sábado, octubre 29, 2016

Los reconocimientos, de William Gaddis



A un libro como Los reconocimientos hay que acercarse con fe. Fe en la literatura. Fe en las posibilidades del autor. Porque consta de casi 1.400 páginas. Yo tengo fe de sobra en el tema, lo que ocurre es que no siempre dispone uno de tiempo. Y un tocho de tal calibre, que exige tanto al lector (atención, tiempo, brazos fuertes), requiere que nos entreguemos a él sin pausa, leyendo varias horas diarias (y eso lo pude hacer a principios de septiembre). Yo ya había leído todo lo que publicó Sexto Piso de William Gaddis y me faltaba esta novela, que fui aplazando porque se cruzan lecturas y porque hay que estar muy preparado para sumergirse en un viaje tan largo, tan completo y tan dificultoso.

Es curiosa mi relación con William Gass y William Gaddis, pues cuando, antaño, frecuentaba casi a diario la Biblioteca Pública de mi ciudad de origen, veía las obras de ambos que aquí publicó Alfaguara (cuando Alfaguara era otra cosa, un proyecto más literario que comercial) y siempre estaba tentado de llevármelos, pero luego los dejaba para otra ocasión porque parecían densos en todos los sentidos. Lo más gracioso es que yo no había oído hablar jamás de Gass ni de Gaddis. Pero me atraían mucho aquellas ediciones.

Los grandes libros no pueden explicarse, nos dice Gass en el prólogo. Y es cierto que explicar Los reconocimientos es una tarea vana, dada la multiplicidad de capas, de personajes, de historias, de alegorías, de citas y de referencias que encontramos en la novela. Podemos resumir, en líneas generales, sus intenciones: arranca con un sacerdote que enterró a su mujer en un pueblo de España, continúa con su hijo (quien acaba dedicándose a falsificar cuadros) y deriva hacia otros ámbitos y personajes, ramificándose en otras tramas y en otras ciudades (París, Nueva York, Madrid, Roma, etcétera), invocando en sus páginas a un montón de personajes mediante los que nos explica, entre otros muchos factores, la crisis de valores del siglo XX, donde todo es susceptible de ser copiado y plagiado y falseado, en una etapa de tiempos oscuros en los que ya no importaba la veracidad de una imagen, sino sólo la posibilidad de la misma; donde no importaba ser un autor, sino parecerlo: un retrato ácido por el que pululan los impostores, los falsificadores, los jetas, los vividores del tres al cuarto, los críticos incapaces de crear, los listillos y los que son capaces de vender su alma (o a su madre) al Diablo. Como vemos, la cosa no ha cambiado mucho en el siglo XXI.

No he querido indagar en las influencias literarias de Gaddis cuando escribió este libro a los veintitantos años (una proeza absoluta), pero mientras la leía me resonaban tres autores: James Joyce (sobre todo por Ulises), Thomas Wolfe (sobre todo por El ángel que nos mira) y John Dos Passos (sobre todo por Manhattan Transfer). A mi entender, posee la mirada moderna y vanguardista y revolucionaria del primero pero alojada en la estructura clásica del segundo, sin olvidar ese recurso del tercero consistente en hilar una amalgama a menudo confusa de voces y sonidos.

Es el libro que más me ha gustado de Gaddis porque coincido con lo que me dijo José Luis Amores unos días antes de que yo empezara a leerlo: que, durante la narración, siempre están ocurriendo cosas, a la manera tradicional de, no sé, Dumas y Dickens: hay subtramas, continuos cambios de escenario, diálogos que parecen interminables y a la vez son muy divertidos, observaciones corrosivas del autor, personajes que se diluyen o pierden su nombre, gente que aparece y desaparece como sucede en nuestras vidas… No obstante, y como me suele suceder en los mamotretos que rondan el millar de páginas, reconozco que me costó afrontar las últimas 400: literalmente tenía la cabeza tan saturada de datos y de referencias que necesitaba salir de la lectura cuanto antes.

No debo explicar más. No debo contar más. Esto hay que experimentarlo. Aquí van algunos pasajes (téngase en cuenta que las sentencias más interesantes suelen estar en boca de los personajes; casi todo lo que copio a continuación son retazos de diálogos o de monólogos), tanto de la novela como del prólogo: 

Del prólogo de William H. Gass:

Hay quien cree que hay que mejorar la crítica, pero yo opino que la culpa es de la especie, que se rodea de mentiras y llama a esas mentiras cultura, del mismo modo que las ardillas construyen sus nidos con ramitas cortadas y hojas secas y después se esconden dentro. En cualquier caso, como observó el filósofo alemán Lichtenberg, cuando un lector se duerme sobre un libro y al chocar su cabeza con él suena a hueco, no siempre es el libro el que carece de cerebro.
[…]
Si usted es lo bastante ruin, el mundo puede convertirlo en un príncipe. No son los mansos quienes heredarán la tierra, sino los falsos.

De la novela de William Gaddis:

¿Qué es lo que quieren de un hombre que no hayan sacado de su obra? ¿Qué es lo que esperan? ¿Qué queda de él cuando ha hecho su obra? ¿Qué es cualquier artista sino las heces de su obra, los escombros humanos que la obra arrastra consigo? ¿Qué queda del hombre cuando la obra está acabada sino escombros de disculpa?

**

No deberías conocer a la gente si no tienes nada que compartir con ella.

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-Para una mujer –dijo ella–, ¿crees que es fácil para una mujer? […] Simplemente ser una mujer, ¿sabes por lo que tiene que pasar una mujer? No lo sabes, pero ¿lo sabes? ¿Te lo puedes imaginar? Simplemente intentar que las cosas sigan adelante, simplemente… Un hombre puede hacer lo que le dé le gana. ¡Oh, sí, un hombre! Pero una mujer ni siquiera puede entrar sola en un bar, no puede levantarse y dejarlo todo sin más, comprar un pasaje de barco y marcharse a París si quiere, no puede…
-¿Por qué no? –preguntó Otto, poniéndose en pie.
-Porque no puede, porque la sociedad… y además, físicamente, ¿crees que es fácil ser una mujer?
-No, no, no lo creo.
Otto dio un paso hacia atrás, como amenazado con ello.
-¿Y sabes lo peor? –siguió ella–. ¿Sabes lo más duro de todo? La espera. Una mujer siempre está esperando. Siempre… está esperando.

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-¿Qué te pasa? ¿Estás cansado? ¿Arny…? Oh, me gustaría que te cansaras haciendo algo que te guste.
-Uno no se gana la vida haciendo algo que le guste.

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La originalidad es un recurso que la gente sin talento utiliza para impresionar a otra gente sin talento, y para protegerse de la gente con talento…

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España es una tierra para cruzar huyendo.

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Nadie te guarda tanto rencor como quien te ha querido.

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Todo el mundo tiene esa sensación cuando mira una obra de arte y está bien, esa súbita familiaridad, una especie de… reconocimiento, como si la estuvieran creando ellos mismos, como si se estuviera creando a través de ellos mientras la miran o la escuchan, ¿y ha de ser pecado el querer haber creado belleza?

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-Es un crítico. Escribe sobre libros o no sé qué puñetas. Ahora vamos.
Pero Benny se sacudió del hombro el brazo de Ellery.
-¿Cuánto hace que vio salir el sol por última vez? –preguntó. Luego siguió–: Cómo lo habría hecho usted. Así es como es todo, ¿verdad? Cómo lo habría hecho usted. No cómo debería haberse hecho, sino cómo lo habría hecho usted. Así es como trabaja cuando critica un libro, ¿verdad? Cómo lo habría hecho usted, porque no lo hizo, porque aún tiene miedo de admitir que no puede hacerlo por sí mismo.

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-Bueno, yo tengo un amigo que es físico, y se ha convertido. Ahora escribe canciones.
-Pretende ser un músico serio. Be-bop, si puedes llamar música a eso.
-Igual que ella escribe rimas, y lo llama poesía.


[Sexto Piso. Traducción de Juan Antonio Santos. Traducción del prólogo de Mariano Peyrou]  


Allied: 2º cartel


viernes, octubre 28, 2016

Thom Jones (1945 - 2016)


Cartel de Fences


Rules Don't Apply: 2º cartel


Cartel de Burn Country


Michael Massee (1955 - 2016)


miércoles, octubre 26, 2016

En Playtime / El Plural: Mike Wilson


Leñador: aquí.

Trailer de Logan


Cartel de Allied


Leñador, de Mike Wilson


Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring. Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar. Veía cosas que me hacían mal, escuchaba voces, me estaba perdiendo, extraviando en mi cabeza.
Huí hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores. Hombres grandes, barbudos, cuya lengua tosca gravitaba entre el inglés y el francés. Usaban herramientas tradicionales para talar pinos. Eran hombres rudos.
Los leñadores me otorgaron un hacha, filo de acero. El cabo era de olmo liso, la madera oscurecida por años de uso. Pesaba más de lo que aparentaba.
Aprendí cosas.

**

Lesiones. Las enfermedades, heridas e infecciones abundan en el campamento. Los médicos no frecuentan el Yukón por lo aislado, la escasa población y la falta de recursos económicos. La vida del leñador es una existencia cimentada en la pobreza: se trabaja, se come, se bebe, hay refugio, pero nadie puede ahorrar. Se sobrevive. […]

**

Me enseñaron a leer los anillos de los tocones. Busqué un árbol recién talado y lo primero que hice fue estudiar el corte hasta hallar el círculo que se formó cuando llegué al campamento. Apoyé la uña en la línea y me quedé así por varios minutos, sentado enfrente del tocón, señalando mi llegada.
Ese anillo era el límite. Lo que yacía de ahí hacia el centro registraba otra vida, la que intento abandonar, es madera oscura, colonizada por memorias inciertas y una identidad frágil. Trazo una línea con el dedo hacia la orilla, hacia la corteza, hacia el presente. Comprendo que no hay regreso. Eso me calma, la idea de abandonar los anillos oscuros.
Un grupo de leñadores pasa caminando rumbo a la próxima faena, no me miran, siguen caminando, me pasan de largo. Eso está bien, el no ser visto, ser parte del paisaje, ser el bosque.

**

Dieta. Desde que dejé el campamento y partí rumbo al norte, he tenido que recurrir a una variedad de métodos para alimentarme debidamente, dado que ya no cuento con la comida preparada por los leñadores. Quizás la fuente más confiable de alimento es el riachuelo. Afortunadamente es la época en que los salmones nadan río arriba con el fin de desovar. […] Humedales como pantanos y ciénagas no son una buena fuente de agua potable, dado que consisten en agua estancada o semi-estancada; condiciones que favorecen el crecimiento de bacterias, parásitos, virus, organismos y patógenos que pueden producir malestar y resultar en enfermedades como malaria, giardiasis o cólera.

**

Cuando camino por el bosque a veces me olvido de mí mismo. Como si mi cuerpo se desplazara mientras mi mente de distribuye por el territorio. No es que no preste atención a lo que hago, quizá todo lo contrario, es como si estuviera más presente que antes, solamente que ahora mi estado no se distingue de las cosas en mi entorno.
Cada lugar en el que estoy se ve configurado según mi presencia, así como a su vez el lugar me modifica, me transforma. Me desplazo y cambio, y el bosque cambia porque yo he estado en él y yo me transfiguro porque el bosque ha estado en mí.
Al estar en el territorio, al avanzar en él, siento que me disuelvo, que me agrando, que soy una brisa en el paisaje, y que soy el paisaje. Es una sensación que me da tranquilidad, como si mi entorno también la sintiera, no por mí, sino por el ser de las cosas.


[Errata Naturae]

Próximamente: El gigante enterrado


De Kazuo Ishiguro. En Anagrama.

Man Down: primer cartel


A United Kingdom: 3 carteles




lunes, octubre 24, 2016

Will Scarlet no era dios, de Laura Fjäder



SOLTAR LASTRE

La gente pesa.
Los amantes pesan,
sus brazos pesan,
su respiración pesa,
su cuerpo,
una vez conocido,
también pesa.

Por eso duermo sola

**

POLÍTICAS DE SUFRIMIENTO

Llegará ese momento explosivo, cósmico y sangriento en el que alguien sufrirá.

Te lo dije.
No hubo tramo de mi cuerpo que no advirtiera del peligro.

Te lo dije antes de que me inundaras con saliva.
Debiste haber seguido el camino de migas de pan tierno, el de las amadas inciertas, perdidas, malditas, que te roban el sueño.

Que yo duermo bajo pieles muy distintas y he amado cada una de las manos que han revuelto mis adentros.

**

En el amor está inscrito el desamor
como en la vida está inscrita la muerte.
CRISTINA PERI ROSSI.

QUIERES SER FELIZ?

Mi querido.

No sabes nada aún:
tus dolores son camino de vida.

Quieres ser feliz?

Bebe de todos los afectos,
recuerda solamente algunos.

No hay más.

Lamento ser yo
quien te lo diga:

jamás podrás ponerte a salvo.

Duele

Así que sufre un poco ahora
y llora la inconstancia
cuando nadie te vea.

Arráncate la piel
para airearla en el patio,
que se le quede el olor a mar.

Después
busca algo que te sirva de luz,
y vístete,
nuevo entero.

No hay más.


[Suburbia Ediciones]

Cartel de Seasons


Trailer de Loving


Cartel de Rainbow Time


sábado, octubre 22, 2016

Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, de Eugenio Baroncelli


Éste es uno de los libros con los que más he disfrutado últimamente, y me acompañó en mis viajes de verano. Eugenio Baroncelli sigue la senda de Marcel Schwob y nos ofrece un abanico de vidas (267, como el título indica) de las que extrae lo mejor o lo más singular o lo más atractivo o literario. Pero, allá donde Schwob construía textos largos, Baroncelli opta por la síntesis, por la miniatura, de tal manera que cada semblanza puede ocupar apenas unas líneas o dos páginas, dependiendo del criterio del autor. Por aquí encontramos a Herman Melville, H. P. Lovecraft, Jean Renoir, Sylvia Plath, Bruno Schulz, Max Brod, Samuel Beckett, la reina de Saba, Alejandra Pizarnik, Cecil Day-Lewis, Mahoma, Alfonsina Storni o Harrt Crane. Nombres conocidos, pero también otros que el autor ha sacado de su entorno, es posible que a veces de su imaginación, y de gente a la que conoció o de celebridades que hoy han dejado de serlo.

Los detalles que Baroncelli elige para dar varias pinceladas a una biografía son fascinantes, e incluso de las vidas vulgares, anodinas, es capaz de extraer el zumo literario preciso para que el libro nos entusiasme. Es un volumen para releer al azar, un compendio de personajes que no sé por qué no ha tenido más éxito. Y debería. 


[Periférica. Traducción de Natalia Zarco]

Arrival: nuevo cartel


Próximamente: Bravura


De Emmanuel Carrère. En Anagrama.

Lion: 2º cartel


Gimme Danger: nuevo cartel


jueves, octubre 20, 2016

En Playtime / El Plural: Gregor Hens



Nicotina: aquí.

Guardians of the Galaxy Vol. 2: primer cartel


Nicotina, de Gregor Hens


En Playtime / El Plural comento hoy este libro. Aquí van 3 extractos:

He fumado porque tenía el estómago lleno y he fumado porque tenía hambre. He fumado porque estaba feliz y he fumado porque estaba abatido. He fumado por soledad y por amistad, por miedo y por alegría. Todos y cada uno de los cigarrillos que me he fumado han tenido su función: eran una señal, un medicamento, un estimulante o un sedativo, eran un juguete, un accesorio, un fetiche, algo con lo que matar el tiempo, un catalizador de la memoria, un instrumento de comunicación o un objeto de meditación. A veces eran todo eso al mismo tiempo. Ya no fumo, pero todavía hay momento en los que no hago otra cosa que pensar en cigarrillos. Como ahora mismo. La verdad es que no debería escribir este libro, es demasiado arriesgado.
Pero no cejaré en mi empeño. Escribiré sobre todo ello y lo haré sin mistificarlo ni demonizarlo. Porque no me arrepiento de nada. Cada cigarrillo que he fumado ha sido un buen cigarrillo.

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Estos tabúes, por supuesto, también tienen su lado negativo. A la hora de comer, a la hora de besarse, a la hora de mantener relaciones sexuales, la transgresión de los límites corporales nos depara placer. Y no es menos cierto que fumar es a veces un sustituto de estas cosas, al menos una distracción. Cuando fumamos nos cuesta menos esperar a la satisfacción de la necesidad propiamente dicha.

**

Huelga decir que, si todavía fumara, me encendería ahora mismo un cigarrillo, sólo así podría procesar la escena que acabo de presenciar. Lo diré una vez más: no aprendo mediante la relación con una cosa, sino gracias a la observación de mi conducta en relación con esta cosa. Observar algo significa entregarse a la experiencia interior que se corresponde con un acontecimiento exterior. Desde la primera juventud, esta entrega está en mi caso vinculada con la nicotina. Aquí asoma la regresión que no ha dejado de importunarme mientras trabajaba en este texto. Trato de liberarme de mi adicción mediante una actitud mental determinada pero sé que la sustancia de la que dependo favorece mejor que nada esa misma actitud. Pero ya no fumo, y sólo me cabe esperar que en este libro no se note. O al contrario: ya no fumo y sólo me cabe esperar que se note en cada frase de este libro.


[Alpha Decay. Traducción de Juan de Sola]

Assassin's Creed: nuevo cartel


A Cure for Wellness: primer cartel


martes, octubre 18, 2016

En Aleteia: Después de nosotros


Empiezo a escribir de cine en la sección cinematográfica de Aleteia.  
Después de nosotros, una película de Joachim Lafosse: aquí.

Mis líos con el cine, de John Irving


Existe una notable diferencia entre una novela y una película. Una novela ha de ser aceptada para su publicación, ha de ser revisada y corregida y, en todos los demás aspectos, está preparada para publicarse. De ahí que no suceda como en el cine y el proyecto quede repentinamente abortado. Ésta es una de las razones principales por las que prefiero mi tarea cotidiana de novelista al trabajo ocasional de guionista de cine. Puedo contar con los dedos de una mano el número de novelas realmente buenas que he leído en manuscrito y no han sido publicadas, pero los buenos guiones de cine no se convierten siempre en películas. (Y más lamentablemente todavía es que son muchos los malos guiones cuyas películas se ruedan).

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En un guión cinematográfico no hay lenguaje. (Para mí, el diálogo no cuenta como lenguaje). Lo que pasa por lenguaje es un guión es rudimentario, como las instrucciones para montar un juguete complicado. La única estética es la claridad. Incluso el acto de leer un guión de cine es incompleto. El guión, en su aspecto textual, no es más que el andamio para levantar un edificio que construirá otro. El director es quien lo construye.
El novelista controla el ritmo del libro. En parte, el libro también es una función del lenguaje, pero tanto en una novela como en una película las emociones que los personajes susciten en el lector o el espectador pueden ayudar a establecer el ritmo. Sin embargo, en una película el guionista no controla el ritmo. Esa clase de control no se ejerce hasta el proceso de montaje.
En cuanto a lo que los novelistas llaman "tono", la cinematografía puede aportar un equivalente bastante exacto del tono de una novela, pero por muy evocadora que sea la cámara de la voz narradora de un libro, el lenguaje es diferente.


[Tusquets Editores. Traducción de Jordi Fibla]

Nocturnal Animals: 5º cartel


Próximamente: Padre & hijo


De Larry Brown. En Dirty Works.

Cartel de Harry Benson: Shoot First


American Pastoral: nuevo cartel


viernes, octubre 14, 2016

Nostalgia del futuro. Contra la historia del cine, de Hilario J. Rodríguez



Todo libro no es más que la biografía de una idea del mismo modo que toda idea es siempre la biografía de una imagen, así que pongámonos en marcha.

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La fotografía y el cine –como casi todo– ya no son inocentes, ya no producen imágenes, producen heridas. Y para evitar esas heridas, Sophie Calle se sitúa siempre en una posición similar a la de Giovanni Drogo en El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, donde un oficial es destinado a la Fortaleza Bastiani, en una frontera antaño amenazada por el enemigo y sobre la cual pesa desde entonces la posibilidad de un asedio que nunca acaba de producirse a lo largo de la novela, como un acontecimiento suspendido, como una imagen suspendida.

Con sus revoluciones, guerras, golpes de estado, dictaduras y exterminios, el siglo XX se proyecta sobre nosotros como un siglo de imágenes de desaparecidos, de personajes de una novela de Patrick Modiano en la que la identidad es un territorio frágil e inestable. Con las catastróficas consecuencias del capitalismo indiscriminado, que ha continuado la tarea de borrarnos a todos sin apenas trámites, el siglo XXI será el de los detectives salvajes con quienes soñó Roberto Bolano, o no será.

Y como premisa antes de seguir, asumamos que el borrado de las imágenes es tan dañino como su indiscriminada proliferación que reduce las evidencias nítidas que afianzan nuestras identidades.

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A estas alturas Walser continúa intrigándonos, por eso leemos su biografía e indagamos en su misteriosa obra, como si buscásemos en ella una solución a las desapariciones que nos rodean y de las cuales nadie parece darse cuenta. ¿Queremos de ese modo evitar nuestra propia desaparición? ¿Fue ese el motivo que me hizo interesarme por Danny Bloxton? Es posible. Aun así, era consciente de las radicales diferencias entre Walser y Bloxton, un escritor frente a alguien seguramente sin demasiadas aspiraciones. Víctimas de batallas muy diferentes, uno de la literatura, otro del capitalismo. La diferencia es obvia: la literatura puede silenciar pero nunca olvida por completo (a no ser que se quemen sus evidencias), mientras que el capitalismo borra sin titubeos a quienes le resultan prescindibles.

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[Sobre el rodaje de la película El sol del membrillo]: El azar y la necesidad jugaban al mismo tiempo. De ese modo se fue construyendo la película, que pasó de ser un cortometraje a ser un largometraje como por arte de magia, cuando se acumularon tantas cosas en torno a una imagen que se procedió a su escenificación y con ello a su borrado. Y entonces un fragmento de realidad se convirtió en una larga ficción, como les sucedió a las imágenes en cuanto apareció el cine.

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[Cita de Claire Dennis, que Hilario extrae de un número de Film Comment]: Siendo francesa, lo que más me atrae del cine norteamericano es su americanismo. El cine norteamericano está tan sólidamente construido como una casa con robustos muros, y además se concentra en lo que hay dentro de esa casa. Eso es lo que hace tan estimulantes a los directores norteamericanos. Sus películas proyectan energía, poder y realismo. Son sólidas. Por el contrario, las que yo hago son frágiles, porosas, abiertas. A menudo me gustaría estar en una posición más firme, en el interior de una fortaleza. Pero no tengo elección. Yo estoy afuera. No puedo evitarlo.

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Quienes hemos atravesado alguna vez un desierto en automóvil, con la radio encendida, sabemos que una simple canción es a menudo más valiosa que todo un libro de filosofía porque, además de ser como un tren que une ciudades, nos sirve para conectarnos emocional e intelectualmente con las cosas sin necesidad de utilizar el lenguaje.

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Lo mismo nos sucede si pensamos en nuestros antiguos álbumes fotográficos, organizados de manera precaria aunque a veces en ellos se produjesen saltos inesperados y encuentros imposibles; y los archivos donde hoy se almacenan imágenes en nuestros ordenadores, con órdenes casi siempre convencionales, cronológicos o espaciales. Somos conscientes de que los primeros pueden ser víctimas de un virus o de cualquier capricho aleatorio del mundo virtual donde los almacenamos. El álbum corre riesgos, está claro; pero más riesgos aún corre un archivo de imágenes en jpg. En lo táctil imponemos nuestras reglas; en lo virtual vivimos ante la inmensidad de los espacios infinitos, creyendo que algún dios de nuevo cuño vela por los intereses de nuestras "pertenencias".

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Ahora que vivo en Smithers, una pequeña localidad de Virginia Occidental donde los locales comerciales exhiben carteles de venta, traspaso o cerrado, donde los techos vencidos y las paredes agrietadas no tienen la misión de informarnos sobre un pasado glorioso suplantado por un presente tecnológico y mejor preparado para los envites del futuro, me cuesta creer no solo en las imágenes sino también en sus posibles enseñanzas.

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Ciertas imágenes, acaso las que definen el momento actual, han sido desterradas de la Historia con mayúscula y vagan en busca de nuevos territorios, a la manera de Charles Baudelaire, Walter Benjamin, Enrique Vila-Matas o W. G. Sebald, cartógrafos de los territorios menospreciados, de los pliegues donde el tiempo oculta otros tiempos, de espacios que –como la Zona de Andrei Tarkovski en Stalker (1979)– solo pueden verse desde afuera porque en su interior habita un vacío que no debemos perturbar. 

Yo viví en uno de los apartamentos de la Torre de Mérida cerca de seis meses, compartiendo un hall de entrada con alguien a quien no llegué a conocer jamás. Realmente no se trataba de un apartamento sino de un piso normal que sus dueños habían dividido en dos para no tener problemas legales el día que decidieron divorciarse. Aunque mi vecino y yo vivíamos en el mismo piso dividido en dos, no tuvimos ocasión de vernos. Supongo que llegamos a saber algunas cosas el uno del otro. Pero en ningún caso tuvimos certezas sobre quiénes éramos, de dónde veníamos o por qué estábamos allí. Yo, por ejemplo, dejaba de leer cuando lo oía entrar. Y él bajaba el volumen del televisor cada vez que notaba mi llave introduciéndose en la ranura de la cerradura. Para escuchar. También nos acercábamos en ocasiones a las puertas de nuestros apartamentos y pegábamos las orejas, aunque no hubiésemos oído un sonido. Escribo en plural porque nunca dejé de tener la sensación de que aquel vecino desconocido y yo éramos duplicados perfectos el uno del otro.

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Es lógico que las transformaciones sufridas por el cine a nivel físico también hayan afectado a las historias que nos cuenta y a nuestra manera de preferir, dependiendo del momento en que nos encontremos, unas antes que otras. Lo importante es que seamos conscientes de cuándo, dónde y por qué hablamos o escribimos. No es lo mismo participar en una votación multitudinaria cuyo objetivo consiste en fijar un canon que proponer, como en este caso, una hoja de ruta personal y extravagante que le viene muy bien a este (y a cualquier) libro si pretende estar haciendo sus deberes, que no son otros que llevarnos a los territorios de siempre pero utilizando caminos poco o nada transitados.

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Una sola imagen puede a veces justificar la existencia de una película, por floja o fallida que pueda ser, como sucede con Who Killed Walter Benjamin? 


[Editorial Micromegas]

Free Fire: 10 carteles











Arrival: cartel español


jueves, octubre 13, 2016

Bob Dylan: Premio Nobel de Literatura 2016


La isla de los perros, de Daniel Davies



Tenía una profesión que cabría considerar prestigiosa y lucrativa. Tenía un piso en Londres que cabría de calificar de lujoso y de buen gusto. Solía acostarme con mujeres a las que cabría catalogar como atractivas y sofisticadas.
Y, no obstante, lo abandoné todo. Renuncié a aquella vida con mucho gusto. En cuanto me decidí, lo hice con rapidez, sin misericordia, sin arrepentirme y sin dudarlo. Incluso ahora me asombra lo fácil que fue transformar mi vida por completo: lo fácil que es para todo el mundo transformar completamente su vida. Lo único difícil es decidirse a hacerlo.

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Espero que la crudeza de los diálogos no les haya escandalizado. En el circuito siempre hablamos sin rodeos. Creo que se trata de una reacción de rechazo al lenguaje eufemístico de los escenarios de seducción "normales" ("¿Vienes mucho por aquí?", "¿Te apetece subir a tomar un café?") con los que uno pierde rápidamente la paciencia de adulto. Aquí nos dedicamos al sexo despojado de inhibiciones. Al sexo desprovisto de interferencias culturales. Al sexo al desnudo.

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Es asombroso lo violenta que puede parecer la sexualidad humana al observador pasivo: agresión mutua entre mamíferos mudos.

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La revelación estuvo acompañada a la vez de euforia y de aprensión: iba a transformar mi vida hasta dejarla irreconocible. Quería un piso más vacío, un trabajo más vacío, una cuenta corriente más vacía, una cabeza más vacía. Iba a podar mi existencia sin piedad: a mermarla, reducirla, desnudarla, recortarla. Sentía una irresistible necesidad de claridad y sencillez. Mi vida era un garaje abarrotado que yo iba a vaciar y ordenar.

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La gente guapa puede permitírselo todo. La belleza es el atributo más injusto de la naturaleza.

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Tengo todo lo que necesito para llevar una existencia satisfactoria, cuando no feliz. Una vez que hemos llegado a la edad adulta, aspirar a la felicidad es mucho pedir; la satisfacción –o lo que e. e. cummings llamaba la "no-infelicidad"– me parece mucho más realista.


[Anagrama. Traducción de Federico Corriente]