jueves, diciembre 14, 2006

Citas. 20


Parece que la gente no está hecha para ayudarse sino para hacerse daño el uno al otro, aunque a veces sea sin querer.
Raúl Núñez, Sinatra. Novela urbana

El oficio de la crueldad (La Opinión)

Anoche pusieron en Televisión Española la película “Dogville”, de Lars Von Trier. Supongo que la vio poca gente. No es un título muy popular y el director danés cuenta ya con una legión de detractores. A mí me gustan sus películas porque soy abierto a cualquier género y porque sus historias me conmueven, aunque contienen un exceso de drama. No la vi anoche, claro (estas líneas están escritas antes de la emisión), pero no me la perdí en su momento y hace unos meses la alquilé en dvd. Para volver a verla, y además en versión original. Con “Dogville” comenzó una trilogía sobre Estados Unidos, que continuó con “Manderlay”, un filme menos duro, y que terminará con “Wasington” (escrito así: sin la hache intercalada que le propicia su fuerza). La protagonista era Nicole Kidman. En la segunda entrega el director tuvo que buscar a su sustituta, y se decidió por otra actriz más joven, Bryce Dallas Howard. Interpretaba al mismo personaje, Grace. A estas alturas se desconoce si en la tercera parte contratará a Howard o a otra actriz. La trilogía pretende ser un mosaico de aquel país, pero para quienes ya hemos visto las dos primeras significa un retrato del ser humano y de las diferencias entre la masa y el individuo.
Sé que es difícil comulgar con lo que Trier cuenta, porque prescinde de casas y de muebles y el único decorado es un escenario vacío con pintadas en el suelo, como si estuviéramos asistiendo a un estreno teatral vanguardista y debiéramos confiar en nuestra imaginación y en el talento de los autores, pero merece la pena verla. Uno tarda en acostumbrarse unos minutos a esa ausencia de edificios y muebles, pero pronto se le olvida. “Dogville” relata la historia de una chica que, huyendo de la mafia, llega a un pueblecito de las Montañas Rocosas. Convence a sus habitantes para que la escondan y, a cambio, decide trabajar para ellos, quienes exigen compensaciones cada vez más duras de cumplir, dado el peligro a que se exponen jugándose los cuartos con la mafia. De ahí a la explotación sólo hay un paso. Explotación sexual, relaciones amo-esclava, crueldad física y psicológica. Como una mujer maltratada, pero no sólo por un marido feroz, sino por todo un pueblo, niños y ancianos incluidos. Grace acaba conociendo la práctica de ese dicho: si damos la mano, nos cogen el brazo. En la película quedan claras, a mi juicio, dos voluntades: la del individuo y la de la masa. La masa termina por sacar los colmillos, por aprovecharse de la crueldad y la sed de sangre que confiere el poder. A Grace la humillan, la acusan falsamente, la violan, la esclavizan, incluso la encadenan para que no se escape y siga perteneciéndoles.
Todo esto, esa crueldad de la masa, del pueblo que se une aunque la causa común sea inmoral e ilegal, es lo que me interesa señalar. El populacho, cuando dos manos señalan un camino, acaba siguiéndolo. Aunque esa opción desemboque en la violencia y en la vejación y en el escarnio. La actitud de los habitantes de Dogville recuerda a esas masas enfervorizadas que antaño aplaudían en las ejecuciones públicas, a esas que perseguían a la criatura creada por el doctor Frankenstein, a las que se juntan en los barrios bajos para echar a los gitanos o a los yonquis. Ese poder común y salvaje suele ser casi tan dañino como el ejercido por un dictador. Vean los linchamientos, por ejemplo. Hoy estas costumbres malsanas han tomado un nuevo rumbo: la lapidación en internet. En los foros y en las bitácoras proliferan los individuos con la máscara del anonimato (los llaman “trolls”), capaces de mancillar y arrastrar por el fango el nombre de quienes odian; de mentir e insultar. Como en un Dogville digital.

miércoles, diciembre 13, 2006

Libro: Sinatra. Novela urbana, de Raúl Núñez


Mi colega David González me ha hablado mucho de Raúl Núñez, argentino que acabó residiendo en España y falleció en 1996 a los 50 años de edad. Al parecer, él fue el introductor del llamado realismo sucio en este país.
La semana pasada conseguí en una librería de viejo su Sinatra. Novela urbana, que narra la soledad de un perdedor al que ha abandonado su mujer y que se parece físicamente a Frank Sinatra. Porque en el parecido acaba todo: Sinatra/Antonio Castro no tiene suerte en la vida. Trabaja en el turno de noche de una pensión, no consigue relacionarse con nadie, se dedica a beber y a mascar la soledad. Su vida está en los bares (que le acogen), en las calles, en los locales de bingo, en los prostíbulos. Pronto se apunta a un club de amistades por correspondencia y descubre que hay gente aún más derrotada que él.
A pesar de esa brutal soledad y de la prosa desnuda de Núñez, hay cierto humor a través de la galería de personajes extravagantes que desfilan por sus capítulos: una viuda a la que pega su hijo, un camarero que se traviste, una enana rubia que escribe poemas, una chiquilla medio loca y toxicómana, una fulana de la que enamorarse... Buena novela corta sobre perdedores urbanos.
[Nota: en El Lector Sin Prisas puedes leer ya mi nueva reseña, sobre El padre, poemario de Sharon Olds]

Joyas Literarias Juveniles (La Opinión)

Algunos sostenemos que la lectura de tebeos y cómics conduce a leer novelas. Un tebeo y una película pueden empujarte a la lectura de los clásicos universales. Puedes comenzar desde abajo, desde las novelas de aventuras de fácil digestión para los chavales, e ir subiendo hasta las obras de más enjundia. Una tarde, buscando en internet unos datos, fui a parar a uno de esos portales donde se subastan antiguallas: figuras y muñecos de acción, naves espaciales, revistas y libros ya casi olvidados, baratijas y demás objetos de coleccionista y de nostálgico. El caso es que di con una página en la que la gente vendía sus tebeos. Dos o tres ya habían alcanzado el precio de oferta de dieciocho euros. La serie se titulaba “Joyas Literarias Juveniles”. Algo brincó en mi interior cuando vi unas cuantas portadas. A veces olvidamos ciertos detalles que nos hicieron la niñez más tolerable. Advertí, con desaliento, que casi había olvidado esta colección de tebeos. Y, luego, la memoria me devolvió en tropel los recuerdos que estaban perdidos en algún rincón polvoriento de la cabeza.
Pero antes me gustaría dar algunos datos sobre las “Joyas Literarias Juveniles”. Fueron los tebeos de aventuras con los que los muchachos que nacimos en los años setenta nos alimentábamos espiritual y culturalmente. Editorial Bruguera, que llenó nuestras vidas de tesoros, fue la responsable. Los dibujantes eran españoles. Los guiones estaban inspirados en libros clásicos, generalmente de aventuras: novelas de Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Charles Dickens, Mark Twain, Emilio Salgari, Karl May, Arthur Conan Doyle, Walter Scott, Fenimore Cooper, Jack London. En el encabezamiento de cada tebeo figuraba el nombre del autor clásico; debajo, el título; y, bajo éste, la siguiente frase: “300 ilustraciones a todo color”. Al lado constaban el título de la colección en letras amarillas y el precio en letras negras, ambos sobre un fondo verde. El precio variaba: quince pesetas, veinte pesetas, treinta y cinco pesetas, etcétera. El resto era el dibujo de la portada, en color. Muchas de las portadas contenían un elemento de acción y peligro, para que los jóvenes lectores nos engancháramos: un oso acechando en la nieve, Robin Hood tensando su arco, cazadores con rifles, piratas con espadas, el Capitán Ahab en medio de ese alfiletero de arpones en el que convirtieron el lomo de Moby Dick, gladiadores a punto de combatir, corsarios con el gesto felino durante los abordajes. Aquello era una gozada. Historias y dibujos sabrosísimos. Hoy es imposible hacerse con la colección, y yo no recuerdo haberme comprado ejemplares. Incluso un millonario lo tendría difícil: a la suma que piden por ciertos números habría que añadir que los títulos existentes estarán en manos de unos pocos coleccionistas. Así que he recurrido a “la mula” y sus ficheros de intercambio, donde alguien ha escaneado doscientos setenta números. Los guardo en el disco duro. No creo que los relea. Me conformo con tenerlos. A falta de papel…
Porque recuerdo haberlos leído casi todos. Los coleccionaban dos de mis primos de Zamora. Tenían un cajón lleno, o puede que fueran dos. Cuando los visitaba, en la infancia, juntos nos apresurábamos a abrir ese cajón con aroma a papel, magia y aventura. Leíamos una y otra vez nuestras historias favoritas. Gran parte de las viñetas y los personajes estaban directamente inspirados en el cine, como el mencionado Ahab o Ben-Hur. Abrir el cajón suponía, para mí, el acceso a una selva de secretos y delicias. Poco después empecé mi propia colección: las novelas de aventuras con lomo rojo que vendían en los quioscos. Unas joyas me llevaron a otras.

martes, diciembre 12, 2006

Libro: Los boys, de Junot Díaz


Debemos olvidar el título español de este libro y quedarnos con el original, Drown, es decir, Ahogado, título de uno de los cuentos. Junot Díaz es dominicano y a los siete años emigró a Estados Unidos con su familia. Esta es una de esas novelas-de-relatos o conjunto de cuentos que forman una novela. En ellos, Díaz nos habla de sus primeras vivencias en la República Dominicana y, posteriormente, de su estancia en los barrios de Nueva Jersey. Están inspirados en su propia vida y nos hablan de historias familiares (un hermano abusón, un padre que maltrata a sus hijos, una madre que se erige en lo único puro de aquellos tiempos), de trapicheos en la calle, de drogas y de trabajos mal pagados, de chicas y de las diferencias entre blancos, negros, morenos y latinos. Díaz escribe en inglés, pero en el fondo se siente extranjero tanto en su lugar de origen como en Norteamérica. El lenguaje empleado en la escritura se adapta a la jerga de la calle, como si escucháramos hablar a la gente del ghetto. En la traducción, no obstante, se pierde el spanglish que emplean los personajes (aquí, las palabras en español, en el original, quedan en cursiva).
Díaz se hizo famoso por estos cuentos, algunos de ellos publicados en prestigiosas revistas literarias. Los diez relatos mantienen el tono y son estupendos, pero es el último (y más extenso) el que alcanza la perfección: Negocios. Es la historia del padre del narrador, que emigró a los USA para establecerse allí. Oficios duros, demasiadas horas de trabajo, negocios donde a uno lo estafan, incertidumbre y pobreza en la búsqueda del sueño americano. La lectura de este cuento debería ser obligatoria en los institutos: es el retrato perfecto de cómo el inmigrante atraviesa penurias y soledades hasta que se establece o muere.

Callejeros (La Opinión)

El viernes pasado emitieron en Cuatro el programa número cincuenta de Callejeros. Un brillante reportaje conducido por Nacho Medina. Se titulaba “Lavapiés”. En apenas una hora de duración dieron unas pinceladas exactas de lo que aquí sucede y se cuece. Me alegré de que lo hicieran por dos motivos: porque vivo en ese mismo barrio (“Antes era un barrio castizo y ahora es un barrio mestizo”, dijo uno de los entrevistados para el programa); y porque al menos queda claro de una vez por todas que no exagero cuando cuento estas historias de la calle con las que, a menudo, me cruzo. Esta zona es oro puro, una mina para escribir, precisamente porque confluyen en ella todas las razas y culturas, y lo mismo puede uno toparse con un famoso en una terraza que ver a dos tipos trapicheando en una esquina o a un vagabundo durmiendo encima de un colchón sacado de los contenedores de basura.
Cuanto contaron en este programa especial de Callejeros ya lo he mencionado en este rincón, pero ahora los espectadores pudieron verlo con sus propios ojos: las amables chicas de la farmacia, los camellos que rondan por las esquinas ofreciendo su mercancía (costo, cocaína, etcétera) a todo el mundo, los hombres que se ponen a cantar y a guitarrear sentados en los bancos, los alcohólicos de la plaza que sestean encima de la rejilla de calefacción del metro (que da justo a esa plaza), el portal donde se vende la droga a espuertas, los registros policiales, los poetas casi inéditos, los frecuentes rodajes de anuncios televisivos, series y películas, la alusión a las continuas peleas y batallas campales en las que a veces brillan las navajas y los machetes, la mugre que se palpa en las calles, el sabor a cine y a literatura y a noticiario que se huele en sus edificios y en sus bares. Incluso entrevistaron a dos de los desheredados de los que he escrito unas cuantas veces: la mujer del banco de la plaza y uno de sus colegas de desventuras y borracherías; esa pobre mujer a la que he visto dormir en el suelo, caer inconsciente, ser abofeteada o insultada por algún que otro borracho, sufrir ataques que luego reparan los del Samur, beber vino y cerveza, enfrentarse a la poli. Las cámaras retrataron con pericia a esos hombres y mujeres caídos en desgracia a los que la adicción a las drogas o al alcohol ha machacado el rostro y los huesos y envejecido prematuramente.
Pero también enseñaron un par de cosas que sí sabía pero no había visto: el interior de algunos pisos. No sé qué da más escalofrío: si las personas que viven en plena calle, bajo los cartones, o esos apartamentos con dimensiones de caja de zapatos en los que se apiñan los inquilinos junto a las grietas, los animales, los escombros, los andamios y los muebles y aparatos recogidos de la calle y reciclados para conferirles una nueva vida. Salió un piso, en el que se alojaban dos hombres y una anciana, que tenía el váter en la cocina. Mostraron a una viuda que convivía con gallinas, perros, patos, pájaros, y nunca se vacunaba. Callejeros ofreció la oportunidad de que escucháramos cantar a las bandas de jóvenes dominicanos, y a fe que me sorprendieron: lo hacen muy bien. En algunos planos se vio la calle en la que vivo e incluso el edificio y el portal. Sólo eché en falta un par de asuntos. El primero es que no grabaron la librería del barrio, ni las tiendas artesanales, ni las salas culturales como Artépolis, ni esos bares en los que aún se nota cierta bohemia heredada de antiguo: hubiera servido para que los espectadores comprobaran que no todo es droga, mugre y miseria. El segundo es que no salió el centro médico de Tribulete, un lugar sucio, vergonzoso y tercermundista. Sospecho que no dejaron entrar allí a las cámaras.

El valor del fracaso, por González Iñárritu


El fracaso está muy devaluado. Me lo decía Paul Laverty (guionista de Ken Loach), platicamos de eso hace poco: del fracaso se aprende mucho más que de nada, te hace más sabio, más terreno, más profundo... Y ahora todo es girar y girar en torno al éxito, a la fama; la fama como objetivo en sí, no como reconocimiento. Un mundo al revés.

Este es un extracto de las declaraciones recogidas en El País Semanal de Alejandro González Iñárritu, director de la trilogía Amores perros, 21 gramos y Babel (a punto de estreno). Todas fueron escritas por Guillermo Arriaga.

lunes, diciembre 11, 2006

El adiós de Zuckerman


Acabo de leer esta noticia en el suplemento Radar Libros del diario argentino Página 12. Al parecer, Philip Roth escribirá una novela más con su genial personaje Nathan Zuckerman. Copio y pego la noticia:
Philip Roth despedirá a su personaje fetiche y también alter ego Nathan Zuckerman, que será –por última vez– el protagonista de una novela, Exit ghost, la cual aparecerá en octubre del año que viene en los Estados Unidos, según informó su editor Houghton Mifflin. Será entonces el noveno libro que tendrá como héroe al novelista judío, justamente 28 años después de la salida de su primera aparición en The ghost writer. “Si en The ghost writer se ponía en escena la juventud del novelista, Exit ghost será el retrato de un hombre viejo atormentado por su propia decadencia y por el miedo de perder lo que le queda. Nathan Zuckerman regresa a Nueva York después de once años de estar recluido en las colinas rurales de Massachusetts. En Nueva York se encuentra con una nueva generación de escritores y también con un viejo y agónico amigo, todo lo cual produce en él grandes revelaciones y hace del último libro de Zuckerman un movilizante estudio de la obsesión, el perdón, la resignación y aquellos deseos que no pueden realizarse”, sentenció Mifflin. La noticia completa, aquí.

Ellas, en otoño e invierno (La Opinión)

Mediada la primavera es frecuente, en mitad de una conversación de hombres, que alguno de ellos mire por encima del hombro a una chica y pronuncie estas frases clásicas: “Ya se acerca el verano. En verano se pone uno malo con las mujeres”. Se refiere a que, con los calores tempranos, ya incluso en primavera y aún más en verano, las mujeres acostumbran en nuestro país a ponerse camisetas, tops ajustados y minifaldas. A llevar escotes. A ir en biquini a la playa y a la piscina, o en pelota picada. La ropa desaparece, el ojo heterosexual ve más piel y carne y los hombres se vuelven (nos volvemos) un poco más locos de lo que ya estamos. He oído, en miles de ocasiones, esas frases apuntadas al principio y sus innumerables variantes.
Sin embargo, nadie habla de la indumentaria femenina en invierno ni señala la belleza de ellas cuando hace frío. Lo entrañables y atractivas que resultan aunque vayan tapadas hasta las cejas. En verano es posible que las mujeres estimulen el deseo de los hombres, pero quizá sea en otoño y en invierno cuando incentivan el amor de los hombres. Dudo que nadie, cuando piensa en viejos amores, en antiguas parejas, en chicas con las que ya no está, retenga la imagen de la ex novia en biquini o medio desnuda. La imagen más recurrente, creo, suele ser otra, más invernal o más romántica o al menos más propia de las tierras del norte: esa chica que llevaba abrigo entallado, que solía ponerse jerseys de cuello vuelto, que calzaba manoplas en las noches heladas, que vestía gorro de lana o gorra francesa en las tardes de niebla, que usaba una bufanda tan larga que parecía desbordarse como una melena por la espalda, que se envolvía en tantos kilos de ropa que sólo el desafío que representaba tratar de despojarla de ese tinglado ya devenía en algo emocionante. Recuerden a Gilda: lo que nos gustaba no era su brazo, sino lo bien que le sentaba el guante y la habilidad sensual que empleaba en despojarse de él, con la misma lascivia que si se estuviese quitando la ropa interior. Recuerden a esas mujeres famosas, del cine o de la música, que nos fascinaban con sus ropajes, pero que luego nos instalaban en la decepción cuando las veíamos en paños menores en una película o en una revista o en la televisión.
O tal vez esto sea una característica de quienes nos hemos criado en ciudades del norte, sitios de calles heladas en las que casi siempre estábamos envueltos en niebla, en lluvia, soportando heladas brutales y saliendo de casa abrigados hasta el cuello. Y quizá por eso estamos acostumbrados a retener en la memoria imágenes de mujeres que echan vaho por la boca mientras conversan y a observarlas embutidas en ese arsenal para combatir el mal tiempo que consiste, como hemos señalado, en gorros, guantes, manoplas, jerseys, abrigos, botas y paraguas. El romanticismo suele ir asociado al otoño, a la primavera; casi nunca al verano. En las comedias románticas el paisaje y el clima no son un elemento más, sino piezas imprescindibles de la trama. Recuerden los paseos de “Cuando Harry encontró a Sally” o las conversaciones de parejas del cine de Woody Allen: siempre es otoño o invierno, y los parques aparecen nevados o cubiertos de hojarasca. Pocas historias de amor se han hecho con la pareja protagonista en la playa, citándose cada mañana en bañador y biquini; una de ellas es “De aquí a la eternidad”. La imagen de las mujeres en cueros y los tipos en calzones queda para las comedias gamberras, estilo “American Pie”. Las historias de amor serias, los recuerdos que pueblan nuestra memoria, suelen estar asociados al frío, al abrigo y a la bufanda, y a esa mujer que pisa las hojas del parque mientras nos dice adiós.

domingo, diciembre 10, 2006

Carta y lista de los 120 proyectos seleccionados del libro Mundolavapiés


Me acaban de enviar este correo. Es sobre el libro Mundolavapiés, en el que se incluye alguno de mis artículos sobre el barrio. El libro sale el próximo sábado y harán una gran fiesta en la plaza. La pena es que ese día no podré asistir porque estaré, con suerte, paseando por las calles de Londres. Os dejo el correo con la gente seleccionada y todo el tinglado que van a montar, tal y como lo he recibido:

Hola, pues ya se acabó!

No podíamos incluir más proyectos, el libro está lleno lleno, al final han sido 120 los trabajos seleccionados, 15 fondos musicales, unos 20 vídeos, más de 50 textos, dibujos, poemas, 15 series de fotografías y más..., felicitaciones a todas y todos los que han propuesto su trabajo. Al final estrenamos ESTE SABADO 16 en la PLAZA LAVAPIÉS a las 14H. Como previsto a los que han sido seleccionados regalaremos una copia del libro! Este libro comenzó siendo una colección de fotografias "de autor" sobre Lavapiés, poco a poco dejó de serlo y derivó hacia un proceso abierto, compuesto a muchas manos y muchas voces... Lo fuimos llamando "Mundolavapies" ...este documento es vuestro... mil gracias a todos, nos vemos en la plaza el 16, traed lo que queráis... música, comida, amigos.

Las personas seleccionadas para los textos y poemas completos en el libro son: Julia Sais Junquera / César, Casa Montes / Anthar / Alex y César Carlos Jiménez Romero / Fátima / María F. Moscoso / Dani Wagman / Reno Boivin / Carlos Taibo / La eskalera Karakola / La Luciérnaga / La Escoba / El coro de Lavapiés / Grupo de consumo el BAH / Ladinazo / Esperanza / Antiglobaltrotters / El Solar / E35 / Eduardo / El grupo surrealista de Madrid / Marcos Vasconcellos / Juanjo Martín Escriche / Basuraza / Christina Vega / M. José del Carmen Fernández Maldonado / J. Pérez-Rasilla / Un Amigo de Seido / Ángeles Oliva Días / María G (AM Estudio) / José Angel Barrueco / Un mensaje que circuló por internet / Catalina Fernández Milla / Mar Núñez / Marta Santiso del Valle / Yoseli Castillo Fuertes / Jorge López / Carlos Molina / Diego Vasco / César Fernández / Karim Samba / Marina / El Laboratorio en Exilio

Los textos recibidos como colaboración han sido muchos, demasiados para poder incluirlos todos en esta edición, se ha tratado de dar entrada al mayor número de ellos, aunque en algunos casos aparecen sólo comouna "ventana", un fragmento, una pequeña cita, a veces en un contexto muy diferente al que sugiere el propio texto que acompaña a las imágenes y que invita a completar la lectura en el dvd, donde pueden leerse completos. En esta parte se incluyó el trabajo de: Luciano Quintero / Lady Vinish / Mónica Greco Obregón / Rubén Fernández / A. Lossowski / Paloma Díaz / Antonio Villalón de Cabo / Juan Manuel / Héctor Feliciano / Centro social el Laboratorio / Vladimir Alba Ortuño / Betoxu Grande / Ángeles Ayamonte / Sergio de Medina / Ethel / Jórg Lonkwit / Meike Schirmeister / Silvia Cuevas Morales

Los vídeos y trabajos del dvd: A ras de suelo / Karakola / Acción GreenPeace / Barriendo paredes / Rithmo en Lavapiés / Madrid Limpio es Capital-ismo / Callejeando en Lavapiés / Atlas sonoro de Lavapiés / Interiores / Cuento incompleto / Retratos de Lavapiés / Muestra de cine de Lavapiés / Un dos tres, lo que usted no quiere por el rastro es... / Fotografías de los niños de Lavapiés / Desalogo Labo 3 / Clarami / Border Games / Bio Part / Las cortinillas

Sin la participación de los músicos del barrio no habría música en el dvd. Unos hicieron la música especialmente para el proyecto. Los trabajos seleccionados son los siguientes: Robert Jonson / La Amur / Amaya A. Artola / Ani Difranco / Alfonso Arias "Paputxi" / Gabriel Tineo / Luis Lumbreras Adela (Chandra) / Lágrimas de Barro / Electrá / A. J. Gonzalo / Reward Lost Puppy / La Canción de Lavapiés / "Respira" / Grabación en la calle de Danilo, Juancho, Sergio, Lu, Chiki / Álvaro Sánchez Tabeada / N-KO & Ozmposse

Y también fueron seleccionadas las fotos de: Rafael Peñuelas / David Revenga / David Pérez / Rubén Hernández / Marilin Kiss / Marcos Vasconcellos / Silvia Spaccetti / S. Lewoski / José Antonio Huertas Gómez / Javi Mad / Loreto A. / Rafael Gonzales / Fernando Saens / Christoph Limbach / S. Torres / Mario Pereda / Miguel Angel

Con las ilustraciones de Christina Fernández Mirón / José Manuel Ruiz

Y los dibujos de Paula Cabildo / Javier Úbeda / Enrique Pérez Nuñes / Paul Charlon / Lucas Suárez / Mutis

Pues sí, 120 proyectos son muchos, mucha gente, muchos encuentros y mucho lío también pero no nos arrepentimos para nada, esperamos no haber olvidado a nadie...

MundoLavapiés
Julien

[Nota: en cuanto me haga con una copia del libro, pondré aquí la portada]

La tienda como laberinto (La Opinión)

Es evidente: la receta más precisa para vender en estas fechas es la construcción de laberintos. A las empresas no les basta, en los supermercados y en las grandes superficies, con cambiar cada semana los productos de sitio, para que uno se vuelva loco buscándolos y, en su periplo con el carrito de la compra, tope con otros productos que no pensaba llevarse pero que quizá se lleve.
Lo de los laberintos no es una metáfora ni una exageración. El truco de los locales gigantes está en ampliar el espacio añadiendo pasillos, cientos de estanterías y recovecos varios. En cualquier comercio de una cadena verán los innumerables carteles que indican las entradas, las ofertas y la división en categorías (pescadería, lácteos, pastelería, etcétera), pero, una vez dentro, verán pocas señales que pongan “Salida”. Es lógico: lo que ellos necesitan no es que salgamos, sino que nos quedemos. Esto de los laberintos se acentúa con la inminencia de las fiestas navideñas. Pero vayamos a los ejemplos, que así resulta más fácil hacerse entender. Echen un vistazo al Corte Inglés. Juro que, cada vez que necesito entrar, voy con temor a perderme. Y siempre me pierdo. Lo que voy buscando, sea un paquete de frutos secos para echarle al arroz hindú o un libro o un ordenador nuevo, lo encuentro de inmediato. Los indicadores y las flechas y los pasillos y la disposición de las escaleras mecánicas cumplen su función, o sea, aclararte donde están las cosas aunque para ello necesites dar rodeos y pasar por otros estantes y ver otros productos y pasear por distintos pisos. Está claro, pero tardas en llegar. El peligro es la vuelta, cuando no hay manera de encontrar la salida. Tampoco renuncio a ir, ya que allí se encuentra de todo. El supermercado de al lado de casa sería otro ejemplo. Lo cambian a menudo, de tal manera que cada vez es más difícil no perder allí las horas. Dadas sus escasas dimensiones en comparación con un Corte Inglés, aquí no hay problemas para hallar la salida, que siempre está a la vista, sino al contrario que en el otro edificio: de lo que se trata es de tardar en encontrarse con lo que uno va buscando. Si la pescadería estaba al norte, poco después está en el este. Si la sección de lácteos estaba en el medio, ahora está en un lado. En ocasiones ve uno a gente desesperada buscando un cartón de leche o una lata de tomate que han cambiado de sitio una docena de veces. Estos trucos funcionan, desde luego, incluso con quienes los criticamos, ya que al final sale uno con el doble de cosas que había ido a comprar. Incluso si eres desconfiado y crítico con el sistema consumista, el sistema siempre te derrota. Hace de nosotros lo que quiere. ¿O lo que queremos?
El último laberinto lo he sufrido en La Casa del Libro que hay junto al metro de Goya. Está en un edificio que hace esquina. Tiene tres plantas, si no me equivoco. Pasaba por allí el otro día y se me ocurrió entrar, dado que no visitaba esa sucursal desde el verano. Subí al primer piso para encontrar “Rock Springs” en edición de bolsillo. Esa planta había cambiado. En cada columna, un cartel en el que podía leerse en letras enormes: “Ahora más grande”, o algo similar. Entendí que habían ampliado la planta. Y luego me perdí. La planta consiste en un conjunto de cuartos pequeños y repletos de libros hasta el techo. Tiene uno la sensación de que todas las habitaciones están comunicadas entre sí y cree encontrarse en un laberinto. Harto de vagar por allí, tuve que preguntarle a un encargado dónde demonios estaban los libros de bolsillo. A pesar de sus indicaciones, casi me pierdo. Luego no encontraba la escalera de salida. Di vueltas y más vueltas, temiendo encontrar al Minotauro.

sábado, diciembre 09, 2006

Citas. 19


Has de besar siempre como si a la mañana siguiente fueran a prohibirlo.
David Benioff, Descalza sobre el trébol y otros relatos

Días festivos (y 2) (La Opinión)

La mañana del jueves, y tras haber escrito el artículo en el que afirmaba tener la impresión de que la ciudad estaba vacía, yo mismo tuve que comerme mis palabras y mis impresiones como aperitivo. Salimos después del mediodía a dar una vuelta. Pero la cosa había cambiado. La intención era acercarse hasta la Plaza Mayor, donde todos los años por estas fechas instalan puestos en los que venden figuras del belén, adminículos de broma, caretas de tipejos y de monstruos, pelucas de colores y musgo para el nacimiento. Creí que en la Plaza Mayor no habría un alma (así lo creímos todos), y me equivoqué. Aquello estaba hasta los topes, a pesar del frío. Las pelucas y los sombreros vienen muy bien para llevarlos, cada año, a la fiesta de Nochevieja en Zamora. Diría que la más vendida es la peluca afro, que cada temporada la confeccionan con más kilos. Los puestos estaban hasta la bandera. Madrid es una ciudad llena de misterios: aunque uno vea en las imágenes del telediario que en la operación salida están involucrados todos los habitantes de la ciudad, luego hay una mañana abundante en colas y muchedumbres que desmiente cuanto has visto en la tele. Es como si la gente se multiplicara por arte de magia. Como si nos reprodujésemos igual que los gremlins cuando los mojaban con agua.
Los primeros tenderetes con los que topé fueron los de los vendedores de musgo. La imagen del musgo la tengo asociada a los belenes de la infancia. Mis hermanos y yo íbamos al bosque de Valorio, por estas fechas, a coger un poco de musgo de las piedras. No mucho, sólo el suficiente para adornar el nacimiento. Quedaba mejor que el musgo falso, prefabricado, y así el salón o la entrada (dependiendo del lugar escogido para construirlo) olían a hierba húmeda y a tierra fresca durante todas las navidades. Desde que conozco estas barracas de postizos y pelucas de la Plaza Mayor, me gusta jugar a distinguir las caras de las caretas. No resulta tan fácil. Hay caretas muy bien hechas y caras reales demasiado fatigadas por los años o la fealdad. A veces se confunden. Supongo que algunos compradores también confundirán mi nariz con una napia postiza, de broma. Mis amigos suelen preguntarme dónde escondo las tiras de goma que sujetan mi enorme probóscide a la cara. Chistosos, ellos.
Antes de salir a dar este garbeo en el que imaginaba una ciudad vacía, leí en un periódico que en el centro, a medio camino entre la Gran Vía y Chueca, habían instalado el Mercado Gastronómico Urbano. Propuse una visita, atraído por la mención de la caseta en la que los Padres Mercedarios Descalzos de Toro venden licores artesanales. Quería ver el puesto. Atravesar el centro no fue fácil. Como siempre, colas en cualquier sitio: para comprar lotería, para entrar a una tienda de bolsos a precios reducidos, para pedir raciones y cañas en los bares, para comprarse una careta, para cruzar la calle. Antes de meternos en el Mercado Gastronómico entramos en una tasca castiza a picar unas tapas. Se come bien en esos sitios, pero uno debe dejar los escrúpulos en la puerta: los platos tenían tantas manchas resecas como los lamparones del jersey de un vagabundo; el camarero era un vejete con facciones de sátiro y las uñas un poco sucias; los calamares estaban deliciosos, pero de ellos chorreaba una sopa de grasa. Cuando llegamos al Mercado, la mayoría de los tenderos había echado el cierre. No pudimos olfatear los licores de Toro. Dimos un repaso rápido: ofrecían aceites de oliva, pastas, especias, infusiones, vinagres balsámicos, quesos de tetilla, escabeches, mermeladas, capón con trufa, conservas, legumbres y embutidos.

viernes, diciembre 08, 2006

Libro: Descalza sobre el trébol y otros relatos, de David Benioff


Exquisito libro de cuentos. Curiosamente, no he encontrado ninguna reseña o crítica de este título en España. Pero sí en blogs y periódicos de Sudamérica, donde prestan más atención al relato norteamericano. Y estos cuentos no deberían pasar desapercibidos. Casi todos ellos enamoran al lector. David Benioff es escritor y guionista. Suyo es el guión (y la novela en la que se inspira) de una de las mejores películas de Spike Lee: The 25th Hour (La última noche), en la que nos contaban las últimas horas de un hombre (Edward Norton) antes de entrar en la cárcel. También escribió el guión de Troya; ya sé que no fue fiel a Homero, pero era un trabajo de encargo y cumplió su cometido. Estos días, Benioff prepara el guión para Wolverine (Lobezno).
El título original del libro es When the Nines Roll Over and Other Stories. Frase hecha que vendría a significar algo así como "Cuando los nueves se dan la vuelta", o sea, que se convierten en seises y nuestra suerte cambia el rumbo. Esa circunstancia se incluye en todos los relatos: siempre hay un personaje al que le van bien las cosas hasta que un giro de la fortuna le hace estrellarse contra la realidad. Tipos que hoy están enamorados y viven con su pareja y mañana son abandonados; tipos felices y en la cima que al día siguiente enferman del virus del sida; mujeres que están a punto de alcanzar el sueño de su vida y éste se esfuma sólo por la decisión de un magnate. Esta vez voy a dar una pincelada sobre cada cuento.
-Cambio de cifra: un cazador de talentos ve la actuación de un grupo de música. Canta una chica, que está liada con el batería, Triste Joe. El cazador la convierte en estrella y la aleja de sus grupo y de su novio, porque en su mundo sólo cuenta el éxito.
-El diablo llega a Orekhovo es la historia de tres soldados rusos en Chechenia. El protagonista es el novato al que los otros dos putean para que se haga duro. La nieve, la guerra y la orden de matar convencen al chico de que aquello no es lo suyo.
-Zoantropía: el hijo de un cazador de leones tropieza en pleno Manhattan con un león escapado del zoo.
-Descalza sobre el trébol es el relato de un adolescente que roba un coche, se va de viaje y encuentra a la chica de su vida, con la que sólo pasa unas horas. Años después, cuando ya no es la estrella del deporte con la que soñaba ser y descubre que su vida es un fracaso, recuerda a la chica y se lanza a buscarla.
-Descomposición: un hombre metido en un refugio nuclear. Lo tiene todo previsto, y hasta ha llevado un ordenador portátil que guarda las obras clásicas de la literatura. Lee, escribe y recuerda a su madre muerta. Hasta que un virus informático empieza a destruir ese pequeño universo que él se ha creado.
-El jardín del no: un poeta y una aspirante a actriz que trabaja como camarera. Una y otra vez, a ella la rechazan para un papel. La chica, cansada del fracaso, le dice al poeta: Supongamos que escribes el poema perfecto (...) Y lo mandas y esperas y esperas, y al final un día abres el correo y tienes cien cartas, todas son una respuesta y todas dicen No (...) ¿Qué harías? Y él responde: Escribiría otro poema. Quizás escribiría un poema sobre recibir cien negativas en un día.
-Neversink: mi cuento favorito del libro. Creo que jamás olvidaré esta historia, la de un tipo enamorado de una chica y de las historias del pasado que ella cuenta. Cuando la mujer le deja, todo su mundo empieza a desvanecerse. El tipo advierte que sólo le queda un puñado de recuerdos. Un día yo era tu "monada", y al día siguiente "aún era tu mejor amigo". Me costó un poco darme cuenta de que "monada" es más que "mejor amigo", de que una monada consigue vivir contigo y hacerte el amor, mientras que el mejor amigo consigue simpáticos besos en la mejilla y prolongados abrazos. Un relato muy triste, pero absolutamente perfecto.
-Merde como premio: el narrador es un pasajero de avión que acaba de defecarse encima. Las azafatas tratan de pedirle que les acompañe a los servicios, porque la tripulación no aguanta el olor. Entonces él nos cuenta sus últimos años: cómo se enamoró de un hombre en los 90, salieron juntos y juntos contrajeron el sida. El efecto secundario de una de las miles de pastillas que le han recetado hace que no pueda evitar la diarrea. Durísimo cuento. Háganse un favor y lean este libro.

Días festivos (1) (La Opinión)

Es sólo una impresión, pero juraría que media ciudad se ha ido de viaje durante el puente de esta semana. Madrid, se nota en el aire y en el ruido, huele a vacío. He preferido quedarme aquí en lugar de ir a mi tierra o a otras provincias para evitar, precisamente, los atascos en carretera. Son demasiadas horas metido en el coche, viendo pasar el tiempo, como para arriesgarse. Y para eso ya tendré de sobra cuando empiecen las navidades. Luego he leído que la operación salida no registró grandes dificultades. Pero ya han fallecido siete personas en la carretera, a la hora de escribir este artículo: que se lo cuenten a ellas. Que haya un único muerto supone, a mi juicio, demasiadas dificultades. El martes por la tarde, en las calles y en las terminales del metro se notaba cierta urgencia de los ciudadanos por ir a las compras de última hora, por salir del trabajo y coger el coche para largarse. Parecía la tarde previa a Nochebuena, con los comercios y los supermercados atestados de personal con prisa. En la cola de la caja de una librería escuché a unas chicas hablando de novelas. “No he vuelto a encontrar ningún libro que me llame la atención”, dijo una. La otra respondió: “Yo, desde que leí La Sombra del Viento, tampoco”. Fue como si la depresión me hubiera dado un navajazo pasajero en el estómago. Allí estaba yo, buscando títulos que no encontraba, sacando tiempo hasta de debajo de las piedras para leer toda mi biblioteca (tarea imposible, que nadie logrará nunca), descubriendo cada semana autores imprescindibles a los que no conocía, angustiado por esas pilas de libros que aumentan terroríficamente en mi mesilla, obsesionado con absorber toda la literatura como si fuera una esponja, y una chica dice que desde aquella novela no ha vuelto a encontrar nada. Sentí deseos de decirle: “Busca bien. Este local rebosa de tesoros a descubrir. Casi todas las joyas están aquí reunidas. Sólo has de tener olfato y saber buscar un poco. Lo demás vendrá rodado”. Regresé a casa a las ocho. Una hora después salí a hacer otro recado por el centro y ya no había tanta gente.
A la mañana siguiente, miércoles, volví por el centro: se notaba que era fiesta y que estábamos al principio del puente. Ni siquiera vi colas en Casa Labra. Sólo encontré una muchedumbre frente al famoso Zoo de Cortylandia. Padres con sus hijos, viendo los animales colgados en la fachada del Corte Inglés y gente disfrazada de superhéroes y de personajes de dibujos animados, que entretenía a los niños haciéndoles nudos a los globos. No sabía nada de ningún Zoo y la librería a la que iba estaba en frente. No fue fácil acceder a ella. Dentro, por suerte, no había colas ante la caja. Los niños de la calle, con sus padres al lado, miraban maravillados los disfraces y los muñecos puestos en la fachada del edificio. En algún sitio tengo leído que esto es una tradición entre las familias que viven aquí. Los padres que ahora llevan allí a sus chavales son los niños (ya crecidos) que antaño iban a verlo. Desde fuera parece una chorrada, pero eso es porque nos hemos hecho mayores.
Mientras aquí la mayoría de la gente con días libres en el trabajo parece que se ha marchado a esquiar o a su tierra a pasar la semana, en Zamora los hoteles están al borde de la ocupación, según nos contaba este diario. También ha habido algunas cancelaciones en los hoteles. Se sospecha que es debido al mal tiempo. El martes por la tarde y por la noche sobraron las lluvias en Madrid. Agua y frío. Se prevé idéntico temporal para toda la semana.

jueves, diciembre 07, 2006

Clive Barker y sus libros sangrientos


Llevo meses buscando los dos primeros volúmenes de cuentos de Libros de sangre, reeditados por La Factoría de Ideas. Su autor es Clive Barker. El segundo tomo lo conseguí en seguida: lo tienen en cualquier librería.
El primero lo busqué en librerías grandes, en librerías de saldo, en las casetas de Moyano, en las grandes superficies, incluso lo pedí por internet. Pero no hubo suerte: estaba agotado en todas partes.
Ayer me enteré de que habían decidido sacar una segunda edición y corrí a comprarlo. Por fin lo he conseguido y supongo que otros lectores aficionados a la literatura de terror también andarán buscándolo. Al parecer, algunos relatos incluidos como El tren nocturno de carne o El libro de sangre son ya clásicos. Y aún faltan por traducir más volúmenes, anunciados por La Factoría de Ideas.

Aquel grupo salvaje (La Opinión)

En aquellos tiempos en los que en mis bolsillos sólo había arañas tejiendo sus trampas, tuve que recurrir mucho a la Biblioteca Pública y a la Biblioteca Municipal de Zamora. Cada vez que sacaba un libro, y éste me gustaba, anotaba su título y su autor en una lista. La lista fue aumentando, envejeciendo, rasgándose por el uso frecuente y el tiempo. De vez en cuando la pasaba a limpio a otro folio. Un día me cansé de registrar tantos títulos. El último folio quedó en algún cajón y me dije que, en lo sucesivo, quizá me topara con esos libros, pero que no debía preocuparme tanto. Me gustaba, en las bibliotecas, coger prestados los volúmenes de la extinta Editorial Thassàlia. Se trataba de novelas negras, duras, de personajes implacables y diálogos que cortaban como navajas de barbero. Tres autores incluidos en Thassàlia me llamaron la atención, entonces: el norteamericano Jerome Charyn, el brasileño Rubem Fonseca y el exiliado en Francia, y también norteamericano, Marc Behn. Me llevé en préstamo varios de sus libros, pero no recuerdo haberlos leído todos. No me suenan las frases de Behn, pero sí sus argumentos. De Fonseca leí algunos relatos. Pero quien me fascinó fue Charyn, uno de los grandes autores de novela negra, a la altura de James Ellroy y Elmore Leonard, e incluso puede que mejor que ellos.
Han transcurrido demasiados años desde entonces, pero esos autores deambulaban por algún resquicio de la memoria, a la espera de ser incluidos en mi propia biblioteca. Por azar, en los tenderetes de la Cuesta Moyano y sus casetas repletas de joyas y de baratijas encontré un puesto en el que vendían los libros de Thassàlia a precio de saldo. Pude llevarme unos cuantos a casa, a un euro la pieza. Títulos de este trío, Charyn, Fonseca, Behn, y otro más de un autor casi inédito en España, Joe R. Lansdale. Como sé que todavía existen tres o cuatro lectores fieles al género negro y de suspense, quisiera dar unas breves pinceladas sobre ellos.
Jerome Charyn. Han reeditado varias obras suyas. Quizá sea el escritor más fácil de encontrar en librerías, de entre el grupo mencionado. Su biografía cuenta que es hijo de emigrantes judíos rusos y polacos y que se crió entre las bandas del Bronx. Así que figúrense. Sus novelas son una montaña rusa. “Ojos azules”, “Las chicas de María”, “Llamado Paraíso”, cualquiera de ellas es recomendable. De Fonseca sólo he leído relatos, pero en alguna parte cuentan que este autor dijo que un escritor debe tener el coraje de mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. Escritor, guionista, crítico de cine, abogado, policía, lector compulsivo (la leyenda dice que lee un libro al día): su biografía es jugosa, pero él huye de las entrevistas como si fueran la peste. Sus libros abordan la corrupción, la violencia, la escatología, el crimen. De Marc Behn acabo de leer “No pretendas saber más”, novela coral e inclasificable por la que se pasean forenses necrófilos, asesinos en serie, lesbianas, policías, fantasmas, yonquis y ninfómanas. Es un autor de culto y, hoy, poco conocido en España. Aún no sé si esa novela me ha gustado. Su estilo seco es bueno, pero creo que no estamos preparados para leer la rara mezcla de géneros y personajes dispares que él cultiva. Y luego está Lansdale. De él cogí “Mucho mojo”. Aquí tradujeron, también, “Cuando el río suena”. Lansdale es autor del cuento en el que se basa esa delicia de serie b titulada “Bubba Ho-Tep”. “Mucho mojo” es un gran libro, macabro y humorístico: la historia de dos colegas (un perdedor heterosexual blanco y un homosexual negro) que hallan el esqueleto de un niño en una casa. Thassàlia juntó a un auténtico grupo salvaje.

miércoles, diciembre 06, 2006

Citas. 18


Definitivamente, sólo hay dos tipos de escritores que se corresponden con dos especies de lectores: quienes escriben (leen) para salvar el tiempo; quienes escriben (leen) para matarlo.

Tomás Sánchez Santiago, Para qué sirven los charcos

Líquidos al moverse (La Opinión)

Por la mañana leo un viejo artículo de António Lobo Antunes, recogido en su “Segundo libro de crónicas”. Siempre descansa alguna recopilación de artículos en mi mesilla. Y encuentro, en las palabras de Lobo Antunes, esta maravillosa descripción felina o a propósito de los felinos: “Me gustaban los gatos, por ser sólidos estando quietos y líquidos al moverse, lazos de sombra escapando entre los girasoles”. Se refiere a los gatos que divisaba cuando, de chico, vivía en provincias. En provincias se paladean mejor ciertos aromas, ciertos placeres, ciertos paisajes, porque los sentidos no los emboscan la polución, el exceso de ruido y la jungla de rascacielos. Nunca faltan los descerebrados que pretenden insultarnos aludiendo a nuestra condición de “gente de provincias” y, sin darse cuenta, lo convierten en lo que es, o sea, un halago, dado que las grandes ciudades las han construido los emigrantes de provincias. Que vayan tomando nota.
Lobo Antunes rescata en ese artículo la memoria de su tierra, y la mejor frase es la que he citado al principio. Sólidos estando quietos y líquidos al moverse. Los hombres deberíamos aprender, al menos, el movimiento pausado y sigiloso de los gatos. Entre otras virtudes que deberíamos aprender de ellos, salvo lo traicioneros que son, algo en lo que el ser humano gana por ventaja al felino y, si no me creen, den una vuelta por las noticias. En el telediario, la noche antes a la lectura de esa crónica, vi cómo los bomberos rescataban, de un incendio, al gato de una señora que vivía sola. Me figuro que el personal sin entrañas, al verlo, soltará frases de este cariz: “Vaya tontería”, “No me molestaba yo por un animal”, etcétera. Sin embargo, no se plantean que se trata de un ser vivo y que la mujer, una viuda octogenaria, necesita su compañía casi tanto como el oxígeno; para exterminar la soledad y para distraer sus días. Se necesitan mutuamente. La prensa y la memoria van tejiendo sus hilos durante la mañana y desde aquí llego a otra noticia y a un recuerdo reciente. La noticia: en algún lugar de Argentina los bomberos tuvieron que emplear diez horas para rescatar a un felino que un grupo de adolescentes sin seso había arrojado dentro de las cañerías del sistema de ventilación de un complejo de viviendas.
El recuerdo reciente: en Zamora, el fin de semana pasado. Dejé que mi gato saliera al patio, a disfrutar de la luz natural, el aire y el vuelo raudo de los pájaros. Me puse un jersey de cuello alto porque en la provincia ya arrecia ese frío algo húmedo y con ráfagas de viento helado que parece cortar la piel. En cuanto el animal sale a la intemperie, los elementos lo embargan de gozo y felicidad: se tumba en el suelo, boca arriba, y se revuelve de un lado para otro. Unos minutos después, y a pesar del polvo que el pelo de su lomo recoge en estos ritos de alegría, cuando uno va a acariciarlo, a posar la palma de la mano entre el pelaje, observa que no hay ni rastro de suciedad. En algún momento se habrá dedicado a lavarse. Dudo que exista especie más limpia. Los revolcones por el suelo no cesan, sólo los interrumpe de vez en cuando. En esas interrupciones aprovecha para cruzar el patio de un extremo a otro, para observar lo alto de los muros en los que se alojan los pájaros durante unos segundos. Se dedica a mirarlos, igual que, como todo gato, es capaz de dedicar horas a la simple observación de las tareas cotidianas de mi madre, que convive con él. Mientras el felino mira, husmea y se revuelca, cojo un libro y leo de pie, sintiendo el aire de hielo en la cara. Él continúa observando. Observar en silencio propicia sabiduría.

martes, diciembre 05, 2006

Libros del Año en USA


A los norteamericanos les encantan las listas. Vía Iván Thays, me entero de los 100 Notables Books del 2006 del blog The Literary Saloon y del Top Ten Best Books 2006 de The New York Times. Si me gustan dichas listas es porque descubro libros y autores que, con suerte, serán traducidos en España; otros, por desgracia, permanecerán inéditos.

En los 100 Notables se encuentran el último Thomas Pynchon, el nuevo libro de Colson Whitehead (en España tradujeron su modesto e interesante El coloso de Nueva York) y el de David Mitchell (de quien Tropismos nos sirvió Escritos fantasma y El atlas de las nubes, que tengo aguardando turno en la mesilla), los relatos reunidos de Amy Hempel (escritora muy admirada por Chuck Palahniuk y de quien en este país sólo se ha publicado un libro, ya inencontrable), la Elegía de Philip Roth, The Road de Cormac McCarthy, lo último de Richard Ford, John Updike, David Foster Wallace (algún día me leeré La broma infinita: lo prometo) y Jonathan Franzen, el Lisey's Story de Stephen King, El ocaso de los superhéroes de Deborah Eisenberg (que recomendamos en este blog, hace poco) y otra novela de ese prodigio llamado Mark Z. Danielewski (escritor de cuya existencia supe gracias al rincón de Alvy Singer, que reivindicaba su traducción en España). Una lista, en fin, muy apetecible.

En cuanto al Top Ten del NYT, otra vez Amy Hempel y Richard Ford y otra novela que ocupa el primer puesto en ambas listas: Absurdistan, de Gary Shteyngart, joven escritor cuyo libro describen como un cruce humorístico entre Gogol y Borat.