen. Newman ya no es el intérprete. Pero aún resultan peores las clases que la novia de Kid les da: les enseña a hablar en francés para que se entiendan con el personal boliviano del banco, lo cual se me antoja el colmo del ridículo.
Pensemos en “Los tres entierros de Melquiades Estrada”, estupenda película de Tommy Lee Jones delante y detrás de la cámara: su personaje está tan asentado en la frontera que habla más español que inglés. O en “Pulp Fiction”: en la versión original, María de Medeiros enseña a Bruce Willis un poco de castellano, pero en el doblaje lo cambian y ella le da clases de portugués. Y ya no digo nada de otras películas por las que deambulan hispanos: “Traffic”, “Crash”, “The Mexican” o “Once upon a time in Mexico” pierden su sentido primigenio al ser dobladas. Más grave me parece este hecho: que nos estemos perdiendo la influencia de lo español en países como Estados Unidos, influencia que nos demuestran a través del cine. Con las novelas americanas ocurre algo parecido, lo cual los traductores subsanan de manera correcta y efectiva cuando ponen un asterisco que aclara: “En español en el original”. En las películas dobladas todo dios se entiende y habla el mismo idioma.

martes, enero 09, 2007

The Ruins


Scott Simith escribió una vibrante (y muy recomendable) novela titulada Un plan sencillo. Partiendo de ella, Sam Raimi construyó una de sus mejores películas, con Bill Paxton y Billy Bob Thorton. Años después publica nuevo libro: The Ruins. Recomiendo visitar su página web. Y leer el argumento y las críticas favorables que ha cosechado la novela. Acabo de leer que, en España, no tardará en publicarla Ediciones B. Copio y pego (de El periódico mediterráneo):

De pesadilla es asimismo la nueva propuesta de Scott Smith, cuya aclamada ópera prima, Un plan sencillo, llegó al cine bajo la dirección de Sam Raimi. Ahora, en Las ruinas (Ediciones B), aterroriza al personal con un ejercicio de exterminio del que son víctimas unos jóvenes durante un trekking por la jungla mexicana. "Un grito de horror equivalente al que en su día causó Tiburón", como resume el maestro Stephen King.

Lo nuevo de Dave Eggers


Hace meses recomendé en este blog la novela Una historia conmovedora, asombrosa y genial, la cual me costó mucho encontrar, ya que ha desaparecido de las librerías (salvo en algunas de viejo). Su autor, Dave Eggers, es el impulsor de la revista y editorial McSweeney's (ver el enlace a la derecha). Mondadori publicó luego Ahora sabréis lo que es correr y el libro de cuentos Guardianes de la intimidad, pero aún no los he leído. En el mismo lote podemos meter Lo mejor de McSweeney's, vol. 1 y vol. 2.
Pues bien: hoy en El País hablan de su nuevo libro, que será publicado por Mondadori. Copio un extracto:
En efecto, la crítica norteamericana acaba de rendirse ante su nueva novela, What is the what. The autobiography of Valentino Achak Deng: a novel. La historia narrada por Eggers está basada en el relato autobiográfico de un sudanés que, a lo largo de los años, le había ido contando su historia al escritor. Y éste ha reconvertido esos materiales en una novela extensa que, a lo largo de sus 475 páginas, yendo y viniendo en el tiempo, cuenta la historia de Achak, una de las tantísimas víctimas de las guerras civiles africanas y de las formas modernas de la crueldad humana.
Achak huyó de Sudán tras la matanza ocurrida en su aldea en la segunda guerra civil de su país, la que comenzó mediados los ochenta. Junto con otros niños realizó una increíble expedición a pie hasta Etiopía y luego sobrevivió varios años en campamentos de refugiados allí y en Kenia. Mientras muchos de sus compañeros caían víctimas de enfermedades, cansancio inhumano, ataques de leones, Achak y los demás sobrevivían gracias a la "fraternidad del sufrimiento compartido", como ha dicho un crítico al ocuparse del libro, y a la capacidad de, en medio de tantísimo dolor y sufrimiento, mantener vivo el sueño de un paraíso cercano: "Cuando llegue, allí habrá una radio bajo cada árbol. Leche y huevos, carne en abundancia, y un agua tan fresca que antes de beberla habrá que esperar un ratito".
El primer y ya extraordinario libro de Dave Eggers pasó por este país sin casi una triste reseña, perdido en la inmensidad del catálogo de no ficción de la editorial Planeta, pero ahora este autor ha encontrado un sagaz editor español, Claudio López de Lamadrid, que le publica en Mondadori.
En aquel relato (torpemente traducido como
Una historia conmovedora, asombrosa y genial), brillante y conmovedor a un tiempo, Eggers ya hablaba de la adolescencia castigada por la tragedia, aunque en aquella ocasión la historia que trataba era su propia autobiografía, la de un joven que, tras la muerte sucesiva y rápida de sus padres, tiene que hacerse cargo de un hermano de ocho años. (Foto de Associated Press. Lectura completa:
aquí)

Pierden su sentido (1) (La Opinión)

Pese a que uno de mis amigos estudia en una escuela de doblaje, sigo opinando que ciertas películas no deberían doblarse jamás. Ni al castellano ni a ningún otro idioma. No sólo porque nos oculten así el trabajo de entonación de los actores (y el acento que muchos de ellos se trabajan durante meses), sino porque la mitad de los guiones pierden su sentido. Es el caso particular de las producciones norteamericanas. En ellas, todos los personajes chapurrean siempre un poco de español porque lo hispano está de moda en los Estados Unidos y porque la presencia de hispanohablantes allí es cada vez más poderosa. Del mismo modo que nosotros conocemos expresiones anglosajonas y a menudo empleamos ciertas palabras en nuestra jerga diaria, los norteamericanos (al menos los que reflejan en el cine) utilizan palabras y expresiones en español. Cuando en un filme aparecen un norteamericano y un tipo de procedencia hispana hablan de esta manera: el hispano trata de hablar inglés, pero cuando no sabe traducir una frase la dice en español y el gringo le entiende. El gringo, a su vez, trata de hablar en español. De ahí surge el entendimiento.
Muy grave me ha parecido que doblen la extraordinaria “Babel”. La vi en versión original subtitulada en castellano. Los idiomas que se manejan en la película son: inglés, español, árabe, japonés, además de algunas frases sueltas en francés y en berebere, amén del lenguaje de signos que emplea la chica japonesa y sordomuda. Una de las intenciones de la película (de ahí su título) es mostrarnos cómo funciona el mundo globalizado, donde el manejo de otros idiomas es imprescindible para la supervivencia, ya que no para el entendimiento (entre los seres humanos no siempre hay comprensión, aunque hablemos el mismo idioma). Así, cuando la aya mexicana se dirige a los niños rubios y americanos suele hacerlo en español. Ellos la entienden, pero responden en inglés. Se nos demuestra, entonces, que la niñera les ha enseñado a hablar esta lengua y que los críos la comprenden, pero no renuncian a su lengua natal. A veces ella les habla en inglés. De ese modo, aprendemos la importancia de ser bilingüe en zonas tan empapadas de razas, culturas e idiomas como lo son algunas comunidades de Estados Unidos. Sigamos con “Babel”; cuando el turista norteamericano trata de pedir ayuda y hacerse entender ante el guía marroquí que le lleva hasta su aldea, ambos despliegan su dominio de las lenguas: el guía emplea el inglés y el árabe; el turista utiliza el inglés, lógicamente, y farfulla sólo alguna palabra en árabe. A mi juicio, esto es una crítica hacia los americanos, conscientes de que, allá donde van, todo el mundo debe hablar su idioma. El director y el guionista vienen a decirnos que el yanqui tiene la fea costumbre de hablar en su idioma en su casa y en la de los demás. Pero también comprendemos, en esta escena, que el guía ha aprendido inglés porque es una de sus herramientas de trabajo y subsistencia. Otro ejemplo lo tendríamos en la secuencia de la frontera entre México y Estados Unidos, cuando varios de los protagonistas quieren pasar al otro lado y el conductor maneja alternativamente el español y el inglés.
Cuando salí de ver la película lo primero que pensé fue: “¿Cómo la habrán doblado al castellano? ¿Y qué habrán doblado cuando no se debería doblar nada para que el filme no pierda sentido?” Pregunté a quienes la han visto en español y, al parecer, la han doblado al completo. Ya no hay un lío de lenguas y problemas de entendimiento. Según me cuentan, se borran de un plumazo los esfuerzos del americano para que le entiendan en la aldea. Por ejemplo.

lunes, enero 08, 2007

Citas. 22



Estimados y queridos lectores, ahora les voy a explicar cuál es la maldición de mi oficio. Cuando uno se dedica a la comicidad la gente espera que uno siempre esté dispuesto a la chacota.
Groucho Marx, El abc de Groucho Marx

Los retos de los pequeños editores


El sábado aparecía en Babelia un reportaje sobre algunos de los pequeños editores de este país. Ya saben: aquellos que nos están haciendo muy felices a los lectores de verdad. Bartleby, Funambulista, Libros del Asteroide, La poesía, señor hidalgo, Nórdica, etc. No están todas las que son, pero ya es un comienzo. Quiero decir que cada vez se les presta más atención. En la foto de al lado, unos cuantos editores posan en La Central, una librería a poca distancia de mi casa y en la que suelo abastecerme de vez en cuando. Conozco, además, a algunos de los que aparecen, aunque sólo sea mediante la correspondencia electrónica: Enrique Redel, Pepo Paz, Luis Miguel Solano. Repito que faltan unos cuantos, pero por algo se empieza. El reportaje completo, aquí.

Tardanzas y extravíos (La Opinión)

En ocasiones pido los libros difíciles de encontrar mediante el correo contrarrembolso. Unos meses atrás, aguardando uno de esos pedidos, le pregunté al editor (mediante el correo electrónico) por las razones para la tardanza del pedido. Me lo había servido de inmediato y la provincia desde donde se remitía el paquete era la misma que esta donde vivo. Quise saber si alguna incidencia pudo haber impedido que no llegara a su destino. Me respondió con rapidez: lo había enviado a los pocos días de solicitarle los dos libros. Hizo el seguimiento correspondiente y el resultado del número de referencia le llevó tras la pista: el paquete permanecía estancado en una dirección de Correos del distrito de Embajadores, muy cerca de donde vivo, y donde se ubica el edificio al que me toca ir a recoger o enviar paquetes. Los libros debían estar criando polvo en un estante de la oficina. Le pedí que me dijera el número de referencia y me presenté en la sucursal, con mi carnet de identidad y el susodicho número.
Me atendió el menos hábil: tras el mostrador había un tipo con la mirada del pez. Es esta una expresión que utiliza un amigo mío para referirse a las personas que se duermen en su puesto, o que no comprenden muy bien cuanto les dice uno. Esas personas que, tras fatigarse uno dándoles explicaciones y acudiendo a requerimientos, al rato le responden: “¿Cómo dice? Esto… ¿pero qué es lo que quiere?” O sea, un poco a la manera de Rantanplan, el perro que aparece en las aventuras de Lucky Luke. Tardé un rato en que el hombre comprendiera, e incluso la mujer del puesto de al lado acudió a resolver la situación y hacerle entender lo que yo buscaba: un pedido extraviado, un paquete que no había llegado a su destino o, por alguna misteriosa razón, había sido devuelto. Me lo dieron, pagué la cantidad acordada y luego le escribí un correo al editor. Me dijo que no volvería a fiarse de Correos. El caso es que, midiendo la tardanza, un par de días antes me olí lo que ocurría. El timbre del portal funciona cuando le da la gana, a pesar de los sucesivos intentos de reparación de los técnicos que han venido a tratar de arreglarlo. Todo depende de cómo apriete uno el botón: según parece, si se pulsa con fuerza termina sonando. El edificio no está vacío por las mañanas. Y, aunque lo estuviera, no es óbice para estas tardanzas e irresponsabilidades: se me ocurre que el cartero podría deslizar un aviso por debajo de la puerta del portal, o volver a intentar la entrega de los paquetes y cartas. Porque no ha sido sólo un envío fallido, sino muchos. Algunos editores, libreros y amigos me han enviado sus libros. El resultado difiere: unos paquetes tardan meses en aparecer en mi buzón; otros no aparecen nunca y nadie conoce su paradero; el resto es devuelto al remitente.
Todas las semanas alguien me cuenta que hace siglos que me envió tal o cual libro, o que le han devuelto el paquete. Una de esas personas, cuando le notifiqué que había recibido su libro, incluso me dijo que tenía la sensación de habérmelo enviado años atrás. Hay pedidos, me consta, de los que ni el editor ni yo sabemos nada. Estarán extraviados en algún limbo, como los mensajes de móvil que no llegan y los e-mails que se pierden en algún pasadizo de los laberintos de la red. En cualquier caso, el servicio que a mí me atiende es deficiente. Unos paquetes llegan, otros no. Eso es lo que me escama. Que, si me han llegado algunos avisos, ¿por qué otros no? No trato de acusar a Correos, sino a los carteros de mi barrio. Lo digo para que no me lluevan cartas de lectores que malinterpretan las cosas, argumentando que me meto con todos los carteros del mundo. Y no es eso. Sólo comento que esta sucursal falla.

domingo, enero 07, 2007

Alex_Lootz en femenino


Me ha llegado este correo sobre la revista literaria alex_lootz. Copio y pego:

Es imposible adivinar con que nos puede sorprender el futuro. Por eso no podíamos sospechar, cuando preparábamos este nuevo número (y ya llevamos seis), que nos fuera a quedar tan femenino.
Dos mujeres, Susana Guzner y Núria Casadó, nos brindan dos historias de mujeres. Apasionadas, independientes, con personalidad. Una y divisa. Y Blanco.
Paloma Benavente nos descubre nuevas aventuras de la fascinante África. Un cumpleaños solitario.
Eduardo Nabal nos ofrece un análisis de la obra de Zoe Valdés y Reinaldo Arenas (muy mujer también él), en la que Cuba, tan adorada como maltratada, se refleja en sí misma.
Y en la nueva sección de reseñas que se inaugura en este número Carolina Meloni nos habla de Judith Butler y Monique Wittig, dos de las teóricas más importantes del feminismo contemporáneo.
Quizás por ello, aunque desconociéndolo, cuando le pedimos a Carlos Terribili una ilustración, nos regalo esas dos mujeres, espléndidamente desnudas, que podéis admirar en la portada.
Seguro que si hubiésemos intentado hacer un número especial sobre feminismo, jamás hubiéramos logrado una representación tan jugosa. O quizás si, quién sabe. Lo único cierto es que, sin quererlo hemos juntado a estas mujeres en un mismo espacio.
Pero no solo de mujeres vive la literatura. Este es un número de poetas hombres. José Miguel Vásquez, Mario Canal, Tiago Gomes y Alexis Castro Peñalva nos brindan algunos de sus versos. Además incluimos reseñas acerca de los últimos libros de Walter Moers y de Diego Medrano, así como de la reedición de los diarios de Jaime Gil de Biedma.
Y siempre Alex Lootz.

Nuestra revista se va haciendo cada día más grande, plural y emocionante. Siempre nos falta espacio para los textos que nos gustaría publicar, aunque también es cierto que nos faltan muchas autores a los que nos gustaría ceder nuestro espacio. Ese es nuestro reto; que tú que lees esto te animes a construir esta revista con nosotros.

Influjo musical (La Opinión)

Me gusta leer la prensa y escribir mis textos diarios con música de fondo. Para leer libros opto por una de estas dos situaciones: escuchar discos de bandas sonoras instrumentales (lo que se conoce como “scores”) o ponerme los tapones en los oídos si hay demasiado ruido en la calle. Leer en silencio y sin tapones es poco menos que imposible, excepto si uno se va a alguna orilla solitaria del paraje sanabrés y sólo oye el rumor de las aguas. El estado de ánimo de las personas se ve a menudo influido por la música que suena. Hagan la prueba: el hilo musical que imita a los grandes éxitos y que ponen en algunos restaurantes y grandes superficies acaba por sacarnos de quicio, al igual que los villancicos que suenan a todo trapo en ciertos comercios. No son pocas las mañanas en que tardo en encontrar la música que se ajuste al ritmo de este o aquel texto que estoy escribiendo. Si me dedico al cuento, huiré siempre de las canciones, porque el relato necesita un tipo de concentración que roza lo monacal. Con los artículos y las entradas de mi blog puedo permitirme escuchar (pero sólo a veces) algunas canciones con letra, dependiendo de la concentración que me permitan los temas elegidos. Si la música que acompaña a la redacción del artículo contiene brío o es pegadiza, notaré más soltura, escribiré más deprisa. A la hora de corregir cualquier texto prefiero el silencio absoluto. Porque una cosa es crear y, otra, pulir la obra.
Dicen que la música amansa a las fieras. Pero también las agita. Depende del tema. Lo sé de sobra. Durante mi lejana época de pinchadiscos en aquel pub que tuvieron mis padres hubo algunos momentos en que me sentí como un diminuto dios que manejara las emociones del personal. Pinchaba discos de vinilo, en su mayoría, pero también alternaba con cintas de casete y, más tarde, con discos compactos de un reproductor que me regaló una de mis tías. De tal manera que conjugué lo viejo y lo nuevo en los altavoces: la aguja rasgando el surco del vinilo, la cinta que a veces se atascaba un poco y el lector digital sacando el jugo de la perfección. Cuando la gente iba muy cargada de copas, medio mamada ya tras su incursión por los bares de Los Herreros, si colocaba un par de canciones de las denominadas “muy cañeras” (léase el “God Save The Queen” de The Sex Pistols, o el “Zu Atrapatu Arte” de Kortatu, o el “Break On Through” de The Doors), no era raro que proliferasen los empujones entre los bailarines ebrios y, al final del tema, las peleas entre unos cuantos de ellos. Incluso entre colegas. Si la acción se desmandaba y empezaban a volar los puñetazos, era necesario meter apresuradamente una canción de las llamadas “de buen rollo”. En este caso, siempre apaciguaban los ánimos el “The End” de The Doors y el “Give Peace A Chance” de John Lennon. No sé si esto lo he contado alguna vez. Pero conviene recordarlo. Es el poder que tiene la música.
Para muchas personas ese poder pasa desapercibido. Pero su influjo se percibe en los comercios, en las galerías, en los bares y restaurantes, en los pubs y discotecas, incluso en el ruido de fondo de la televisión cuando uno la tiene encendida y la escucha mientras se dedica a otras tareas, pero no la mira. En un garito con música suave de jazz o de soul es raro que abunden las reyertas: el personal suele permanecer en un estado a medio camino entre el sopor y la serenidad. En estas fiestas que acaban ha habido, como es costumbre, esos señuelos para agitar al consumidor y convertirnos en máquinas de ver, comprar y correr: la iluminación navideña y el ruido, ya sea en forma de villancicos, hilo musical u ofertas por los altavoces.

sábado, enero 06, 2007

Fresán y Truffaut


Álvaro Matus entrevistó a Rodrigo Fresán (en la foto) para el diario El Mercurio. Dice Fresán que lo suyo no es crítica: Es decir, no me siento un crítico literario. Me siento más bien como un predicador de la Buena Nueva. Un evangelizador. Y hay muy poco espacio en los suplementos. Por lo que he robado para mi escudo de armas una frase de François Truffaut que es la que me mueve y me conmueve: "Hablemos solamente de las cosas que nos gustan". Suscribo lo dicho por Truffaut y Fresán. Por eso no suelen aparecer aquí los libros, los tebeos y las películas que me desagradan. Seguir leyendo la entrevista: aquí.

Esto no es una postal (La Opinión)

En la calle, a un paso de entrar en la tienda, el perfume que despide la frutería embriaga con su idioma de efluvios dulces y naturales. Tras el mostrador, como es habitual, un comerciante hindú que saluda cuando uno entra y cuando uno se va. Aquí los productos suelen ser extraordinarios de sabor y baratos de precio, contradiciendo esa máxima que dice que lo bueno siempre es caro. Las frutas y las verduras están frescas, salvo algún cajón cuyas piezas no se han vendido y empiezan a madurar con urgencia y a atraer a algún insecto solitario, moribundo y superviviente de estas temperaturas. Los ojos se pierden en el exotismo a la vez asiático y a la vez caribeño del muestrario de las cajas, y tras la mirada van las manos. Para las manos hay un expendedor de guantes de celofán. Sólo los utilizamos algunos. Con el guante puesto me siento libre para presionar levemente con el dedo índice en el lomo de una pera, o de un mango, o de un caqui, para averiguar cuál es su punto de madurez. Aquí los productos parecen (y son) menos artificiales que en los supermercados. Se olfatea la tierra en las lechugas y en las cebollas, y todo tiene una atmósfera colorista de mercado de abasto. Es conveniente comprar en estos sitios. Aún no han sido contaminados por ese control aséptico que convierte a un tomate de huerta en un tomate de laboratorio con aspecto de juguete de plástico. Al menos, si tengo que elegir, prefiero esta clase de tiendas.
Por el local merodean varios clientes. Se mezclan las razas y las lenguas. Cuando invadimos con bolsas el estrecho mostrador, que contiene una balanza y una caja registradora, entra un hombre y luego otro. El primero usa gabán, gorro de lana y muletas. Gasta una barbita puntiaguda y un surtido estremecedor de arrugas que se reparten en torno a las comisuras de los ojos y en las mejillas. Podríamos aventurar que es uno de esos individuos a quienes la vida ha desgastado ya, aunque ni se acerca a los años en que uno empieza a envejecer de verdad. Su indumentaria, su rostro moreno y la perilla en punta hacen pensar en uno de esos comerciantes avaros de “El ladrón de Bagdad”. Sin embargo, cuando empieza a hablar, se intuyen dos cosas: probablemente es blanco; probablemente está desgastado por el yugo del alcoholismo. El segundo hombre es más atlético, fornido, ágil, y no tiene nada que ver con el primero. Es un negro, o un africano (como prefieran). No tiene síntomas de envejecimiento prematuro, ni de sometimiento a la bebida. Sólo es un tipo que, como yo, va a hacer la compra. A mi espalda se ha situado el de las muletas, y dado que el segundo hombre pasa cerca de él, le dice: “Hermano, ¿puedes ayudarme?” Y le tiende dos tomates pequeños y rojos. El negro responde que sí, por supuesto, y los coloca en el mostrador.
Una mano sana y de piel muy negra depositando, con suavidad, dos tomates muy rojos en la madera del mostrador es una imagen que se me antoja casi poética. Confluyen en ella la mezcla sabia de colores que imprime la naturaleza, la necesidad de alimento, la ayuda del prójimo, la mixtura de razas. Porque el hombre de las muletas no puede gobernar su cuerpo como quisiera, y le ha pedido ayuda para el traslado. El de las muletas se acerca, por fin, al mostrador, y deja junto a los tomates una cebolla rojiza y pequeña. “Gracias, hermano”, dice. El otro responde amable a la gratitud, pregunta al hindú si tiene tal producto y, como no le queda, se va. El de las muletas sólo se lleva los dos tomates y la cebolla. Esto no es una postal de Benetton, sino la cruda realidad. Y la realidad también exige que los hombres, a veces, se ayuden entre ellos. Me estremece la secuencia, y por eso quise contársela a ustedes.

viernes, enero 05, 2007

Babel


Austeridad marroquí. Turismo occidental. Compadreo mexicano. Autoritarismo norteamericano. Silencio japonés. Tres continentes. Varios idiomas. Árabe. Inglés. Español. Japonés. Lenguaje de signos. Fronteras. Accidentes. Dolor. Pérdidas. Desiertos. Aldeas. Rascacielos. Discotecas. Incomunicación. Matrimonios agonizantes. Bodas. Padres e hijos. Pobreza. Modernidad. Tecnología. Miedo. Psicosis post 11-S. Medidas de seguridad. Montaje exquisito. Guión impecable. Intérpretes sólidos. Dirección firme. Arriaga. Iñárritu. Santaolalla. Pitt. Blanchett. García Bernal. Barraza. Yakusho. Kikuchi. Tarchani. Fanning. Peña. Collins jr. Actos y consecuencias. Un rifle. La película que representa el momento en el que vivimos. Imprescindible.

La Peseta (La Opinión)

Durante varias fechas señaladas, como la Navidad o los Carnavales, si existe un local en Zamora que siempre tiene colas ante el mostrador sin duda es La Peseta. Cinco años después de habernos cambiado al euro, este establecimiento dedicado a la venta de máscaras, caretas, pelucas, serpentinas, sombreros, disfraces, juguetes, petardos, barbas postizas, bolsas de cotillón y demás adminículos de broma (en “Top Secret” los llamaban “coñas marineras”) continua haciendo caja con el viejo nombre que le caracteriza. Si La Peseta se convirtiera ahora en El Euro ya no sería lo mismo. Perdería su tradición y su aire clásico. Esta tienda no sólo evoca la infancia y la adolescencia de muchos de nosotros: además, su nombre remite al pasado; y mantener esa vigencia es importante. Recuerdo este local desde que era un chiquillo. Durante un tiempo pasaba a diario frente a su puerta, ya que mis primas vivían en el portal de al lado. El escaparate siempre estuvo (y aún lo está) decorado con caretas de bruja, espadas de plástico, serpientes de goma o bostas de mentira, entre otros artilugios que a veces comprábamos, como el terrón de azúcar que cobijaba una mosca o la máscara de anciano con verrugas. Los petardos, en cambio, jamás fueron santo de mi devoción.
Dado que necesitábamos ciertos afeites para la fiesta de Nochevieja, fui un par de veces por allí. También fueron varios de mis amigos y me contaron que las colas eran larguísimas. Acudí una mañana y vi, en su interior, un atasco de gente. Gente que iba a comprar pelucas, disfraces, bromas y petardos. Me fijé en el horario vespertino de apertura: abrían a las cinco, y decidí volver entonces. Regresé a las cinco en punto y el local se encontraba hasta los topes. La mitad de los clientes estaba formada por muchachos que iban a por petardos. Este año he leído que se intensificó la vigilancia sobre la venta de productos pirotécnicos. Puedo asegurar que a todos los chavales les pedían el carnet de identidad, para asegurarse de que superaban los catorce años (la normativa prohíbe la venta a quienes estén por debajo de esa edad). Algunos se fueron mosqueados al no tener la edad requerida. En Nochevieja, sin embargo, cuando salí de casa a las doce y pico de la madrugada, la ciudad parecía estar en guerra a cuenta de las explosiones y las vaharadas de humo. Y no crean que en los balcones sólo asomaban jóvenes: también tiraban petardos hombres con toda la barba.
En La Peseta, ya digo, compramos la otra tarde unas cuantas pelucas, varios sombreros y unas perillas falsas. A pesar del jaleo de clientes, me gustó que el dueño se tomara su tiempo para mostrarnos parte del repertorio de artículos para disfrazarse que necesitábamos. En mi infancia esta tienda venía a ser como un castillo pleno de tesoros o, si quieren, una gruta preñada de maravillas y posibilidades. “Lo he comprado en La Peseta” es una de las frases características de estas fechas en Zamora. Siempre lo fue, pese a que la tienda salga poco en los medios o a que el costumbrismo local le haya adjudicado la etiqueta de elemento inseparable de la ciudad, como La Farola, la estatua de Viriato o El Puente de Hierro: es decir, una cosa de la que apenas se habla aunque se visite a menudo. Del mismo modo que nunca hablamos de la manera en que respiramos. Lo repetiré: un clásico. Durante estos días pasados la ciudad volvió a ser, para mí, la que era: compré unas pelucas en La Peseta, vi amanecer el nuevo año en las inmediaciones de la Plaza Mayor y el Turu regresó a nuestras calles, a malvivir después de su estancia de varios años en la cárcel.

jueves, enero 04, 2007

Grindhouse, en marcha



Si alguien quiere completar la información de mi artículo de hoy respecto a Grindhouse y sus dos capítulos o historias (Planet Terror y Death Proof), que no se pierda la web oficial y el blog sobre Tarantino en español (la foto de arriba la he tomado prestada de esta bitácora).

Citas. 21



En la guerra hay traiciones que, comparadas con nuestras traiciones humanas en época de paz, resultan infantiles.

Michael Ondaatje, El paciente inglés

Sesión doble (La Opinión)

Estos días se me cae la baba con la inauguración de la página web del último invento de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, “Grindhouse”: fotografías, carteles, trailers, sinopsis, reparto, descargas y las llamadas “lobby cards”. Es una auténtica delicia freak, un homenaje confeso a ese estilo que marcaron las películas maluchas de los cines de barrio de sesión doble. Ya saben: tiros por doquier, hombres duros y marcados por las cicatrices físicas y morales, chicas guapas que enseñaban muslo, villanos muy malvados, explosiones, un poco de gore, persecuciones automovilísticas, un aire de cómic y música de los años setenta. No olvidemos que Tarantino es fan de muchos de los géneros que marcaron el cine de los sesenta y los setenta y no ha disimulado sus homenajes a la “blaxplotation” (“Jackie Brown”), al western y al kung fu y a los samurais (los dos volúmenes de “Kill Bill”), a los policíacos orientales y franceses (“Reservoir Dogs”), entre otras películas escritas o producidas por él.
Para quien aún no sepa qué es “Grindhouse”, trataré de contárselo, pero haría mejor en entrar en la web oficial de la película y en el estupendo blog en español “Tarantinospain”, donde nos informan puntualmente de todas las novedades relativas al universo Tarantino y su nueva obra. “Grindhouse” es, en principio, una película formada por dos capítulos independientes, a la manera de la irregular “Four Rooms”. De esta última sólo se salvaban los segmentos de Tarantino y Rodríguez y ellos dos son los únicos directores que aparecen en “Grindhouse”. Rodríguez se ha encargado de “Planet Terror”, un festival de mujeres guerreras, ametralladoras y motocicletas que homenajea al cine de horror y de zombies. Tarantino dirige “Death Proof”, en la que homenajea al género de psicópatas de carretera y le da un aire a lo John Carpenter (no en vano, quien la protagoniza es Kurt Russell, actor fetiche de Carpenter), con inclusión de coches setenteros y mucho colorido. Se supone que los capítulos deberían tener una hora de duración cada uno, para que el resultado final fuese un largometraje de algo más de ciento veinte minutos (dado que, entre uno y otro segmento, se proyectarán trailers falsos hechos por directores colegas de Tarantino, como Eli Roth o Rob Zombie). Sin embargo, algunos rumores apuntan a que el metraje se les ha disparado y que podrían ofrecer una sesión doble más extensa y por el mismo precio: dos películas de una hora y media cada una, sumando además los trailers falsos.
“Grindhouse” es un término que, al parecer, designa a los antiguos cines de programa doble donde se consumían filmes de bajo presupuesto e ínfima calidad, pero siempre encantadores. Si sumamos ambas historias, por “Planet Terror” y “Death Proof” desfilarán los siguientes actores (ya sea en papeles protagonistas, en secundarios o en simples cameos): Rose McGowan, Freddy Rodríguez, Josh Brolin, Michael Biehn, Jeff Fahey, Michael Parks, Rosario Dawson, Danny Trejo, Tom Savini, Bruce Willis, el propio Tarantino y el citado Kurt Russell. Quien conozca estos nombres sabrá reconocer los géneros que homenajean ambos directores. A Estados Unidos el filme llegará en abril de este año. Por muchas críticas que cosechen Tarantino y Rodríguez por parte de sus detractores, no hay duda de su talento para el reciclaje. Nadie es capaz de coger un puñado de películas malas y reconvertirlas en obras muy personales y plagadas de referencias, y devolvernos a cambio un “Reservoir Dogs”, un “Sin City” o un “Kill Bill”. Incluso en el caso de que “Grindhouse” flojee, supondrá para nosotros, sus seguidores, una fiesta salvaje de sangre, humor y cinefilia.

miércoles, enero 03, 2007

A bordo y listos para zarpar

Un buen comienzo (La Opinión)

De vuelta en Madrid procuro recuperar el cuerpo de los últimos festejos, y principalmente de la fiesta de Nochevieja, que me devolvió a casa a las nueve de la mañana. Cuando el cansancio me acorrala, me resulta muy difícil conciliar el sueño. Debería ser al contrario. Así que escribo estas líneas adormecido. El trayecto de regreso fue tranquilo, en el primer día del año y con pocos vehículos en carretera. El viaje supuso la hora de los balances. En silencio repasé el año, con su lista de amistades, familiares, conocidos y enemigos. Tomé algunas resoluciones. Poca cosa. Y se me ocurrió que una de las mayores fuentes de placer para un escritor es que le lean sus enemigos. Eso significa que, a pesar de rivalidades y envidias, están pendientes de uno, observándole, siguiendo sus pasos. De modo que uno, a su manera, los tiene comiendo en su mano. Descubrí una vez más que apartarme un tiempo de internet me alivia, como cuando paso unos días en otras ciudades, pero a la vez me convierte en alguien dependiente. En la casa de mi familia, en Zamora, no dispongo de conexión. La otra tarde estaba leyendo la novela “Últimos tragos”, cuya adaptación cinematográfica vi unos años atrás, e intenté recordar qué otros actores la protagonizaban junto a Michael Caine. No lo recordaba, y tuve el impulso de levantarme del sitio e ir hasta el viejo ordenador, abrir una ventana del explorador de internet y teclear mi página de inicio: The Internet Movie Database, la base de datos del cine. Advertí entonces que allí no tengo conexión a la red, y volví a sentarme. A aquella hora los cyber estaban cerrados y me quedé sin saberlo hasta la tarde. Pero lo mismo me sucedió cada vez que compraba un periódico, porque las noticias, al leerlas, habían envejecido un poco y suelo leer los diarios en internet (salvo los domingos).
De la ciudad me llevé distintas impresiones cuando hablaba con la gente. Algunas personas quieren huir de Zamora y otras no quieren regresar allí a vivir. Unas cuantas están deseando volver e instalarse en la provincia. Me resultó curioso que en las múltiples conversaciones con mis amistades, a menudo mencionaran el nombre del alcalde. Cada persona me contó una leyenda sobre su figura. He recopilado tantas leyendas que, a la fuerza, algunas deben ser falsas, dado que a veces se contradicen entre ellas. En cualquier caso, allí lo ven como a un personaje siniestro, todo lo contrario que cuando empezó su andadura como alcalde. Me temo que tienen razón. Por supuesto, durante mi estancia de unos diez días en mi tierra incumplí la mitad de mis propósitos navideños: no tomé café con varios colegas a los que había prometido llamar, no acudí a saludar a mis antiguos libreros, no leí tantos libros como había previsto, y me enteré un poco tarde del ingreso en el hospital de un colega de Zamora, que habrá terminado el año con un costurón en el lomo. Desde aquí, mis mejores deseos para él y los suyos. También para los libreros.
Cada día tuve un momento de serenidad magnífico. Consistía en salir al patio en compañía de mi gato, que convive con mi madre. Mientras el aire me comía las manos y tomaba una taza de té para templar el estómago, el gato se revolcaba en el suelo, con las patas hacia arriba. He leído que eso lo hacen cuando están tranquilos y felices, y cuando quieren camuflar su olor corporal. Luego, el felino observaba a los pájaros y ronroneaba con mis caricias. Por otra parte, el año ha empezado con la paternidad de un amigo: gemelos nacidos el día dos de enero. Y en los próximos meses veré convertidos en padres y madres a otros amigos y primos. Es un buen comienzo.

martes, enero 02, 2007

Próximamente

El domingo aparecía en el diario El País un reportaje sobre algunas de las próximas novedades en arte, literatura, cine, ópera, teatro y música pop. Copio aquí una parte de esas novedades literarias:
Grandes citas internacionales, la feliz continuación de iniciativas menos convencionales como el Festival Hay (la primera cita es en Cartagena de Indias, del 26 al 29 de enero), las habituales ferias y, lógicamente, las novedades literarias marcan un año que llega cargado de expectativas.
-Este año aparecen en España las traducciones de dos libros que generaron polémica y debate en el que termina: las memorias del Premio Nobel alemán Günter Grass,
Pelando la cebolla (Alfaguara), en las que confiesa que estuvo vinculado a las Waffen SS en su adolescencia, y la novela de Jonathan Littell, Les bienveillantes (RBA), que recibió el Goncourt y ha sido premiada por la Academia Francesa y que desentraña la lógica del Mal en el nazismo a través de un oficial de la SS.
-De Le Carré a McCarthy. En
La canción de los misioneros (Areté), John Le Carré se acerca a la tragedia del Congo. El premio Nobel portugués José Saramago recuerda su infancia en Las pequeñas memorias (Alfaguara). Entre los estadounidenses destacan lo último de Paul Auster, Viajes por el Scriptorium (Anagrama), y la nueva entrega de Cormac McCarthy, The Road (Mondadori). De Philip Roth se recupera una de sus novelas de juventud, Déjalo correr (Mondadori), y de Saul Bellow se publicará Mueren más por desamor (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).
-El toque británico. Destacan también las nuevas novelas de dos reconocidos maestros de la narrativa europea actual: Ian McEwan
(en la foto), con En las nubes, y Julian Barnes con Arthur & George (ambos en Anagrama). También se rescata uno de los títulos más importantes del Nobel japonés Yasunari Kawabata: Primera nieve en el Monte Fuji (Belacqua) reúne los relatos que él mismo seleccionó en los años cincuenta, pero ahora traducidos del japonés.
-Nueva entrega de Marías. Nueva entrega de Javier Marías. Llega la tercera parte de
Tu rostro mañana (Alfaguara). Lo único que se sabe de la continuación de la historia de un español al servicio de un grupo que depende del servicio secreto británico es que llevará la palabra veneno en el título. Luis Landero vuelve a la novela, después de cinco años con Hoy, Júpiter (Tusquets), en la que trenza la vida de dos hombres que se encuentran y deciden ayudarse. La Guerra Civil está en el origen de la nueva novela de Almudena Grandes, El corazón helado (Tusquets), pero las peripecias de la historia llegan hasta la transición. Tras su elogiada y premiada El vano ayer, Isaac Rosa publica ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! (Seix Barral). (
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La agonía de los objetos (La Opinión)

Es asombroso cómo se apolilla o se oxida una máquina en cuanto dejamos de usarla. Hace unos cuantos meses tuve que renunciar al uso diario de mi viejo ordenador, que casi se caía en pedazos. No cargaba bien los programas, sufría continuos reinicios y bloqueos, las letras del teclado se desgastaban cada poco, el ratón era viejo y demasiado voluminoso, la pantalla se había quedado minúscula en comparación a los monitores que ahora venden y me daba tantos sustos que fue necesario comprar otro. Llevé el viejo pc a Zamora y lo arrumbé en una mesa. Su principal cometido era el de servirme de procesador de textos para cuando pasara unos días en la ciudad y tuviese que escribir los artículos. Cada vez que vuelvo y debo utilizarlo, sin embargo, el pobre cuenta con un achaque más. Si introduzco un disco, el ordenador comienza a renquear como un anciano molido por la gripe y el lumbago. Le cuesta reproducir los vídeos y un poco menos los archivos de sonido. El reproductor de dvd dejó de funcionar pronto y la última vez que probé a meter dentro una película incluso la bandeja se cerraba con lentitud, igual que si le costara grandes sacrificios y pérdidas de energía.
Al comienzo de estas navidades traté de hacerlo funcionar. Lo reservaba ya únicamente para una tarea: abrir un documento de word y escribir. Para eso, supuse, podrá funcionar. Pero la falta de uso, insisto, propicia múltiples dolencias a las máquinas (y al hombre). Lo primero que falló fue la tecla de Enter o Entrar. La pulsé un par de veces y saltó de su resorte. Parecía una broma del Día de los Inocentes. Intenté volver a colocarla, pero no hubo manera. Se le debió romper algo por dentro. Quise abrir un viejo documento de texto que traía en un disco y el pc tardaba años en cumplir cada orden que le daba con el cursor o con el teclado. Al arrancar rugía demasiado. Si una persona sonara así, de inmediato la llevaríamos a Urgencias. Estos y otros desperfectos me hicieron desistir. Pero en los cyber resulta difícil seguir la disciplina de la escritura, y no digamos ya descargarse archivos adjuntos (operación que debe estar prohibida, a juzgar por los dos o tres locales donde he intentado bajarme documentos del correo electrónico, sin lograrlo). He tenido que escribir en casa ajena, pero me vi tan a gusto como si estuviera en la mía. En cuanto transcurren los dos primeros minutos a las teclas uno se ajusta al teclado, a la silla, a la pantalla, y todo va bien.
El pasado fue uno de esos años en los que muchos de mis objetos (máquinas, muebles) se rindieron. Me dijeron su último adiós. Yo prefiero constatar que fue el penúltimo. Porque todavía no he arrojado ninguno de ellos a la calle ni a la basura. Además de fallarme el ordenador y tener que comprarme otro, agonizó el reproductor doméstico de dvd. Y falló mi vieja silla giratoria. Una silla de oficina que me prestó mi familia hace años, poco antes de comenzar las colaboraciones con este periódico. Pero dos meses atrás dijo basta. Falló algo en su mecanismo interno, se le cayó un tornillo al suelo y el respaldo se quebró hacia atrás, como un animal muerto. ¿Qué más se estropeó o dijo su penúltimo adiós? La cafetera. Me la había dejado mi madre y también se averió. Y ya saben que, con respecto a este tipo de aparatos, resulta más conveniente enviarlos al cuarto de los trastos o arrojarlos al vertedero antes que repararlos. Nuestra vida está repleta de objetos que van fallando. Puede que la suma de ellos sea una especie de resumen de nuestras vidas. Me pregunto cuáles agonizarán este año que empieza y, si de nuevo, tendré que gastar más de lo previsto.