lunes, septiembre 28, 2015

Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë


Creí que nunca leería Cumbres Borrascosas por una sola razón: la mayoría de los clásicos se han adaptado tantas veces y en tantos formatos (en películas y remakes y nuevas versiones, en cómics, en ediciones juveniles recortadas, en series de televisión…) que uno se conoce los argumentos de memoria. Sin embargo, no suelen ser trasladados a la perfección y, por muchas veces que hayamos visto Frankenstein en el cine o en la tele, ninguna de las versiones es totalmente fiel a lo narrado por Mary Shelley, y la novela siempre te descubre aspectos que las adaptaciones ocultaban, detalles importantes de los que un guionista debe prescindir y personajes secundarios que a menudo faltan y resultan necesarios para la trama. En definitiva, el original siempre ofrece más.

No sé cuántas películas basadas en la novela de Emily Brontë habré visto ya: al menos tres, puede que más, puede que haya olvidado alguna que otra. Una vez decidido a leer Cumbres…, tuve que afrontar otra tarea engorrosa: elegir la traducción. En Twitter sostuve una conversación a tres bandas sobre el tema y estaba tentado de comprar la traducción más famosa (la de Carmen Martín Gaite para Alba Editorial). Y me he pasado varias horas recorriendo las librerías para tomar las distintas ediciones y leer la primera página de cada una, a ver cuál sonaba mejor. Cuando reduje la elección a una de estas dos: la de Alba y la de Valdemar, finalmente decidí que, aunque la de Martín Gaite seguramente sea más literaria y más alabada, la de Rafael Santervás es más moderna, más reciente. Y prefiero las traducciones más actuales. Pongo un ejemplo: la traducción revisada por la propia traductora de El guardián entre el centeno es mucho mejor que la antigua, dado que la época y la censura y las circunstancias de antaño obligaban a recortar ciertas palabras o a suavizar las palabrotas y los exabruptos. Otro peligro de los clásicos es que, al estar liberados de derechos, todo dios aporta su edición, y las más de las veces su versión en castellano es un truño. Numerosos lectores han abandonado ciertos clásicos porque se compraron una versión mal traducida.

Pese a lo anterior, si algún día releo Cumbres Borrascosas (y seguramente lo haga dentro de unos años), entonces sí, entonces compraré la de Alba. Como de la novela ya se ha dicho todo, no puedo aportar mucho. Salvo decir que es apasionante, que uno la devora en pocas sentadas y que a ratos detesta un poco a Heathcliff, aunque es un rebelde con causa (algo que no recuerdo que me pasara con las películas). Y tiene mucho sentido que haya salido en El Club Diógenes de Valdemar, pues estamos ante un libro siniestro, de ambientes góticos y terroríficos, de situaciones retorcidas y personajes aún más malvados de lo que uno esperaba. Así que no se la pierdan. Aquí van tres extractos:  

Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. Borrascosas es un adjetivo muy relevante a nivel local que describe la perturbación atmosférica a que está expuesto el lugar en tiempo de tormenta. Allá arriba deben de tener, desde luego, una ventilación pura y vigorizante en todo momento; se puede adivinar la fuerza del viento norte soplando sobre los contornos por la excesiva inclinación de unos cuantos abetos enanos al final de la casa y por una fila de esqueléticos espinos, todos ellos estirando sus miembros en una sola dirección, como mendigando la luz del sol.

**

El espectro exhibió el capricho normal de los espectros: no dio señales de existir.

**

-Pero, señora Heathcliff, todos hemos tenido un comienzo y todos hemos tropezado y hemos vacilado en el umbral. Si nuestros maestros nos hubieran regañado en lugar de ayudarnos, estaríamos todavía tropezando y vacilando.



[Valdemar. Traducción de Rafael Santervás]