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miércoles, enero 29, 2020

Cumbres Borrascosas [Post reeditado], de Emily Brontë


[Nota: escribí la entrada que figura abajo hará unos 4 años y pico. Hace poco comprobé en mi cuenta de Gmail que Google me había retirado dicho post porque una editorial lo solicitó. Al parecer, según ellos, incurría en "una presunta infracción de contenidos", y asociaban el término "EBOOK" a mi post, que sólo incluye 3 fragmentos breves de la novela de Brontë en la edición y traducción DE OTRA EDITORIAL (es decir, Valdemar, como figura abajo), que no es la que pidió que retirase el contenido. Dicha editorial, a la que no nombraré para evitar que ocurra de nuevo, también publicó una traducción (OTRA TRADUCCIÓN) y supongo que, en sus búsquedas, han asociado nombres y títulos con los fragmentos… creyendo que yo he colgado aquí el libro. En fin, es más sencillo de lo que parece. Como no he cometido ninguna infracción (salvo si Valdemar me comunicara lo contrario), recupero el post]:

Creí que nunca leería Cumbres Borrascosas por una sola razón: la mayoría de los clásicos se han adaptado tantas veces y en tantos formatos (en películas y remakes y nuevas versiones, en cómics, en ediciones juveniles recortadas, en series de televisión…) que uno se conoce los argumentos de memoria. Sin embargo, no suelen ser trasladados a la perfección y, por muchas veces que hayamos visto Frankenstein en el cine o en la tele, ninguna de las versiones es totalmente fiel a lo narrado por Mary Shelley, y la novela siempre te descubre aspectos que las adaptaciones ocultaban, detalles importantes de los que un guionista debe prescindir y personajes secundarios que a menudo faltan y resultan necesarios para la trama. En definitiva, el original siempre ofrece más.

No sé cuántas películas basadas en la novela de Emily Brontë habré visto ya: al menos tres, puede que más, puede que haya olvidado alguna que otra. Una vez decidido a leer Cumbres…, tuve que afrontar otra tarea engorrosa: elegir la traducción. En Twitter sostuve una conversación a tres bandas sobre el tema y estaba tentado de comprar la traducción más famosa (la de CMG para A. Editorial). Y me he pasado varias horas recorriendo las librerías para tomar las distintas ediciones y leer la primera página de cada una, a ver cuál sonaba mejor. Cuando reduje la elección a una de estas dos: la de A. Editorial y la de Valdemar, finalmente decidí que, aunque la de CMG seguramente sea más literaria y más alabada, la de Rafael Santervás es más moderna, más reciente. Y prefiero las traducciones más actuales. Pongo un ejemplo: la traducción revisada por la propia traductora de El guardián entre el centeno es mucho mejor que la antigua, dado que la época y la censura y las circunstancias de antaño obligaban a recortar ciertas palabras o a suavizar las palabrotas y los exabruptos. Otro peligro de los clásicos es que, al estar liberados de derechos, todo dios aporta su edición, y las más de las veces su versión en castellano es un truño. Numerosos lectores han abandonado ciertos clásicos porque se compraron una versión mal traducida.

Pese a lo anterior, si algún día releo Cumbres Borrascosas (y seguramente lo haga dentro de unos años), entonces sí, entonces compraré la de A. Editorial. Como de la novela ya se ha dicho todo, no puedo aportar mucho. Salvo decir que es apasionante, que uno la devora en pocas sentadas y que a ratos detesta un poco a Heathcliff, aunque es un rebelde con causa (algo que no recuerdo que me pasara con las películas). Y tiene mucho sentido que haya salido en El Club Diógenes de Valdemar, pues estamos ante un libro siniestro, de ambientes góticos y terroríficos, de situaciones retorcidas y personajes aún más malvados de lo que uno esperaba. Así que no se la pierdan. Aquí van tres extractos:  

Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. Borrascosas es un adjetivo muy relevante a nivel local que describe la perturbación atmosférica a que está expuesto el lugar en tiempo de tormenta. Allá arriba deben de tener, desde luego, una ventilación pura y vigorizante en todo momento; se puede adivinar la fuerza del viento norte soplando sobre los contornos por la excesiva inclinación de unos cuantos abetos enanos al final de la casa y por una fila de esqueléticos espinos, todos ellos estirando sus miembros en una sola dirección, como mendigando la luz del sol.

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El espectro exhibió el capricho normal de los espectros: no dio señales de existir.

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-Pero, señora Heathcliff, todos hemos tenido un comienzo y todos hemos tropezado y hemos vacilado en el umbral. Si nuestros maestros nos hubieran regañado en lugar de ayudarnos, estaríamos todavía tropezando y vacilando.



[Valdemar. Traducción de Rafael Santervás]

domingo, enero 26, 2020

La herencia, de Vigdis Hjorth



Mi padre murió hace cinco meses, en un momento oportuno o inoportuno, según se mire. Yo creo que él no habría tenido nada en contra de desaparecer de una manera tan repentina justo entonces, hasta incluso pensé que se había caído a propósito cuando me lo dijeron, antes de conocer los detalles. Se parecía demasiado a lo que se lee en las novelas para poder ser casual.
Durante las semanas anteriores al fallecimiento, mis hermanos habían mantenido una enardecida disputa sobre un anticipo de la herencia, en relación con las casas de la playa de la familia en las islas de Hvaler. Y solo dos días antes de que mi padre se cayera, yo me había único a la disputa poniéndome de parte de mi hermano, en contra de mis dos hermanas pequeñas.

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Cuando ese mismo día me encontré con Klara junto al quiosco Narvesen y le conté llorando lo ocurrido, ella me dijo que tenía que romper. Tienes que romper.
¿Eso se puede hacer?, le pregunté, entre sollozos. Sí, contestó, lo hace mucha gente. Y la idea de no tener que volver a verlos nunca más me alivió al instante. No tener que tomar postura, no tener que escuchar llantos, reproches ni amenazas, no tener que poner excusas, defenderme ni explicarme para de todos modos no ser comprendida. ¿Era posible romper? Sí, dijo Klara. Yo no tenía que decir ni escribir nada, simplemente decidirlo, y ya estaba decidido, rompo, decidí, allí, junto al quiosco Narvesen, en Bogstadveien, y estaba hecho.

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Me subió por dentro una enorme compasión al pensar en mi padre, en la vida de mi padre, mi pobre, mi pobre padre, que cometió varios disparates cuando era joven, algo que no podía deshacerse, que no podía repararse, y no sabía cómo soportarlo, cómo vivir con ello.

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Uno no se vuelve bueno sufriendo. Por regla general uno se vuelve malo si sufre. La disputa sobre quién lo ha pasado peor es pueril. Los oprimidos suelen acabar mutilados, con una vida sentimental destrozada, suelen adoptar la manera de pensar y los métodos de actuar de los opresores, esa es la consecuencia más infame de la opresión, que destroza a los oprimidos haciéndoles menos capaces de librarse. Cuesta mucho trabajo convertir el sufrimiento en algo útil para alguien, sobre todo para el sufridor.

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Ese tiene que ser el objetivo y el sentido de las cosas, vivir muchos momentos como ese que compensen lo doloroso, construir una casa de momentos como ese en la que poder refugiarse en tiempos duros.

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Gran parte de la comunicación desaparecía cuando uno no veía a la familia, no escuchaba las voces, no veía el lenguaje corporal. Por esa razón le interesaba tanto el encuentro físico. Cuando las personas no se ven, aumentan la distancia y la probabilidad de demonización.


[Mármara Ediciones & Nórdica Libros. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo]

domingo, enero 19, 2020

La actualidad innombrable, de Roberto Calasso



La obsesión recurrente que recorrió el siglo XX fue la del control social. Devenida entidad soberana y emancipada de cualquier vínculo, la sociedad recibía el encargo de controlar y plasmar su propia esencia. […] Fueron múltiples las modalidades de control, principalmente reconducibles a dos preceptos observados en la Oceanía de Orwell: "Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado".
[…]
No fue la última modalidad del control. A comienzos del nuevo milenio, cuando se estabilizó el imperio digital, se hizo evidente que control significa ante todo control de los datos. La situación se invirtió. Esos datos no eran ya extraídos a la fuerza de lo alto, sino que eran espontáneamente ofrecidos desde lo bajo, por innumerables individuos. Eran la misma materia sobre la que ejercer el control.

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La traducción de hacker por "pirata informático" es imprecisa y equívoca, porque ignora el aspecto de operación sobre la forma inherente al término inglés. Hacker es quien corta, pega y –eventualmente– desarma, recompone, fragmenta una forma. Sin esta acción sobre la forma no hay hacking, en tanto que la piratería es un puro acto de agresión y sustracción. 

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La llaga abierta de la democracia es la posibilidad de que, por vías legales, alcance el poder quien se propone abolir la democracia misma, como sucedió con Hitler en enero de 1933. Llaga irremediable y noble, porque la democracia se muestra allí como un ser viviente que esconde en sí el germen de la autodestrucción. En el caso de que se pretenda curar la llaga con una terapia traumática, generalmente con un golpe de Estado, se abre una vía que acaba por revelarse como la premisa de los futuros desastres.

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Caminar por la calle en una ciudad desconocida, dejarse llevar, vagar hacia lo que atrae en cada momento. Ya son costumbres obsoletas, a las que pocos se atienen. Viajar, ahora, significa tener un objetivo; el sexo es más claro, netamente circunscrito y pragmático. Por eso vale como modelo para quien se atiene a la verdadera novedad del turismo del nuevo milenio: el turismo para hacer el bien, también conocido como "volunteer travel".

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Un gran trastorno psíquico, que nadie será capaz de circunscribir, ha sido provocado –y sigue siéndolo– por la confluencia entre lo digital y lo digitable. El saber asume la forma de una enciclopedia única, en permanente y proliferante expansión, en una línea de principio digitable. Enciclopedia que yuxtapone informaciones impecablemente verídicas e informaciones infundadas, igualmente accesibles y bajo el mismo plano. Lo que es digitable pertenece a lo que es familiar, por eso puede tratarse con afectuoso descuido. El saber pierde prestigio y aparece como constituido por voces errantes, incontrolables, ruidosas

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Existe además otro aspecto, no menos desestabilizador, de la disponibilidad informática. Todos poseen hoy la capacidad de producir, sin ninguna conexión, palabras e imágenes, virtualmente divulgables por todo el mundo, para un público ilimitado. Cosa que basta para suscitar un difundido delirio de omnipotencia, pero no ya como fenómeno clínico. Al contrario, como enriquecimiento de la normalidad. La metonimia ha pasado a formar parte del sentido común.

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A un siglo exacto de distancia hemos pasado del dadaísmo al dataísmo, de Dadá al Big Data.

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Las verdaderas sugerencias esotéricas aparecen en las conclusiones y son agudas: "En el pasado, la censura ha operado bloqueando el flujo de la información. En el siglo XXI, la censura opera sumergiendo a la gente en informaciones irrelevantes" [Yuval N. Harari]. Teorema del que se deduce un corolario: "Tener poder, hoy, significa saber qué es lo que debe ser ignorado" [Yuval N. Harari]. Es una glosa a un nuevo Maquiavelo, y como tal debe tomarse en serio.

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30 de enero de 1933. Klaus Mann parte de Berlín por la mañana temprano, "como impulsado por un mal presentimiento". Calles vacías, ciudad dormida. "Iba a ser mi última mirada a Berlín, la despedida". Parada en Leipzig. En la estación aparece su amigo Erich Ebermayer. Pálido, nervioso. "¿Qué pasa?", le pregunté. Pareció sorprendido. "¿Cómo? ¿No lo sabes? El viejo lo ha nombrado hace una hora". "¿El viejo?... ¿Ha nombrado a quién?" "A Hitler. Es canciller". 

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7 de junio de 1939. En la posdata de una carta a Margarete Steffin, Benjamin escribe: "PS: Karl Kraus ha muerto demasiado pronto. Escucha esto: la Sociedad Vienesa del Gas ha suspendido el servicio de gas a los judíos. El consumo de gas por parte de la población judía comportaba pérdidas a la Sociedad del Gas, porque, a pesar de ser los mayores consumidores, no pagaban la factura. Los judíos utilizaban el gas principalmente con el objeto de cometer suicidio".


[Anagrama. Traducción de Edgardo Dobry]

lunes, enero 13, 2020

Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh



Cada vez que me despertaba, de día o de noche, me arrastraba por el luminoso vestíbulo de mármol de mi edificio y subía por la calle y doblaba la esquina donde había un colmado que no cerraba nunca. Me pedía dos cafés grandes con leche y seis de azúcar cada uno, me tomaba de un trago el primero en el ascensor de regreso a casa y luego a sorbos el segundo, despacio, mientras veía películas y comía galletitas saladas con formas de animales y tomaba trazodona y zolpidem y Nembutal hasta que volvía a dormirme. Así perdía la noción del tiempo. Pasaban los días. Las semanas. Unos cuantos meses. Cuando me acordaba, pedía comida al tailandés de enfrente o una ensalada de atún a la cafetería de la Primera Avenida. Me despertaba y me encontraba en el móvil mensajes de voz de peluquerías o spas confirmando citas que había reservado mientras estaba dormida. Llamaba siempre para cancelarlas, y odiaba hacerlo porque odiaba hablar con la gente.

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No puedo señalar ningún acontecimiento concreto que provocase mi decisión de hibernar. Al principio, solo quería unos sedantes para acallar mis pensamientos y mis juicios, ya que el aluvión constante me ponía difícil no odiar todo y a todos. Creía que la vida sería más llevadera si el cerebro tardaba más en condenar el mundo a mi alrededor.

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Nada tenía visos de realidad. Dormir, despertar, todo parecía un vuelo gris y monótono a través de las nubes. No mantenía conversaciones mentales conmigo misma. No había mucho que decir. Así supe que el sueño estaba surtiendo efecto: cada vez estaba menos apegada a la vida. Si seguía adelante, pensaba, desaparecería completamente y luego reaparecería bajo una nueva forma. Esa era mi esperanza. Ese era mi sueño.

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Nos sentamos en el sofá, yo con mu segundo café y con mi bote de muestra de Infermiterol, Reva con su helado de yogur de fresa desnatado. Vimos lo que quedaba de peli porno en completo silencio. Después de un día entero meditando sobre la muerte, era un gusto ver a gente liándose. "Procreación –pensé–. El ciclo de la vida". En la escena de la mamada, me levanté a mear. En la escena de comida de coño, Reva se levantó y vomitó, creo. Luego fue a la cocina a buscar un sacacorchos, abrió una botella de vino del funeral, volvió al sofá y se sentó. Nos fuimos pasando la botella y vimos cómo se escurría el esperma por la cara de la chica. Se le quedaron pegotes en las pestañas postizas.

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Había bebido de más. Me tumbé en el sofá. Luego me dio hambre, así que me comí el budín de plátano y vi Frenético tres veces seguidas; me tomaba unas cuantas pastillas de Orfidal cada media hora o así, pero seguía sin poder dormir. Vi La lista de Schindler, que esperaba que me deprimiese, pero solo me enfureció, y luego salió el sol, así que tomé Lamictal y vi El último mohicano y Juego de patriotas, pero aquello tampoco surtió efecto, así que me tomé unas cuantas pastillas de Placidyl y volví a poner El juego de Hollywood. Cuando terminó, miré la hora en el reloj del vídeo. Era mediodía.


[Alfaguara. Traducción de Inmaculada C. Pérez Parra] 

jueves, enero 09, 2020

Una soledad demasiado ruidosa, de Boumil Hrabal


Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas.

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[…] y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.

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[…] los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.

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Si supiera escribir, haría un libro sobre la mayor suerte y la mayor desgracia de los hombres. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común. Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese fuljo. No soy sino un tierno carnicero. Los libros me han enseñado el placer y la voluptuosidad de la devastación, soy feliz cuando diluvia, me encantan los equipos de demolición, paso horas y horas de pie mirando cómo los dinamiteros hacen saltar por los aires manzanas enteras, calles enteras, como si hinchasen neumáticos gigantes, devoro con los ojos el primer segundo, cuando se levantan los ladrillos y las piedras y las vigas y un momento después las casas caen suavemente como vestidos desabrochados que se deslizasen por el cuerpo, como un transatlántico que se sumergiese en el mar tras la explosión de las calderas.

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[…] nos veíamos mejor en la oscuridad que con luz, a mí siempre me ha gustado la caída del sol, me parece el único momento en que pueda pasar algo importante, la luz del crepúsculo lo embellece todo, las calles, las plazas, la gente parece aterciopelada como las flores, como los pensamientos morados y amarillos, incluso a mí mismo me percibo más joven y de mejor ver, me agrada observarme en el espejo cuando oscurece, palparme la cara, entonces la encuentro lisa, sin arrugas en las comisuras de los labios ni en la frente; el crepúsculo aporta belleza a mi vida cotidiana.

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[…] ahora seguían trabajando con toda la calma del mundo, separaban flemáticamente el interior de los libros de las tapas y echaban sobre la cinta las horrorizadas y erizadas páginas, indiferentes e inmutables, sin darse cuenta del valor de cada libro, sin pensar que alguien lo habrá escrito, corregido, leído, ilustrado, impreso, compaginado y publicado, y que después otra persona habrá ordenado su aniquilación, lo habrá cargado en un camión y traído hasta aquí donde jóvenes obreros con guantes rojos y azules y amarillos y naranja extirpaban sus entrañas y las tiraban a la cinta transportadora, muda pero exacta, que a empujones conducía las páginas erizadas a la prensa gigante que las comprimía en paquetes que luego pasarían a las fábricas de papel donde los transformarían en papel blanco, puro e inocente, inmaculado y todavía no ensuciado por las letras, con el que más tarde imprimirían nuevos libros…


[Galaxia Gutenberg. Traducción de Monika Zgustova]

domingo, diciembre 22, 2019

El zafarrancho aquel de via Merulana, de Carlo Emilio Gadda



A estas alturas, todo el mundo lo llamaba don Cebón. Era el comisario Francesco Ingravallo, destinado a la brigada móvil: uno de los más jóvenes y, quién sabe por qué, envidiados funcionarios de la sección investigativa: ubicuo en cualquier caso, omnipresente en todo asunto tenebroso. De estatura mediana, bastante rechoncho de figura, o tal vez algo achaparrado, de cabello negro y tupido y encrespado, que le salía del medio de la frente casi como para resguardar las dos protuberancias metafísicas del hermoso sol de Italia, tenía cierto aire somnoliento, andares pesados y descoyuntados, maneras algo aleladas, como alguien que lucha con una digestión laboriosa: vestido como los enjutos honorarios estatales le permitían vestirse, y con una o dos manchitas de aceite en la solapa, casi imperceptibles sin embargo, algo así como un recuerdo de la colina de Molise.

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A la mañana siguiente los periódicos dieron la noticia de lo ocurrido. Era viernes. Los cronistas y el teléfono habían estado dando la tabarra toda la noche: tanto en via Merulana como más abajo, en Sante Stefane. De este modo, por la mañana, el gran chaparrón. "Horrendo crimen en via Merulana", gritaban los voceadores, con sus paquetes de periódicos entre las rodillas de la gente: hasta las doce menos cuarto. En las páginas de crónica, dentro, un titular en negrita a dos columnas; pero, a continuación, sobrio y bastante despegado, venía el parte: una columnita apenas, esmirriada, diez líneas hasta el remate, "la investigación prosigue sin pausa": y arguna otra palabreja, pa contentá: de estricta marca neoitálica. Ay, los buenos tiempos ya pasaos… en los que por un rasgao de mandolina de una maritornes en plaza Vittorio, se soltaba un rollo de media página de largo. La moralización de la Urbe y de toda Italia a la vez, er concepto de una mayor austeridad civil, se abría camino por aquel entonces.

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Quien está convencido de tener razón a la fuerza, ni se le pasa por la cabeza carecer de ella en derecho. Quien se reconoce genio, y faro de las gentes, incapaz es de sospechar que no pasa de cabo de vela moribunda, o asno cuadrúpedo.

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La Zamira, dado que de ella se trataba, tan desgreñada y harapienta, una escoba en la mano, a la que precedía pertinente amasijo de hogareñas lanas y rastrojos y de porquería indefinible, acogió a los dos tipos con la salivosa lubricidad de la sonrisa profesional y la falsedad pueblerina de la mirada. La resultante mueca, lívida por la ventana con la blancura incierta del tiempo y luego iluminada por un repentino dardo del sol, pretendió despachar como muy agradable tan desagradabilísima visita.

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Allí no le resultó nada difícil, dado el optimismo en popa que lo iba empujando entre el arremolinarse de las mujeres, cargadas de colmas redes o de capachos, frondosas de brócolis, no le fue difícil reconocer por la descripción de la Ines, y ya desde unos pasos de lejos al tipejo, al gentil cornetín que le hacía al caso. Estaba erguido, detrás del mostrador, ¡con dos ojos!, lo más opuesto, en ese momento, al miedo y la timidez que había decantado la Ines, y con la melena bien espesa y cargada de unto toda de un lado: en compañía de la abuela, se encontraba. En la cima, cayendo un poco sobre la frente, las hebras del cabello se habían rizado como escarola tras el caprichoso retoque del peine, o como el tumbo de una ola de mareta cuando un instante la rebulle antes de disponerse a desistir, y abandona el ruedo finalmente. 


[Sexto Piso. Traducción de Carlos Gumpert]

miércoles, diciembre 18, 2019

Eisejuaz, de Sara Gallardo



Yo soy Eisejuaz, Éste También, el del camino largo, el comprado por el Señor. Paqui está aquí. Ya sale el sol. Ya sale el tren. La campana del tren, la campana del franciscano. El último tramo del camino de Eisejuaz empezó. El auto del reverendo sale para Salta porque es la fiesta de los gringos noruegos; los hijos se ponen corbata de moño para la fiesta y son como cría de gallina. "Hoy es tu cumpleaños, Lisandro –decían– y pasado mañana la fiesta del noruego". Pero Eisejuaz no puede volver con los noruegos. Ya terminó el segundo y el tercer tramo de su camino.

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Pero yo dije:
-No voy a comer. No necesito nada. Me mordí la lengua solamente.
Y en mi corazón decía al Señor: "¿Por qué pasó esto?". Era de día, y todo lo veía como de noche. Forzaba los ojos, y veía oscuro. Miraba, y veía negro. El alma ya se quería escapar. No había sitio para ella, vacía como estaba. Sin fuegos, sin hamacas, sin casas para los mensajeros del Señor lista para irse, no había sitio para ella en el mundo sin los ángeles que atan al mundo.

**

Paqui habló solo. Y lo oí, sentado afuera en la casa.
-Hijo de perros, bestia hedionda, ¿quién te creés que soy? Mataco inmundo, vagabundo, por los caminos sin camisa, con un palo en la mano. Salvaje. Pobre corazón, pobre Paqui viejo querido, cómo te ves, dónde quedaste. Y aquel traje de hilo, a viejo llorón hablando de tus hijos, cobráselo a tu abuela, viejo llorón. Y el traje marrón cruzado, con chaleco rayado. ¿Por qué tienen que llamarme traidor ustedes, hijos de ratas, si no quedó ninguno para contar la historia? Paqui, Paqui querido; mataco hijo de mil perros.
Entré, me senté cerca del fuego. Y lo miré.

**

Les dije:
-¿Creen que Eisejuaz no sufre? Es jefe, y no nació para ser jefe. Ha visto al espíritu que lo habita y conoció su nombre, pero sus hermanos están fuera de ese nombre. Y las razones de esto no las sabemos.
Uno de ellos:
-No comprendemos todas tus palabras pero comprendemos cómo nuestra vida se ha vuelto mala.
Yo les dije:
-¿A dónde irán los piojos del hombre que muere? Ya su cabeza se enfría. Ya huyen, turbados y perdidos, sin saber a dónde van. Ciegos corren por el polvo, ajeno, enemigo, que no los recibe. Angustiados, no saben a dónde los guía su corazón. Buscan nuevo calor, allí se meterán, sin elegir. Si hay piojos en aquel lugar, malo será el encuentro. Si quieren vivir allí, se harán insoportables. Lavados, morirán, unos y otros. Ciegos y turbados han corrido, sin saber a dónde ir. Su cría bajo la tierra, con aquel hombre muerto, olvidará el calor y los mensajeros de la vida. Los gusanos serán sus compañeros, y su recuerdo se perderá. Así digo a mis hermanos matacos y también a los tobas: ¿a dónde iremos, ahora que el monte se ha enfriado? A los chahuancos, a los chiriguanos, a los chaneses y a todos digo: ¿adónde iremos? No hay lugar para nosotros ni allá ni acá. Allá el ruido de los blancos termina con nuestro alimento. Y aquí nos alimentamos de peste y de miseria.
 
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Dije:
-Ha terminado nuestro tiempo y el de todos los paisanos. Ahora cada cual debe vivir como pueda. Por qué nos ha tocado nacer en estos tiempos, no lo sabemos. Todos los hombres tenemos la ceguera como triste herencia.


[Malas Tierras]

martes, diciembre 17, 2019

Aberración estelar, de Gilbert Sorrentino



Se podría decir que el chico ha quedado detenido en un momento de felicidad, si bien las fotografías, por excluirlo todo salvo la décima de segundo en que se toman, mienten siempre. Aun así las miramos, las urgimos a que nos entreguen sus verdades; en ésta uno querría poder ver atrapado para siempre en los ojos del chico el reflejo del fotógrafo, para saber si esa sombra irregular, que mancha la gravilla junto al cobertizo donde se mantiene fresca la leche, la arroja Louis Stellkamp, el propietario de esta granja, para ver no sólo lo que hay detrás del chico, sino lo que hay frente a él. Tal vez las tumbonas están vacías.

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Querido "ex Tony":

Te escribo sólo para saludarte y decirte la pena que me da ver que has terminado por perder el poquito pelo que tenías. Si estás preguntándote cómo es que sé esto que sepas que me remito a una foto que vi en el
Brooklyn Eagle en la que salías tú con la gorda de tu putilla y cuando digo gorda quiero decir Gorda, y un mick borracho metido a político corrupto todos posando juntos más anchos que largos en algún evento en el hotel St. George. ¿Qué era, el Baile anual de Alcohólicos Anónimos o como sea que lo llamen? Tu nueva mujer, je je, parecía que se hubiera zampado unas cuantas albóndigas antes de llegar.

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¿Qué pensaba de John McGrath, el padre de Marie?
Lo consideraba un obstáculo para cualquier "entendimiento" que pudiese alcanzar con Marie. Estaba en lo cierto al hacerlo.


.
¿Cuáles eran algunos de los términos despreciativos que el señor McGrath utilizaba contra Tom?
En diversas circunstancias y momentos, se sabe que John McGrath había dicho: diosecito de hojalata, parche en el culo de un hombre, más falso que un billete de tres dólares, don Arrogante, sacacuartos, figurín manirroto, ¿dos mil plazos?, bigote de macarroni, nuestro héroe conquistador, incapaz de conservar a una mujer, buscafaldas, nada bueno, puñetero galán imbécil, pedo en mitad de una ventolera, donjuán, otra historia triste y nada más que estupideces y problemas. 


.
Volvamos brevemente al dos plazas de Tom (o dos mil plazos): ¿por qué un vehículo mundano como éste causaba tal efecto en la gente?
Transmitía independencia y al diablo las preocupaciones, libertad y golferío juvenil. Así pues resultaba atrayente para la libido femenina y despertaba la envidia masculina y el temor a la cornamenta.

**

Que vas a hacer lo que te dé la puñetera gana. ¿Es eso lo que me estás diciendo, Skip?
Tengo derecho a vivir
un poco, Papá.
¿Vivir? ¿Es ésta la
vida de la que hablas?
Ay, Papá.
Ando por ahí como el último mono, valgo menos que un puñetero pedo en una ventolera.
Tienes a tus amigos. No es que…
Mis amigos. Muy bonito que digas eso mientras te pones en evidencia delante de todo el mundo. Andas tan ocupada que estás tuerta de un ojo y ciega del otro.
Amigos. Pantalones-caídos Sapurty. Ach der Kaiser Louis. No es capaz ni de quitarse de encima la peste a estiércol. ¿Mis amigos? ¿El sujeto ese, Copan? Por Dios, si es un milagro que no se coma también los platos.


[Underwood Editorial. Traducción de Ce Santiago]

lunes, diciembre 16, 2019

Furtivos, de Tom Franklin



Me largué del Sur hace cuatro años, en cuanto cumplí los treinta, para asistir a la escuela de posgrado de Fayetteville, Arkansas, donde entre yanquis transplantados y gente del oeste me di cuenta de lo afortunado que había sido por haberme criado en este lugar, en estos bosques sureños, entre cazadores furtivos y narradores de historias. Me consta, por supuesto, que la mayoría de la gente considera Arkansas como parte del Sur, pero no es mi Sur. Mi Sur (el que no he sido capaz de expulsar de mi sangre ni de mi imaginación, el Sur donde transcurren estos relatos) es la zona baja de Alabama, frondosa, verde y llena de muerte, los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigbee.
[…]
Vuelvo a donde la vida muere con lentitud y cazo historias como un furtivo. Cazo como un furtivo porque quiero recuperar los senderos antes de que sea demasiado tarde, antes de que retumben los últimos camiones madereros y las viejas y oscuras costumbres queden taladas para siempre.

[De "Introducción: Años de caza"]

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Bienvenidos a Shubuta.
Echad un vistazo. Tractores abandonados consumidos por el kudzu. Terreno llano, sol alto y distorsionado, campos secos. Junto a la carretera, en un solar de tierra, unos niños estrábicos se encorvan sobre un círculo de canicas polvorientas, inmóviles, como en una fotografía. Una señora negra con un cesto de ropa vacío camina en sentido contrario al tráfico. Hay coches resplandecientes y casas construidas sobre bloques de cemento. Saco otra lata del hielo, abro la pestaña y dejo que la cerveza se deslice por mi garganta.
Esto es lo que pienso: morir en el hospital, no por el forro. Si hay que largarse hay que hacerlo violentamente, con un poco de honor: rescatando a un bebé de la vía del tren y que el tren te lleve por delante. Cubriendo con tu cuerpo una granada de mano en pleno combate y salvando a once compañeros. Algo así. La pistola en la cabeza es siempre una opción, pero se necesita añadir un toque creativo.

[Del relato "Shubuta"]

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Son inteligentes, las chicas de Ned. Leen novelas. Agentes inmobiliarias, asistentes legales o universitarias.
¿Y dónde las encuentra?
Es rico. Son ellas las que lo encuentran a él.
Habré hecho lo del barco con Ned en cuatro ocasiones, pero no soy rico. Es más, soy pobre. No me afeito pero bebo en exceso y a veces, por la tarde, me dedico a lanzar fruta mohosa por las ventanas de la casa que Ned me alquila por ciento cincuenta al mes, aunque no me acuerdo de la última vez que le pagué. Ned comprende. Compra revistas Playboy, las hojea una vez y luego me las da. En eso consiste ser rico.
Y en esto ser pobre: tu mujer te deja porque no puedes encontrar trabajo por la sencilla razón de que no hay trabajo que encontrar en ninguna parte. Vacías el tarro de centavos de la repisa de la chimenea para comprar cigarrillos. Detestas contestar el teléfono porque siempre son malas noticias. Cuando tus amigos te invitan a salir, no sales. Pasado un tiempo, dejan de invitarte. Les debes pasta y en ocasiones te la piden. Les dices que verás lo que puedes rascar.
Que es lo siguiente: nada.

[Del relato "La balada de Duane Juárez"]

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Esther tenía cincuenta años. Se había casado dos veces y tenía seis hijos que se habían ido y sentían rencor hacia ella. Tuvieron que extirparle el útero en una operación que aún seguía pagando. Ahora vivía sola y la mayor parte del tiempo bebía, también en soledad. A no ser que se quedasen dormidos en la camioneta en mitad del bosque, los chicos Gates se pasaban a verla tras una noche de trabajo. Esther les preparaba un café bien cargado y les alimentaba con huevos fritos muy salados y salchichas. Algunas mañanas, como las de hoy, tendría la mirada perdida, cogería a Kent del cuello de la camisa, lo conduciría al piso de arriba, lo vería cerrar la puerta del cuarto de baño y escucharía los ruidos que haría al bañarse.
Ella sonreía sabiendo que esas eran las únicas ocasiones en que se bañaba.

[Del relato "Furtivos"]


[Dirty Works. Traducción de Javier Lucini]

domingo, diciembre 15, 2019

Enero, de Sara Gallardo



Nefer piensa que hay bastante distancia entre la mesa y su cuerpo, pero que ha de llegar el momento en que le sea difícil pasar costeando el banco hasta su sitio. "Pero entonces no vendré a comer… Quién sabe si para entonces no estaré muerta…" y se imagina rodeada de flores y gente triste, y al Negro apoyado en la puerta con la cara seria y los ojos por fin puestos en ella. "Sin embargo, más bien mirará a la Alcira", reflexiona con desaliento, y las ganas de morir se le pasan contemplando a su hermana que se rasca pensativamente un brazo, mientras espera que el turco acabe de comer para llevarse el plato.

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¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces suben, aumentan, son una sola voz. ¡Basta! ¿Quién grita así? El alma está negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo la tierra.

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Cuando cierra los ojos es como si los abriera a su interior, donde crece y vigila su desdicha, y apretando los dientes hunde más la cara en el cuello del perro. Pero no llora. "Desgraciada. Soy desgraciada. Más me valiera estar muerta. Sí. Más me valiera. Más me valiera morirme ahora mismo. Capitán. ¿Capitán?".
Capitán se rasca de modo inhábil y bosteza con un gritito como un silbido, entonces ella lo agarra por dos mechones de pelo y sacude hasta que los dientes le entrechocan. Capitán es su amigo y cree que está jugando, pero ella sacude en él a la gran confabulación que la cerca: su desdicha confabulada con el tiempo, confabulado con su cuerpo, todos contra ella sola, unidos como un triple gigante impávido.

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Antes le gustaba la misión y tenían cuentos para meses, pero hoy Nefer quiere cavar un pozo en la tierra, aunque fuese con las uñas, aunque sangraran, con los dedos si las uñas se rompían, con los brazos si los dedos se gastaban, y en el pozo profundo enterrarse, cubrir de tierra los ojos cerrados y volverse poco a poco raíz, o pasto, o barro, sin sueños, sola, olvidada del miedo. Porque los días están amadrinados, llega uno y sabemos que el otro viene, y también el otro, y el otro más, y hay que aguantarse, porque el hombre es un pobrecito que no puede levantar el cuchillo y decir: no quiero más días, sin decir: no quiero más hombre, y arreglar tal vez las cosas metiéndose el cuchillo en la barriga. Porque los días son como una tropa sin fin pasando una tranquera.


[Malas Tierras]

martes, diciembre 10, 2019

Leer o no leer y otros escritos, de Virginia Woolf



Todo lo que la narrativa requiere de nosotros es que la domemos y la sometamos, la honremos y la amemos hasta que ceda a nuestras órdenes, pues así su juventud se renovará siempre y su soberanía quedará asegurada.

[Del ensayo "Las novelas modernas"]

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Escribir semanalmente, escribir diariamente, escribir brevemente, escribir para gente ocupada que toma el tren por la mañana o para gente cansada que regresa a casa por la noche es una tarea lastimosa para quienes saben la diferencia entre escribir bien y mal. Lo hacen pero instintivamente ponen fuera de peligro todo aquello precioso que podría estropearse al contacto con el público o todo aquello afilado que podría irritarle la piel.

[Del ensayo "El ensayo moderno"]

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Los críticos abundan y las críticas proliferan pero las mentes se diferencian demasiado para admitir una correspondencia estrecha en cuestiones de detalle, y nada es más desastroso que forzar el pie dentro del zapato de otro. Cuando queremos decidir en un caso concreto, lo que más puede servirnos no es leer críticas sino ser conscientes de nuestras propias impresiones tanto como sea posible y referirla a los juicios que hemos ido formulando en el pasado. Están ahí colgadas en el armario de nuestra mente –las formas de los libros que hemos leído, que vamos colgando y guardando cuando hemos terminado con ellos–.

[Del ensayo "¿Cómo hay que leer un libro?"]

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Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. […] Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible.

[Del ensayo "¿Qué es una buena novela?"]

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¿Por qué molestarse en escribir reseñas o en leerlas o en citarlas si al fin y al cabo el lector tiene que decidir la cuestión por sí mismo?

[Del ensayo "Reseñar"]


[Abada Editores. Traducción de Miguel Ángel Martínez-Cabeza. Edición de María del Carmen Espínola Rosillo]


domingo, diciembre 01, 2019

Autorretrato en el estudio, de Giorgio Agamben



El estudio es la imagen de la potencia: de la potencia de escribir para el escritor, de la potencia de pintar o esculpir para el pintor o el escultor. Intentar la descripción del propio estudio significa entonces intentar la descripción de los modos y las formas de la propia potencia, una tarea, al menos a primera vista, imposible.
¿Cómo se tiene una potencia? No se puede tener una potencia, sólo se la puede habitar.

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Se conoce algo sólo si se lo ama o, como decía Elsa [Morante], "sólo quien ama conoce". En indoeuropeo, la raíz que significa "conocer" es homónima de la que significa "nacer". Conocer significa nacer juntos, ser generado o regenerado por la cosa conocida. Y esto y no otra cosa significa amar.

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Recuerdo que un día [Pepe Bergamín] me dijo que se había dado cuenta de que el pueblo español se había muerto antes que él y que ese era el momento más trágico de toda su vida. Sobrevivir al propio pueblo es nuestra condición, pero es, acaso, también la extrema condición poética.

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Son las libretas en las que apunto pensamientos, observaciones, notas de lectura, citas, en alguna infrecuente ocasión también sueños, encuentros o acontecimientos particulares. Son parte esencial de mi laboratorio de investigación y contienen a menudo el primer germen o los materiales de un libro nuevo o en proceso de escritura. […] En este sentido, ellas son mi estudio. Por esto las prefiero a los libros publicados y en ocasiones querría no haber pasado nunca el umbral hacia la redacción final. Me he imaginado muchas veces escribiendo un libro que fuese sólo el proemio o el posludio de un libro que falta. Tal vez los libros que he publicado son algo por el estilo, no libros sino preludios o epílogos. El secreto de un escritor reside en el espacio en blanco que separa a las libretas del libro.

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Casi siempre he vivido en casas de las que no era dueño y, como suele suceder, he debido dejarlas con frecuencia. Me pregunto cómo he conseguido y aún consigo escribir en diferentes estudios y vivir en varios lugares. Se trata sin duda de un tributo exorbitante que le pago al espíritu del tiempo, tan falto de raíces; pero creo que estos lugares componen en realidad un único estudio, diseminado en el espacio y en el tiempo.

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Amar, creer en alguien o en algo, no significa aceptar dogmas o doctrinas como verdaderos. Es más bien mantenernos fieles a la emoción que sentíamos cuando de niños mirábamos al cielo estrellado. Y es sin duda en este sentido en el que he creído en las personas y en las cosas que he ido evocado una por una, he tratado de no olvidarlas, de respetar la palabra tácitamente dada.


[Adriana Hidalgo editora. Traducción de Rodrigo Molina-Zavalía y María Teresa D'Meza]